Hoy se celebran elecciones en Suecia y, como en el resto de Europa, la extrema derecha puede ganar estos comicios, con una fuga de votantes de todos los polos ideológicos. Durante décadas, el modelo sueco no fue simplemente una forma de organizar la economía. Era, directamente, una religión civil. La promesa resultaba tan sencilla como sagrada: el Estado te cuidaba desde la cuna hasta la tumba. A cambio, solo se pedía el sudor de una clase trabajadora fiel.
Sin embargo, los cimientos de este idílico edificio comenzaron a agrietarse mucho antes de que las banderas de la ultraderecha aparecieran por las plazas de las viejas ciudades industriales. La falla tectónica real empezó con el bofetón de la crisis financiera de 2008. Y, sobre todo, con la respuesta helada que llegó desde la política de Estocolmo.
Pues bien, la receta del poder tradicional, tanto de la izquierda de toda la vida como del centroderecha, fue apretarse el cinturón. Recortes sutiles, privatizaciones a fuego lento y más flexibilidad para contratar y despedir. Mientras las grandes cifras cuadraban en los círculos de poder, el mapa real se llenaba de cicatrices: fábricas históricas echando el cierre y barrios enteros que pasaron del pleno empleo a la nada. Ahí es donde la socialdemocracia perdió la brújula. Dejó de sonar a taller, a fábrica y a barrio para empezar a sonar a gestoría tecnocrática. Desampararon a su gente. Y en ese vacío, claro... alguien tenía que entrar.
La extrema derecha no esperó a la puerta de las fábricas repartiendo folletos. Qué va. Entendió antes que nadie cómo funciona el mundo moderno. Mientras los viejos partidos montaban sus casetas electorales, los estrategas de Demócratas Suecos se instalaban dentro del teléfono móvil de cada vecino. Dominaron el algoritmo de TikTok, Facebook y YouTube a la perfección. Redes diseñadas para premiar el cabreo, el choque frontal y el susto en el cuerpo.
Lograron una jugada maestra de la propaganda moderna: agarrar el dolor de un tipo que se ha quedado sin trabajo por un cierre industrial y convencerlo de que la culpa no era de la reconversión ni de los recortes, sino del vecino que llegó de fuera.
Lanzaron mensajes con precisión de cirujano. Al obrero en paro, al chaval sin futuro, a la jubilada que ve cómo el barrio cambia... A todos les vendieron la misma ecuación simplona: si tu vida empeora, la culpa es de la inmigración y de los políticos "blandos" que la permiten. Y funcionó. Miles de afiliados a los sindicatos terminaron mirando con recelo no a la patronal, sino al que vive enfrente.
¿Y qué hicieron los partidos de siempre ante semejante embestida? Hacerse un lío monumental.
El centroderecha, viendo que se le escapaban los votos a chorros, terminó pidiendo la hora y abriéndole la puerta del gobierno a la ultraderecha. Y la socialdemocracia cayó en la trampa más vieja del libro: intentar imitar el discurso duro de sus rivales para que no los llamaran flojos. Pero claro, cuando la izquierda adopta la música de la extrema derecha, la gente suele quedarse con el grupo original, no con la banda de versiones.
Lo que ha pasado en el idílico edén escandinavo debería ponerle los pelos de punta a media Europa. La extrema derecha no ha surgido por arte de magia ni por un brote repentino de intolerancia. Nació cuando el centro político dejó tirada a la clase trabajadora tras el desastre de 2008. Luego, solo hizo falta una pantalla encendida, un algoritmo afinado y una buena dosis de rabia para convertir el desencanto en votos. Así de simple, así de peligroso y hoy el pueblo sueco tiene la palabra.
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