Si algo dejó claro el año 2025 es que Estados Unidos ya no vive una simple desigualdad creciente, sino una aceleración estructural de la riqueza en la cúspide. Mientras el resto del país luchaba contra la inflación persistente, salarios reales y el coste político de la transición tecnológica, un grupo cada vez más reducido acumulaba fortunas a una velocidad que ni siquiera el mercado bursátil lograba igualar. El capitalismo estadounidense no solo recompensa al ganador: lo catapulta a otra liga histórica.
Según un análisis del Institute for Policy Studies (IPS) basado en la lista de multimillonarios en tiempo real de Forbes, Estados Unidos cerró 2025 con 935 multimillonarios, frente a los 813 del año anterior. Su riqueza combinada alcanzó los 8,1 billones de dólares, frente a los 6,7 billones de finales de 2024. El salto, un aumento de más de 1,4 billones en un solo año, no es simplemente cuantitativo. Es cualitativo: señala una concentración de poder económico con implicaciones políticas profundas.
Los ricos superan al mercado
El S&P 500 avanzó un respetable 16% en 2025, reflejo de un año sólido para los mercados financieros. Pero los multimillonarios estadounidenses vieron crecer sus fortunas un 20,8%, y los más ricos entre los ricos fueron mucho más lejos. Los 15 estadounidenses con patrimonios superiores a los 100.000 millones de dólares aumentaron su riqueza un 33%, más del doble del crecimiento del índice bursátil.
Este diferencial importa. Sugiere que la acumulación extrema no depende solo del mercado, sino de una combinación de posición dominante, rentas de monopolio, ventajas fiscales y control sobre infraestructuras tecnológicas clave. No es tanto capitalismo competitivo como capitalismo de plataforma y dinastía.
El resultado es un club cada vez más exclusivo. A finales de 2025, ese pequeño grupo de ultramultimillonarios concentraba 3,2 billones de dólares, frente a los 2,4 billones de apenas un año antes. En términos históricos, es una suma que rivaliza con el PIB de grandes economías avanzadas.
La nueva aristocracia tecnológica
En la cima de esta pirámide se encuentran figuras que ya no encajan en la categoría tradicional de empresarios, sino en algo más cercano a actores sistémicos. Elon Musk, con 726.000 millones de dólares, encarna esta transformación. En marzo de 2020, al inicio de la pandemia, su fortuna rondaba los 25.000 millones. Menos de cinco años después, había aumentado un 2.800%. Su riqueza ya no depende de una sola empresa, sino de un ecosistema que abarca transporte, energía, espacio, datos y comunicación.
Por su parte, Larry Page y Sergey Brin, cofundadores de Google, cerraron 2025 con 257.000 millones y 237.000 millones respectivamente, reflejando el poder persistente de la publicidad digital y la inteligencia artificial. Larry Ellison (Oracle) y Jeff Bezos (Amazon) completan un quinteto cuya riqueza combinada supera ampliamente el billón de dólares.
Este no es solo un fenómeno de éxito empresarial. Es una señal de que la economía estadounidense premia de forma desproporcionada a quienes controlan infraestructuras digitales, datos y redes globales, sectores donde la competencia es limitada y las barreras de entrada son formidables.
Las dinastías no desaparecen
Lejos de diluirse, la riqueza heredada también acelera. Las tres dinastías más ricas de Estados Unidos (Walton, Mars y Koch) acumulan ahora 757.000 millones de dólares, frente a los 657.800 millones de finales de 2024. Los Walton, herederos de Walmart, concentran 483.000 millones entre siete miembros. Los Mars, pese a una leve corrección respecto al año anterior, mantienen 120.000 millones. Los Koch, con solo dos herederos, alcanzan 154.800 millones, tras un salto notable desde los 121.100 millones.
La pandemia actuó como catalizador. Desde marzo de 2020, tres miembros clave de la familia Walton vieron crecer su patrimonio conjunto de 161.100 millones a 378.000 millones de dólares. En paralelo, Jeff Bezos duplicó holgadamente su fortuna. La crisis no redistribuyó riqueza: la concentró.
Implicaciones políticas y económicas
Este auge no es políticamente neutro. Una economía donde menos de mil personas controlan más de 8 billones de dólares plantea preguntas incómodas sobre fiscalidad, competencia, democracia y gobernanza. La capacidad de estos actores para influir en regulaciones, financiar campañas, moldear narrativas tecnológicas o incluso condicionar políticas públicas es creciente.
Paradójicamente, Estados Unidos combina una retórica política cada vez más populista con una estructura económica cada vez más oligárquica. La brecha entre capital y trabajo se amplía, mientras el sistema fiscal sigue mostrando dificultades para gravar grandes fortunas sin provocar resistencia política y jurídica.
Prosperidad desequilibrada
Nada de esto implica que la riqueza extrema sea, por definición, ilegítima. Pero su ritmo de crecimiento, muy superior al del conjunto de la economía, sugiere un desequilibrio que puede volverse insostenible. Cuando la creación de riqueza se desacopla del bienestar general, el resultado no suele ser estabilidad, sino tensión social y volatilidad política.
Estados Unidos entra en 2026 con mercados fuertes, innovación vibrante y consumo resiliente. Pero también con una concentración de riqueza que recuerda más a una edad dorada que a una democracia de clase media.