Las grandes empresas cotizadas han vuelto a presentar sus informes de remuneraciones. El resultado deja una fotografía que se repite año tras año con variaciones cada vez más llamativas. Los presidentes y consejeros delegados del Ibex 35 acumulan cifras que se miden en decenas de millones mientras la mayoría de trabajadores apenas logra mantener el poder adquisitivo. El ranking de 2025 vuelve a poner sobre la mesa un debate incómodo en España: quién se queda realmente con los beneficios del crecimiento económico.
Cada año los informes de remuneraciones de las compañías cotizadas se publican con un lenguaje técnico que intenta convertir cifras descomunales en categorías neutras: salario fijo, variable, incentivos, acciones diferidas.
El resultado, sin embargo, es difícil de maquillar. El presidente ejecutivo de Sacyr, Manuel Manrique, encabezó el ranking del Ibex en 2025 con 32,6 millones de euros de remuneración total, un aumento del 384% respecto al ejercicio anterior. El salto se explica por incentivos ligados a la evolución bursátil de la compañía y a un plan de fidelización para la dirección. En la práctica, significa que un solo directivo ingresó en doce meses una cantidad que equivale a décadas, o siglos, de salario para buena parte de los trabajadores españoles.
El ranking continúa con nombres que ya forman parte de la geografía habitual de las grandes remuneraciones empresariales.
La presidenta del Banco Santander, Ana Botín, percibió 18,5 millones de euros, impulsada por la revalorización de las acciones del banco. El presidente ejecutivo de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, alcanzó 15,8 millones, mientras el consejero delegado de Inditex, Óscar García Maceiras, superó los 11,5 millones.
En conjunto, los presidentes y consejeros delegados de las empresas del Ibex sumaron 232 millones de euros en retribuciones durante 2025, a falta de conocer todavía algunos datos de otras compañías del índice.
Las cifras se presentan como parte del funcionamiento normal del capitalismo financiero. Pero cuando se observan en perspectiva social, resulta difícil no percibir la distancia creciente entre quienes toman las decisiones corporativas y quienes sostienen la actividad económica diaria.
El lenguaje de los incentivos
Las empresas justifican estas remuneraciones extraordinarias con un argumento recurrente: los incentivos están ligados al desempeño bursátil y a la creación de valor para los accionistas. La lógica es sencilla. Si el valor de la empresa aumenta, también lo hace la retribución de quienes la dirigen.Pero ese razonamiento deja fuera una cuestión incómoda: el valor empresarial no surge en el vacío.
Las grandes corporaciones operan en sociedades que proporcionan infraestructuras públicas, sistemas educativos que forman a sus trabajadores, estabilidad institucional y marcos regulatorios que permiten su actividad. Sin embargo, cuando llega el momento de repartir los beneficios, la proporción que se dirige a la cúspide de la estructura empresarial sigue creciendo.
La paradoja aparece con claridad cuando se comparan los extremos del ranking.
En el otro lado de la tabla figuran ejecutivos cuyas retribuciones resultan casi simbólicas dentro del universo del Ibex. El presidente de Solaria, Enrique Díaz-Tejeiro, percibió 180.000 euros, mientras el presidente de Aena, Maurici Lucena, se situó en torno a 197.000 euros, limitado por los topes salariales que se aplican en empresas de control público.
La comparación muestra algo que rara vez se discute abiertamente: cuando existen límites regulatorios, las remuneraciones se moderan. Cuando no los hay, se disparan.
La brecha en la cúspide
Más allá de los nombres concretos, la tendencia resulta difícil de ignorar. Los mayores incrementos salariales del ejercicio superan el 150% o incluso el 300% en algunos casos. Mientras tanto, el crecimiento de los salarios medios en la economía española avanza a un ritmo mucho más moderado y con frecuencia por debajo del aumento del coste de la vida.
La consecuencia es una brecha creciente entre los ingresos de las élites corporativas y los del conjunto de la población. Un fenómeno que no es exclusivo de España. Forma parte de una tendencia que atraviesa buena parte de las economías occidentales desde hace décadas.
Los defensores del actual sistema de remuneraciones argumentan que los grandes directivos operan en mercados globales y que sus salarios reflejan la competencia internacional por atraer talento ejecutivo. La pregunta que se abre paso cada vez con más fuerza en el debate público es otra: si el crecimiento económico se concentra de manera tan visible en la parte más alta de la pirámide empresarial, qué queda realmente para el resto de la sociedad.
Los informes de remuneración del Ibex no responden a esa pregunta, pero sí ofrecen una imagen bastante nítida de cómo se distribuye hoy la riqueza en la cúspide del poder económico.