Hay mensajes que no suelen hacerse en público. Menos aún en plena guerra. El líder de la oposición israelí, Yair Lapid, ha decidido hacerlo. En vísperas de la Pascua judía, ha lanzado una advertencia directa sobre la situación de seguridad del país y, sobre todo, sobre el estado del ejército.
Lapid habla de un posible “desastre de seguridad” y sitúa a las Fuerzas de Defensa de Israel en el límite de sus capacidades. Para sostener esa afirmación, no recurre solo a su experiencia política —que es amplia—, sino a lo que, según explica, trasladó recientemente el jefe del Estado Mayor en una reunión del gabinete de seguridad. La frase que rescata es difícil de matizar: el ejército estaría “a punto de colapsar”.
A partir de ahí, el mensaje se articula en dos planos. Por un lado, el reconocimiento a los militares que están sosteniendo el esfuerzo en el terreno. Lapid habla de pilotos y combatientes que siguen cumpliendo con su cometido en condiciones exigentes, incluso extremas. Pero al mismo tiempo introduce la otra parte del diagnóstico. El problema, sostiene, no está en quienes combaten, sino en cómo se está gestionando la guerra.
Según su relato, el jefe del Estado Mayor habría advertido de que el sistema de reservistas está exhausto, con llamadas sucesivas que ya no encuentran la misma capacidad de respuesta. También apunta a una falta de efectivos en las unidades regulares, que complica el cumplimiento de las misiones en varios frentes a la vez. Es un escenario de desgaste acumulado.
En ese contexto, Lapid introduce uno de los debates más sensibles dentro de la política israelí: la exención del servicio militar para parte de la población ultraortodoxa. Considera que mantener esa situación, en el momento actual, tiene un impacto directo en la operatividad del ejército. No lo plantea como una cuestión ideológica, sino como un problema práctico.
A ese desgaste se suma otro frente menos visible, pero igualmente relevante. El propio ejército, según esta versión, se ve obligado a redistribuir tropas hacia Judea y Samaria por episodios de violencia vinculados al extremismo judío. Un elemento que añade presión en un momento en el que los recursos ya son limitados. El resultado es un cuadro complejo: varios escenarios abiertos, una demanda creciente de efectivos y una estructura que empieza a mostrar signos de fatiga. Es ahí donde la crítica política se hace más explícita.
Lapid apunta al Gobierno de Benjamin Netanyahu y sostiene que está llevando al ejército a una guerra sin una estrategia definida, sin recursos suficientes y con una base de soldados insuficiente para sostener ese esfuerzo en el tiempo. Y añade algo más: que esta vez no será posible decir que no se sabía.
La referencia al 7 de octubre aparece en ese punto, no tanto como comparación directa, sino como advertencia sobre lo que ocurre cuando las señales previas no se toman en serio. En su planteamiento, alertar ahora no debilita al país, sino que forma parte de la responsabilidad del sistema de seguridad.
El mensaje no se queda en el diagnóstico. Incluye también una batería de propuestas: revisar el sistema de reclutamiento, retirar apoyos a quienes evitan el servicio militar, actuar con más contundencia frente a la violencia interna y redefinir responsabilidades dentro del propio Ejecutivo
Entre ellas, menciona la necesidad de limitar el papel de figuras como Itamar Ben Gvir, a quien responsabiliza de alimentar determinadas posiciones. No es un discurso improvisado. Tiene forma de advertencia política, pero también de intento de fijar un marco: si la situación empeora, la responsabilidad no podrá diluirse. Porque, como insiste, la advertencia ya se ha producido.