Groenlandia, durante décadas un punto remoto en los mapas estratégicos occidentales, se ha convertido de repente en escenario de una disputa que revela hasta qué punto el orden transatlántico atraviesa una fase de tensión y redefinición. La solicitud de Francia de organizar un ejercicio militar de la OTAN en Groenlandia, tras las reiteradas declaraciones de Donald Trump sobre su deseo de anexionar la isla, es mucho más que una maniobra defensiva: es un gesto político cuidadosamente calibrado en una era de alianzas inquietas y ambiciones explícitas.
El mensaje del Elíseo es inequívoco. París está dispuesta a contribuir militarmente y a situar la cuestión bajo el paraguas institucional de la OTAN, desplazando así una disputa bilateral hacia un marco multilateral donde las reglas, al menos en teoría, limitan los impulsos unilaterales. La propuesta llega después de que ocho países europeos, incluidos Francia, Alemania y Reino Unido, enviaran contingentes simbólicos a Groenlandia para un ejercicio liderado por Dinamarca, sin mando de la Alianza Atlántica y, significativamente, sin Estados Unidos.
Ese despliegue europeo, discreto pero políticamente elocuente, fue suficiente para provocar la reacción de Trump. El presidente estadounidense respondió con amenazas de aranceles punitivos contra los países que se opongan a su plan de hacerse con Groenlandia, justificando su interés por la riqueza en minerales raros de la isla y su valor estratégico frente a China y Rusia. El comercio, una vez más, aparece como arma de coerción geopolítica.
Desde la lógica francesa, la solución es evidente: reintegrar a Estados Unidos en un marco colectivo. Un ejercicio militar de la OTAN permitiría a Washington participar, pero no imponer. Transformaría una ambición de anexión en un debate sobre defensa común. En otras palabras, institucionalizar el problema para neutralizarlo.
Trump, sin embargo, juega en otra mesa. En entrevistas y comparecencias públicas insiste en que Groenlandia es “clave para la seguridad nacional de Estados Unidos y para la seguridad del mundo”. La retórica es maximalista y deliberadamente ambigua. Asegura que los groenlandeses acabarán queriendo integrarse en Estados Unidos y se niega a aclarar hasta dónde está dispuesto a llegar para lograrlo. El mensaje implícito es claro: todas las opciones están sobre la mesa.
La respuesta de Emmanuel Macron ha sido tan simbólica como calculada. Desde Davos, defendió el despliegue europeo como un acto de solidaridad con Dinamarca, no como una provocación, y contrapuso dos modelos de orden internacional: “el respeto frente a los matones” y “el Estado de derecho frente a la brutalidad”. Es un lenguaje inusualmente directo para la diplomacia europea, señal de que París percibe en la ofensiva de Trump algo más que una excentricidad.
Macron intentó incluso una desescalada personal, invitando a Trump a una cena en París tras Davos. El gesto fracasó. Trump hizo público el mensaje privado y descartó acudir, alegando que el mandato del presidente francés está cerca de terminar. Más allá de la anécdota, el episodio ilustra una fractura más profunda: la dificultad de Europa para gestionar a un aliado que utiliza la imprevisibilidad como herramienta estratégica.
En su discurso en Davos, Macron fue un paso más allá al instar a la Unión Europea a no dudar en aplicar el mecanismo anticoerción cuando no se respetan las reglas del juego. Es una advertencia tanto hacia Washington como hacia otros actores globales. Europa, sugiere, no puede permitirse aceptar pasivamente la “ley del más fuerte”, incluso cuando quien la ejerce es su principal socio de seguridad.
Groenlandia, así, se convierte en un símbolo. No solo del renacer del Ártico como espacio estratégico, impulsado por el deshielo, los recursos minerales y las rutas marítimas emergentes, sino también de una transformación en las relaciones transatlánticas. Estados Unidos parece cada vez más dispuesto a tratar a sus aliados como variables tácticas. Europa, por su parte, oscila entre la contención y la afirmación de una autonomía estratégica que sigue siendo más aspiración que realidad.
La propuesta francesa de un ejercicio de la OTAN es, en este contexto, un intento de ganar tiempo y control narrativo. Llevar el asunto a la Alianza significa recordar que Groenlandia no es una ficha suelta en el tablero global, sino parte de un entramado de compromisos colectivos. El conflicto no gira solo en torno a un territorio, sino al tipo de orden internacional que prevalecerá. Groenlandia puede parecer lejana, pero el pulso que se libra en torno a ella está peligrosamente cerca del corazón político de Occidente.
