Benjamin Netanyahu ha vuelto a dirigirse a Irán con el vocabulario que mejor conoce. Amenaza, castigo y superioridad militar. Desde Dimona, aseguró que Israel responderá de forma “mucho más poderosa” si Teherán decide atacar y proclamó que su país está preparado para cualquier escenario. La advertencia llega en plena ofensiva estadounidense contra objetivos militares iraníes y cuando la región acumula otra noche de misiles, drones y represalias.
No hay nada excepcional en que un Estado anuncie que defenderá a su población. Lo verdaderamente inquietante aparece cuando la defensa deja de expresarse como disuasión y adopta el tono de una promesa de destrucción ampliada.
Netanyahu no ofrece límites. Ofrece una escala. Si Irán golpea, Israel devolverá el daño con el doble de fuerza. Si esa respuesta provoca una nueva ofensiva, llegará otra todavía mayor. La seguridad queda así atrapada en una aritmética primitiva donde cada víctima legitima las siguientes y donde la superioridad moral se mide por la capacidad de causar más destrucción que el adversario.
El primer ministro israelí sostiene que han quedado atrás los días en los que alguien podía atacar Israel sin recibir una respuesta contundente. La frase parece firme, pero encierra una concepción del poder profundamente peligrosa. Responder no significa necesariamente castigar sin medida. Proteger no equivale a convertir la desproporción en doctrina.
La historia reciente de Oriente Próximo demuestra que la fuerza militar puede destruir infraestructuras, eliminar dirigentes y alterar temporalmente el equilibrio regional. Lo que no ha conseguido es construir una paz estable. Cada ofensiva presentada como definitiva ha dejado detrás nuevas razones para el resentimiento, nuevas generaciones marcadas por la violencia y otro conflicto pendiente de estallar.
Netanyahu lleva años gobernando desde esa lógica. Toda amenaza exige una guerra. Toda crítica se interpreta como debilidad. Toda negociación aparece contaminada por la sospecha de que hablar con el adversario equivale a ceder. La política queda reducida a administrar enemigos y a demostrar que Israel puede infligir un daño superior.
Esa estrategia ha encontrado ahora un aliado formidable en Donald Trump. Estados Unidos ha bombardeado instalaciones militares y defensas costeras iraníes en Bushehr, Chah Bahar, Jask, Konarak, Abu Musa y Bandar Abbas con el argumento de proteger la navegación comercial en el estrecho de Ormuz. Irán ha respondido atacando intereses estadounidenses en varios países del Golfo. La maquinaria de la escalada ya funciona por sí sola.
Netanyahu podría utilizar su influencia sobre Washington para exigir contención, recuperar las negociaciones y evitar que el enfrentamiento termine implicando a toda la región. Ha elegido lo contrario. Su intervención añade una nueva amenaza a un escenario donde ya sobran ultimátums.
La desmesura cumple además una función política interna. Un país en alerta permanente deja menos espacio para examinar las responsabilidades de quien gobierna. La guerra concentra el poder, debilita la crítica y permite presentar al dirigente como único garante de la supervivencia nacional. Netanyahu ha construido buena parte de su longevidad política sobre esa identificación entre su destino personal y la seguridad de Israel.
Pero un primer ministro no protege mejor a su ciudadanía por prometer el golpe más devastador. La protege evitando que el conflicto alcance sus ciudades, que los misiles vuelvan a caer sobre sus hogares y que el país quede atrapado durante años en una guerra regional sin salida.
Irán es un régimen autoritario que reprime a su población, amenaza a sus vecinos y utiliza grupos armados como instrumentos de influencia. Nada de eso requiere ser ocultado. Condenar al régimen iraní no obliga a aceptar la doctrina de Netanyahu ni a considerar sensata cualquier respuesta militar de Israel. Entre la pasividad y la devastación existe un territorio llamado diplomacia.
Ese espacio se reduce cada vez que un dirigente anuncia que el próximo ataque será más brutal que el anterior. Las amenazas pueden disuadir durante unas horas. También pueden empujar al adversario a anticiparse, armarse más y responder con la misma lógica.
Netanyahu llama firmeza a esa espiral. En realidad, es una renuncia, renuncia a la política, porque la sustituye por la fuerza. Renuncia a la prudencia, porque identifica cualquier límite con debilidad. Y renuncia a una seguridad duradera, porque acepta que Israel viva indefinidamente rodeado de guerras que siempre parecen estar a punto de terminar y nunca terminan.
La verdadera fortaleza no consiste en demostrar que se puede destruir más. Consiste en impedir que la destrucción se convierta en el único lenguaje posible. Netanyahu ha vuelto a escoger el lenguaje de la amenaza. Puede que le sirva para reafirmar su autoridad durante unas horas. Lo que no hará es acercar a Israel a la paz ni ofrecer a la región una salida distinta de la siguiente represalia.
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