Israel rompe el sur de Líbano y Netanyahu consolida una estrategia de guerra sin límites

La destrucción de infraestructuras civiles y el desplazamiento forzado marcan una nueva fase del conflicto, con el aval implícito de Estados Unidos y sin señales de contención

23 de Marzo de 2026
Actualizado a las 11:45h
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Israel rompe el sur de Líbano y Netanyahu consolida una estrategia de guerra sin límites

La voladura de puentes sobre el río Litani no es solo una operación militar. Es una decisión política que redefine el conflicto en Líbano y profundiza una lógica de guerra basada en el aislamiento territorial y la presión sobre la población civil. Benjamin Netanyahu da un paso más en una escalada sostenida que encuentra en Donald Trump un respaldo cómodo y sin matices.

La imagen es difícil de suavizar. Puentes dinamitados, carreteras cortadas y una franja del territorio libanés progresivamente aislada del resto del país. Israel ha iniciado una operación para romper físicamente el sur de Líbano, y lo ha hecho con un argumento que se repite en cada fase de este conflicto, la necesidad de seguridad frente a Hezbolá. Pero lo que está ocurriendo va más allá de un objetivo militar concreto, es una forma de rediseñar el territorio a través de la fuerza.

La orden es clara. Destruir los puentes sobre el río Litani para impedir el movimiento de milicias y armamento. En la práctica, eso significa cortar las conexiones de una región entera, dificultar el acceso a servicios básicos y empujar a la población a abandonar sus hogares.

El propio Gobierno israelí no lo oculta. Habla abiertamente de replicar modelos ya aplicados en Gaza, donde la combinación de bombardeos, destrucción de infraestructuras y desplazamientos masivos ha marcado el desarrollo de la ofensiva. La lógica se repite porque se ha normalizado.

Una estrategia que ya no disimula

El lenguaje utilizado por las autoridades israelíes es cada vez más directo. No se trata solo de neutralizar objetivos militares, sino de transformar el espacio donde esos objetivos operan. La destrucción de viviendas en la línea de contacto y las órdenes de evacuación forman parte de ese mismo enfoque.

El caso del puente de Qasmiya es especialmente revelador. No era solo una infraestructura estratégica en términos militares, sino una vía esencial para la vida cotidiana de la región, conectando el sur con Sidón y Beirut. Su destrucción no solo afecta a combatientes, afecta a todo lo que circula por ahí, personas, bienes, servicios. Y, sin embargo, se presenta como una medida preventiva.

Mientras tanto, el mensaje político que acompaña a la operación apunta a una prolongación del conflicto. Desde el Ejército israelí ya se habla de semanas adicionales de combates, lo que confirma que no estamos ante una acción puntual, sino ante una fase más de una estrategia sostenida que avanza sin un horizonte claro de salida.

Netanyahu, sin frenos

En el centro de esa dinámica está Benjamin Netanyahu. Su forma de gestionar el conflicto ha ido desplazando cualquier límite que antes pudiera existir, tanto en términos de objetivos como de métodos. Cada nueva operación amplía el marco de lo aceptable. Cada decisión se justifica en nombre de una amenaza permanente que no admite pausa ni negociación y el resultado es una política que se alimenta de la propia escalada.

Que en el discurso oficial recurra constantemente a la idea de lucha contra el terrorismo le permite simplificar la realidad y evitar preguntas incómodas sobre proporcionalidad, sobre impacto en la población civil o sobre las consecuencias a largo plazo. Porque en ese relato, todo queda subordinado a la seguridad.

El papel de Estados Unidos

En paralelo, la posición de Estados Unidos sigue siendo determinante, aunque se exprese más por omisión que por intervención directa. Donald Trump ha consolidado un estilo de liderazgo que no cuestiona este tipo de operaciones, sino que las asume como parte de un orden basado en la fuerza. No hay matices en ese respaldo ni señales de presión para contener la escalada. Hay una coincidencia de enfoques que facilita que todo siga avanzando en la misma dirección.

Ese alineamiento no solo tiene consecuencias inmediatas en el terreno, también contribuye a debilitar cualquier intento de mediación internacional. Cuando las dos principales referencias del conflicto comparten lógica, el margen para alternativas se reduce.

Un territorio cada vez más fragmentado

Desde Líbano, la lectura es clara. La destrucción de infraestructuras se interpreta como el preludio de una intervención más amplia. Las autoridades del país hablan abiertamente de una posible invasión total del sur, mientras solicitan una respuesta internacional que, por ahora, no llega. La comunidad internacional observa, reacciona, pero no altera el curso de los acontecimientos.

Entre tanto, el sur de Líbano queda atrapado en una dinámica conocida. Aislamiento progresivo, presión sobre la población y una guerra que se extiende en el tiempo sin ofrecer una salida visible. Y en el centro de todo, dos liderazgos que han convertido la escalada en una forma de gobernar el conflicto.

 

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