Durante décadas nos vendieron la milonga del "orden internacional basado en reglas". Ese bonito cuento de posguerra donde Washington y Europa caminaban de la mano defendiendo la justicia universal. Pues bien, la ficción ha saltado por los aires. Y no por un matiz diplomático de despacho, qué va. Asistimos a una ruptura total, con portazos y facturas sobre la mesa.
Por un lado, Gran Bretaña, Francia y Canadá han decidido plantarle cara a los colonos israelíes en Cisjordania. Prohibido comprar sus productos, sanciones a sus empresas y veto de entrada a piezas clave como el ministro Bezalel Smotrich. En el Foreign Office de Londres ni se han molestado en maquillar el lenguaje: hablan abiertamente de "limpieza étnica" y "terrorismo colono". Palabras mayores. ¿La respuesta de Tel Aviv? Echar al cónsul británico y cerrar la puerta a sus diputados.
¿Y Estados Unidos? Mirando para otro lado... o peor aún, blindando al gobierno israelí mientras le manda más armas.
Pero el verdadero cuerpo a cuerpo entre aliados se está librando en los pasillos de La Haya.
Washington ha decidido ir a por la Corte Penal Internacional con todo. Le ha metido sanciones a su presidenta, Tomoko Akane, y a la cúpula de la fiscalía. El propio Marco Rubio se ha quedado a gusto diciendo que el tribunal está "corrupto" y prometiendo derribarlo "ladrillo a ladrillo". Casi nada. En Bruselas no se lo podían creer. Ver al socio americano cargándose al juez supremo que Europa lleva años protegiendo ha sido como un jarro de agua fría.
La escena en la ONU lo resumió todo. Mientras Macron pedía desde el estrado que el derecho internacional sirva para frenar a los matones del barrio, Trump respondía llamando a abandonar La Haya y tratando la justicia global como un trapo sucio que amenaza la soberanía de su país.
A ver, tampoco nos engañemos pensando que la diplomacia siempre fue un camino de rosas.
En los ochenta, Reagan vetaba sanciones contra el apartheid sudafricano mientras el Congreso presionaba en contra y la señora Thatcher miraba para otro lado. Y cuando Sadam Husein gaseó a miles de kurdos en Halabja, en Washington miraron hacia el techo porque el dictador iraquí todavía les servía para frenar a Irán. La realpolitik siempre ha mandado.
Pero antes, al menos, se guardaban las formas. Había un idioma común. Hoy ya ni eso: cada uno interpreta la justicia a su conveniencia y sin despeinarse.
Y ojo, que los europeos tampoco están para dar lecciones de pureza moral.
Alemania se lleva las manos a la cabeza por los colonos, sí, pero al mismo tiempo firma contratos millonarios para venderle armas a Israel. O Bruselas, que pasa de puntillas cuando en los Balcanes le hacen un funeral de Estado con honores a criminales de guerra juzgados por genocidio. Y al otro lado del charco, las operaciones militares de EE. UU. contra lanchas en el Caribe —con más de doscientos muertos a sus espaldas sin juicio ni nada— huelen a ejecución extrajudicial desde kilómetros.
Al final, este divorcio tiene consecuencias muy reales.
En Ankara, Nueva Delhi o Pretoria se frotan las manos. La próxima vez que Occidente intente dar lecciones de moral sobre las barbaridades en Sudán o en cualquier otro rincón del planeta, le van a soltar la carcajada en la cara. El famoso "doble rasero" ha quedado al desnudo.
La justicia universal se ha convertido en un menú a la carta donde los poderosos eligen qué ley les conviene cumplir hoy y cuál ignorar mañana. La duda que nos queda, viendo el panorama, no es si la alianza trasatlántica se arreglará con una cumbre y tres sonrisas. La pregunta de verdad es si a alguien en el poder le sigue importando un pimiento el derecho internacional.
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