Hay discursos que no necesitan ser rigurosos para resultar eficaces, basta con que suenen familiares, que apelen a una intuición cómoda y que señalen, una vez más, al sospechoso habitual, y en ese terreno Antonio Garamendi se mueve con una soltura que ya no sorprende, deslizando la idea de un país donde la baja médica parece confundirse con el escaqueo y donde enfermar empieza a parecer una forma de faltar.
Garamendi habla de absentismo con la seguridad de quien cree haber encontrado una explicación sencilla para un problema complejo, encadenando cifras, intuiciones y sospechas con una naturalidad que transforma la percepción en diagnóstico, afirmando que los lunes concentran bajas, que los jóvenes faltan más y que existe un uso fraudulento de la incapacidad temporal, como si todo encajara en una escena previamente dibujada donde el trabajador aparece, de nuevo, bajo sospecha.
Sin embargo, cuando uno se detiene en los datos, esa escena empieza a desdibujarse, y lo que parecía una evidencia se convierte en una interpretación forzada, porque, como ha señalado Comisiones Obreras, no existe tal concentración anómala los lunes, sino un efecto administrativo bastante más prosaico, el de las enfermedades que se producen durante el fin de semana y se registran cuando el sistema sanitario vuelve a abrir sus puertas, de modo que la aparente anomalía no es más que una consecuencia lógica del funcionamiento del propio sistema.
El secretario de Salud Laboral de CCOO, Mariano Sanz, lo expone con una claridad que contrasta con el trazo grueso de la patronal, explicando que la distribución de las bajas es homogénea a lo largo de la semana y que, si se observa el conjunto entre sábado y lunes, el volumen incluso resulta inferior al de otros días, lo que desmonta esa idea tan repetida como poco sostenida de que existe un comportamiento irregular vinculado al inicio o al final de la semana.
Pero más allá del dato concreto, lo que emerge es algo más profundo, una forma de mirar que no es nueva y que reaparece con una persistencia casi mecánica, esa tendencia a situar el foco en el trabajador, a convertir la enfermedad en sospecha y la prestación en privilegio dudoso, como si el problema no estuviera en las condiciones que generan la baja, sino en quien la solicita, una inversión del sentido que permite simplificar la realidad y desplazar la responsabilidad hacia el eslabón más débil.
En ese relato, el contexto desaparece, y con él elementos esenciales como el crecimiento del empleo, porque España ha alcanzado cifras históricas de afiliación y, en consecuencia, resulta lógico que aumenten también los procesos de incapacidad temporal, una relación directa que apenas encuentra espacio en el discurso de Garamendi, más interesado en construir una narrativa de abuso que en explicar un fenómeno ligado a la propia evolución del mercado laboral.
Tampoco aparece, o lo hace de forma tangencial, la cuestión de las condiciones de trabajo, de los riesgos laborales, del desgaste físico y mental que acompaña a determinados sectores, cuestiones que exigen un análisis más incómodo porque apuntan a responsabilidades concretas, a decisiones empresariales, a modelos productivos que no siempre priorizan la salud, un terreno menos propicio para el titular rápido y la afirmación rotunda.
En su lugar, se opta por una simplificación que tiene algo de reflejo antiguo, casi instintivo, donde el trabajador vuelve a ocupar el lugar del sospechoso y la baja médica se convierte en una especie de anomalía que hay que vigilar, una idea que, repetida lo suficiente, acaba calando aunque carezca de un respaldo sólido.
Y sin embargo, la realidad es bastante menos espectacular, porque buena parte de las bajas son de corta duración, muchas ni siquiera generan gasto público y responden a patologías comunes, infecciones respiratorias, procesos leves que forman parte de la vida cotidiana de cualquier población trabajadora, algo que difícilmente encaja en ese relato de fraude generalizado que se sugiere sin afirmarse del todo.
Al final, lo que queda es una sensación conocida, la de un discurso que, más que describir la realidad, la acomoda a una idea previa, utilizando los datos como soporte de una narrativa que apunta siempre en la misma dirección, una narrativa donde la desconfianza hacia el trabajador no desaparece, sino que se recicla, se adapta y reaparece con nuevos argumentos pero con la misma lógica de fondo.
Y es ahí donde la crítica deja de ser puntual para convertirse en algo más estructural, porque no se trata solo de una afirmación discutible, sino de una forma de entender el mundo del trabajo en la que la sospecha pesa más que la evidencia y donde, una vez más, se mira antes al que enferma que a las condiciones que lo hacen enfermar.