Benjamin Netanyahu vuelve a hacer exactamente lo que lleva años haciendo cada vez que su liderazgo político se debilita o la tensión regional aumenta, ampliar la guerra.
El primer ministro israelí anunció este lunes que ha ordenado “pisar el acelerador aún más” en la ofensiva militar sobre Líbano tras los últimos ataques con drones de Hezbolá contra posiciones israelíes.
La frase no es solo una declaración militar. Es también una definición política bastante precisa del momento actual de Israel bajo Netanyahu: la guerra convertida en única respuesta posible. Más bombardeos, más escalada ,más destrucción, más retórica de fuerza.
Y cada vez menos espacio para cualquier salida política real.
La seguridad utilizada como coartada permanente
Nadie discute el derecho de Israel a proteger a su población frente a ataques armados. Lo que empieza a resultar mucho más difícil de sostener es la idea de que la respuesta sistemática de Netanyahu esté orientada realmente hacia la seguridad y no hacia una dinámica de confrontación perpetua que alimenta todavía más la inestabilidad regional.
Porque cada nueva ofensiva israelí se presenta siempre como inevitable. Cada escalada como una necesidad defensiva y cada bombardeo como una reacción obligada.
Pero después de años de operaciones militares sucesivas en Gaza, Cisjordania, Siria o ahora Líbano, la pregunta resulta inevitable: ¿ha conseguido Netanyahu acercar la paz o simplemente ha normalizado una guerra infinita? La realidad es que Oriente Próximo parece hoy más incendiado, más polarizado y más inestable que nunca.
Y buena parte de esa degradación tiene relación directa con una política israelí basada cada vez más en la fuerza militar como único lenguaje posible.
Netanyahu lleva tiempo gobernando desde una lógica profundamente peligrosa. convencer a la sociedad israelí de que vive atrapada en una amenaza existencial permanente que justifica casi cualquier decisión militar. Ese discurso le ha permitido reforzar su liderazgo interno incluso en medio de enormes crisis políticas, judiciales y sociales. Pero también ha tenido un coste devastador.
Cuando un país termina acostumbrándose a vivir únicamente bajo la lógica de la guerra, la excepción militar deja de ser excepcional y se convierte en normalidad política. Ahí es donde Israel corre hoy uno de sus mayores riesgos democráticos y morales. No solo por la violencia ejercida sobre Gaza o Líbano , sino por la progresiva naturalización de una idea extremadamente peligrosa, que toda crisis puede resolverse únicamente mediante superioridad militar.
Mientras tanto, las víctimas civiles siguen multiplicándose a ambos lados de la frontera y Oriente Próximo continúa atrapado en un ciclo de violencia que dirigentes como Netanyahu parecen incapaces, o quizá desinteresados, de romper.
Porque hay líderes que utilizan las guerras para proteger a sus países, y otros que terminan necesitando que la guerra nunca termine para sostener su propio poder.