En Fráncfort nadie confirma nada y, al mismo tiempo, nadie descarta nada. La posibilidad de que Christine Lagarde no agote su mandato al frente del Banco Central Europeo —que expira en octubre de 2027— ha activado discretamente las conversaciones entre capitales. El rumor, publicado por la prensa anglosajona y alimentado por cálculos políticos en París y Berlín, ha adelantado la carrera por la presidencia del BCE en un momento especialmente delicado para la política monetaria europea. La sucesión, aun hipotética, ya condiciona equilibrios.
Lagarde no ha tomado ninguna decisión, dicen oficialmente desde el BCE. No sería la primera vez que surgen especulaciones sobre su salida. Pero el simple hecho de que se plantee esa posibilidad obliga a los gobiernos a mirar el calendario.
En 2026 y 2027 se renovará la mitad del Comité Ejecutivo: la vicepresidencia —que dejará Luis de Guindos en junio de 2026—, la presidencia y el puesto de economista jefe que ocupa Philip Lane. En una institución donde los equilibrios nacionales son una regla no escrita, cada movimiento altera el tablero.
La hipótesis que circula en círculos financieros sugiere que una salida anticipada permitiría a Emmanuel Macron y al canciller alemán Friedrich Merz pactar un relevo antes de las elecciones presidenciales francesas de abril de 2027. Francia ya ha tenido dos presidentes del BCE (Trichet y Lagarde). Una tercera vez sería, diplomáticamente hablando, difícil de defender.
España en la ecuación
El nombre que más suena en los sondeos entre economistas es el de Pablo Hernández de Cos, exgobernador del Banco de España y actual director del Banco de Pagos Internacionales. Su perfil técnico, su experiencia en supervisión bancaria y su papel en el Consejo de Gobierno durante los años de endurecimiento monetario le sitúan como candidato solvente.
Alemania, por su parte, cuenta con figuras de peso como Joachim Nagel o Isabel Schnabel, aunque el hecho de que la Comisión Europea esté presidida por una alemana introduce un matiz político: dos grandes instituciones comunitarias bajo la misma nacionalidad complican la aritmética del consenso.
El neerlandés Klaas Knot aparece como opción intermedia, con reputación ortodoxa y capacidad de tejer alianzas.
Política monetaria y poder
La carrera no es solo una cuestión de pasaportes. El BCE atraviesa una fase de transición tras el ciclo de subidas de tipos iniciado en 2022 para frenar la inflación. La institución ha defendido una línea de firmeza frente a presiones políticas, pero también ha tenido que modular su discurso ante la desaceleración económica en varios países.
El próximo presidente o presidenta heredará un escenario complejo: inflación contenida pero crecimiento débil, tensiones geopolíticas y un debate abierto sobre la coordinación entre política fiscal y monetaria. No es un detalle menor quién ocupe el despacho principal en Fráncfort.
Equilibrios invisibles
En el BCE rigen reglas no escritas: equilibrio norte-sur, representación de grandes economías, alternancia ideológica entre perfiles más “halcones” y más “palomas”. La reciente designación del croata Boris Vujcic como vicepresidente no altera ese esquema. Al contrario, lo preserva.
Si Lagarde completara su mandato, la sucesión se resolvería en 2027 con mayor margen político. Si no lo hace, la negociación se adelantará y con ella el intercambio de apoyos entre capitales.
En Europa, las carreras institucionales rara vez se anuncian oficialmente; se deslizan. Y aunque Lagarde insista en que está centrada en su misión, el hecho de que la conversación exista ya ha puesto en marcha la maquinaria diplomática. El trono del BCE no está vacante, pero el mercado político europeo se comporta como si lo estuviera.