En Bruselas empieza a imponerse una idea incómoda, la Unión Europea quiere reaccionar ante la actuación de Israel, pero no termina de decidir cómo ni hasta dónde. Entre la exigencia de unanimidad y las diferencias internas, la respuesta se mueve entre gestos limitados y una cierta sensación de impotencia política. A veces da la impresión de que Europa siempre llega a medio camino.
Eso es lo que se vio en las palabras de Kaja Kallas. Sobre la mesa está la posibilidad de suspender el Acuerdo de Asociación con Israel, una medida de peso, con consecuencias reales. Pero claro, para eso hace falta unanimidad. Y la unanimidad, en la Unión Europea, es casi siempre el punto donde las decisiones importantes se quedan atascadas. Así que aparece el plan B.
Medidas comerciales, restricciones parciales, presión indirecta… todo aquello que se puede aprobar sin que los 27 tengan que ponerse de acuerdo. Una forma de avanzar, sí, pero también una manera de esquivar el bloqueo sin afrontar del todo el problema. Kallas lo planteó sin rodeos, "si no hay acuerdo para lo grande, habrá que intentar lo que sí se pueda sacar adelante".
Porque lo que está pasando en Gaza, en Cisjordania o en el sur de Líbano no es precisamente menor. La presión de países como España, Irlanda o Eslovenia va en esa línea: no basta con declaraciones, hay que revisar de verdad la relación con el Gobierno de Benjamin Netanyahu, pero Europa se mueve despacio, demasiado despacio.
Mientras tanto, la opción que gana peso es la de las medidas parciales como reintroducir aranceles, suspender algunos fondos, ajustar acuerdos. Pasos que tienen impacto, pero que no rompen el marco general. Es una especie de equilibrio incómodo entre querer actuar y no querer ir demasiado lejos.
Se nota en el lenguaje, en los tiempos y en la propia forma de tomar decisiones. Porque cuando se habla de “evaluar posibilidades” o de “explorar medidas”, lo que hay detrás muchas veces es una falta de acuerdo político que nadie termina de resolver. El caso de las sanciones a colonos en Cisjordania es bastante ilustrativo. Veintiséis países están a favor. Uno no. Y con eso basta para que no salgan adelante. Así funciona la UE. Y así se bloquea.
Ahora, con cambios políticos en algunos Estados, se abre una pequeña ventana. Quizá haya margen para avanzar. Quizá no. Nadie lo tiene del todo claro. Lo que sí parece claro es otra cosa, u es que la respuesta europea está condicionada no solo por lo que ocurre sobre el terreno, sino por sus propias limitaciones internas. Y eso hace que, en momentos como este, la sensación sea la de una Unión que reacciona, sí, pero siempre un paso por detrás.
El conflicto mientras tanto sigue, y con él, la presión para que Europa deje de moverse en ese terreno intermedio donde ni rompe ni se desentiende. Donde intenta influir, pero sin asumir del todo el coste político de hacerlo en serio.