La extrema derecha se baja los pantalones cuando tiene cerca el poder

Alternativa para Alemania suaviza su promesa fundacional de abandonar el euro en un movimiento táctico que busca limar asperezas con el electorado moderado y acelerar la carrera de Alice Weidel hacia la Cancillería, igual que ya ocurrió con Giorgia Meloni

13 de Octubre de 2026
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Alice Weidel AfD Extrema Derecha

Existe un axioma que los veteranos de la política conocen de memoria. Cada vez que una formación radical de extrema derecha o de extrema izquierda atisba la posibilidad real de cruzar las puertas de un ministerio y tocar poder de verdad, se activa una maquinaria silenciosa: la tijera. Lo que durante años se gritó en los mítines de plaza pública, entre banderas y pancartas encendidas, empieza a redactarse con letra pequeña, lenguaje técnico y tono de oficina en los folios de la sede central. Es la metamorfosis de la moqueta. Ni más ni menos que lo que acaba de escenificar Alternativa para Alemania (AfD).

El partido de la extrema derecha germana, esa fuerza que nació hace ya más de una década al calor de la indignación contra los rescates a los países del sur de Europa en aquellos años aciagos de Atenas y Lisboa, ha decidido tocar lo sagrado. Ha puesto la mano sobre uno de los pilares fundacionales de su identidad: la exigencia tajante de mandar el euro al baúl de los recuerdos.

La filtración de un borrador que cambia todo

El movimiento ha quedado al descubierto en un documento de trabajo interno que no debía haber salido de los ordenadores de la cúpula, pero que acabó filtrado en la prensa. En ese texto, la dirección de la AfD ya no habla de una salida brusca ni de un portazo unilateral a la moneda única. Nada de eso. Ahora la música suena distinta.

La propuesta oficial pasa por plantear un ultimátum a Bruselas: una lista de exigencias draconianas para reformar el sistema monetario y, solo si los socios comunitarios responden con un no rotundo, convocar entonces un referéndum sobre el euro en Alemania.

¿Un ataque de fe en el proyecto europeo? En absoluto... No nos equivoquemos. Estamos ante el frío pragmatismo de quienes ven los coches oficiales cada vez más cerca y saben que para entrar en la Cancillería hay que quitarse primero el barro de las botas.

El "Efecto Weidel" y el espejo de Marine Le Pen

Detrás de este viraje se adivina, sin margen para la duda, la mano firme de Alice Weidel. La copresidenta de la formación y cabeza de cartel electoral lleva meses trabajando en una operación delicada: quitarle al partido la etiqueta de "locura destructiva" y vender una imagen de solvencia económica ante el empresariado de Baviera y Renania.

Weidel ha echado cuentas. Sabe de sobra que insistir en el llamado Dexit —la salida alemana del euro— era tropezar contra un muro de hormigón. Las encuestas en Alemania son demoledoras para los postulados rupturistas: casi nueve de cada diez ciudadanos apoyan sin fisuras el uso de la moneda única. Asustar al votante conservador tradicional, ese elector desencantado con la Unión Demócrata Cristiana (CDU) pero temeroso de ver evaporados sus ahorros, era un suicidio táctico.

El espejo en el que se mira Weidel está al otro lado del Rin. Marine Le Pen ya hizo ese mismo recorrido en Francia con la Agrupación Nacional. Suprimió de un plumazo la promesa de abandonar el euro y el franco para poder presentarse como una opción de gobierno creíble ante las clases medias.

En los pasillos del Bundestag se escucha estos días una frase que resume bien este cambio de mentalidad: cuanto más tiempo lleva un matrimonio, más caro y traumático resulta el divorcio. Y la economía alemana, con su potente músculo exportador, no está para costear un divorcio a las bravas con sus principales clientes europeos.

La trampa perfecta: exigir lo imposible para pedir el voto

Ningún analista en Fráncfort o en Bruselas se llama a engaño. Saben perfectamente que exigir que los países del sur paguen sus deudas en lingotes de oro o pretender desmantelar el Parlamento Europeo requeriría una reforma exprés de los tratados de la Unión Europea. Algo del todo inasumible para el resto de las capitales comunitarias. Ahí radica, precisamente, la trampa política de la plataforma euroescéptica de AfD.

Pedir lo imposible para que te digan que no. De ese modo, si mañana llegan al poder en Berlín, tendrán la coartada perfecta para acudir a la televisión pública y decirles a sus conciudadanos: "Lo hemos intentado, pero en Bruselas no respetan el dinero ni la voz de los alemanes; ahora les toca a ustedes decidir en las urnas si nos quedamos o nos vamos". Es la vieja receta que ya utilizó David Cameron en el Reino Unido antes de precipitar al país al abismo del Brexit.

El dilema de la industria y la prueba de las urnas

Pese al barniz de moderación, el mundo de los negocios en Fráncfort observa la jugada con extrema inquietud. Para los grandes capos de la industria del automóvil o la química, la simple amenaza de poner fecha a una consulta sobre el euro introduce una volatilidad en los mercados financieros que el tejido productivo alemán no puede soportar. El presidente del prestigioso Instituto Alemán de Investigación Económica (DIW), Marcel Fratzscher, lo ha dicho sin rodeos: una salida del euro o una amenaza creíble de abandono sería un acto de autosabotaje económico que destruiría millones de empleos en el país.

El debate está servido y promete levantar marejadas en el próximo congreso de la formación. Sin embargo, la señal enviada a la sociedad germana es cristalina: Alternativa para Alemania ha comenzado a vestirse con el traje de las grandes ocasiones. Queda por ver si este cálculo de la moqueta le bastará a Alice Weidel para romper el cordón sanitario de los partidos tradicionales o si los votantes verán en esta moderación un simple caballo de Troya diseñado para desarmar Europa desde el propio despacho del canciller.

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