En Davos, ese termómetro anual del poder global, Emmanuel Macron hizo algo más que pronunciar un discurso: ocupó un vacío político. Mientras Donald Trump vuelve a desplegar una diplomacia basada en la amenaza, el castigo económico y la lógica del más fuerte, el presidente francés se presentó como la voz más clara de una Unión Europea que empieza a comprender que la contención ya no es una estrategia suficiente.
Las palabras de Macron no fueron improvisadas ni retóricas. Al invocar explícitamente el mecanismo anticoerción de la UE, la llamada bazuca comercial, el líder francés señaló un punto de inflexión: Europa ya no puede limitarse a reaccionar; debe disuadir. Frente a un Estados Unidos que utiliza los aranceles como instrumento de presión geopolítica —desde Groenlandia hasta Gaza—, Macron defendió que el respeto a las reglas no es una concesión moral, sino una condición estructural del orden internacional.
El contraste con Trump es deliberado y profundo. El presidente estadounidense ha regresado a la Casa Blanca con una visión del mundo abiertamente transaccional, donde los aliados son útiles solo mientras obedecen y donde la economía se convierte en un arma para forzar alineamientos políticos. Amenazar con aranceles del 10% a países europeos por respaldar a Dinamarca en Groenlandia, o con un 200% a vinos y champanes franceses por rechazar una iniciativa unilateral sobre Gaza, no es diplomacia dura: es coerción desnuda.
Macron lo dijo sin rodeos: esto conduce a un enfoque neocolonial. No es una acusación casual. El neocolonialismo moderno no necesita ejércitos ni ocupaciones formales; le bastan mercados, sanciones y asimetrías de poder. Trump no oculta esta lógica: exige concesiones máximas, castiga la disidencia y presenta la sumisión como pragmatismo. En ese esquema, Europa está llamada a elegir entre la irrelevancia cómoda o la afirmación incómoda.
Durante años, la UE ha cultivado una cultura de la moderación que, en un entorno cada vez más agresivo, roza la ingenuidad estratégica. Macron rompe con esa inercia cuando afirma que no hay que bajar los ojos. No se trata de escalar el conflicto, sino de restaurar la credibilidad europea: las reglas solo funcionan si existen consecuencias cuando se violan. El mecanismo anticoerción fue diseñado precisamente para este tipo de escenarios y su no utilización hasta ahora ha sido interpretada, dentro y fuera de Europa, como debilidad.
Trump apela a la fuerza; Macron reivindica el Estado de derecho como ventaja competitiva. En Davos, el presidente francés contrapuso ciencia frente a conspiración, previsibilidad frente a arbitrariedad, instituciones frente a impulsos. No es un debate abstracto: los mercados, las inversiones y la estabilidad global dependen más de la confianza en las normas que de la ley del más fuerte. Paradójicamente, es Trump (autoproclamado defensor del “orden”) quien acelera su debilitamiento.
Que Macron se haya colocado al frente de esta respuesta no es casual. Francia combina capacidad militar, peso diplomático y ambición estratégica, tres atributos que hoy escasean en el liderazgo europeo. Alemania sigue atrapada en sus propias transiciones; Bruselas, en su prudencia procedimental. Macron, en cambio, entiende que el momento exige liderazgo político, incluso a riesgo de confrontación.
La pregunta ya no es si Europa tiene herramientas, sino si tiene voluntad. Macron sostiene que sí. Y al hacerlo, expone una verdad incómoda: el principal riesgo para la UE no es la agresividad de Trump, sino la tentación europea de adaptarse a ella. En un mundo cada vez más brutal, defender las reglas se ha convertido en un acto de poder.
Davos dejó claro que Trump seguirá apostando por la coerción. Europa, gracias a Macron, empieza a responder con algo que durante demasiado tiempo evitó: determinación estratégica. No es belicismo. Es supervivencia política.