La imagen resulta difícil de justificar. Pacientes ingresados, personas mayores, enfermos crónicos y profesionales sanitarios desarrollando su trabajo en plantas hospitalarias donde el termómetro supera los 30 grados. Sin embargo, eso es precisamente lo que está denunciando el Sindicato de Enfermería SATSE, que ha llevado ante la Inspección de Trabajo y las gerencias sanitarias situaciones de calor extremo registradas en hospitales y centros de salud de distintos puntos de España.
Los casos denunciados afectan a comunidades como Galicia, Andalucía, País Vasco, Cantabria, Castilla y León, Navarra, Murcia o Canarias. En provincias como Ourense, Salamanca o Álava se han documentado temperaturas superiores a los 29 y 30 grados en áreas asistenciales donde la normativa establece límites muy inferiores.
La cuestión trasciende la mera incomodidad. La legislación española fija que los espacios de trabajo sedentario deben mantenerse entre los 17 y los 27 grados, mientras que en zonas donde se desarrollan actividades ligeras, como muchas dependencias hospitalarias, la temperatura recomendada se sitúa entre los 14 y los 25 grados. Cuando esos márgenes se superan de forma continuada, el problema deja de ser una incidencia puntual para convertirse en un riesgo laboral y sanitario.
La denuncia de SATSE pone sobre la mesa una realidad incómoda. España afronta veranos cada vez más largos y extremos. Las advertencias de la Agencia Estatal de Meteorología y del propio Ministerio de Sanidad apuntan desde hace años a un incremento sostenido de las temperaturas. Pese a ello, una parte de la red sanitaria continúa funcionando con infraestructuras de climatización claramente insuficientes.
Las consecuencias afectan a todos. Los profesionales trabajan en peores condiciones físicas, aumenta la fatiga y se dificulta la atención. Los pacientes más vulnerables, especialmente personas mayores o con patologías previas, sufren un riesgo añadido precisamente en los lugares donde deberían estar más protegidos.
Particularmente preocupante resulta el relato de algunos trabajadores que, según denuncia el sindicato, han tenido que comprar ventiladores de su propio bolsillo para poder soportar las jornadas laborales. En otros casos, la única respuesta recibida habría consistido en bajar persianas y cerrar ventanas. Soluciones improvisadas para un problema estructural.
La sanidad pública necesita profesionales, recursos y también edificios preparados para la realidad climática actual. Resulta difícil hablar de calidad asistencial cuando las condiciones ambientales incumplen los estándares mínimos recomendados. Más aún cuando las altas temperaturas ya no constituyen una excepción, sino una previsión recurrente cada verano.
La climatización de hospitales y centros de salud rara vez ocupa titulares. Sin embargo, forma parte de algo tan básico como garantizar una atención digna y segura. Cuando un hospital supera los 30 grados, el problema no es únicamente el calor. Es la evidencia de una inversión pendiente que lleva demasiado tiempo esperando.