Las grandes inversiones que generan miles de empleos estables vienen de los países a los que no visita Ayuso

La designación de España como país “temático” dentro de la estrategia exterior china no es un gesto simbólico menor. Pekín reserva esa categoría para socios considerados estratégicos dentro de sus planes comerciales y de inversión

13 de Mayo de 2026
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China Inversiones
Pedro Sánchez y Xi Jinping se saludan durante el último viaje oficial del presidente español a Pekin | Foto: Pool Moncloa

Mientras la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha construido buena parte de su perfil internacional sobre viajes institucionales a Estados Unidos y discursos alineados con el liberalismo económico anglosajón, la realidad de las grandes inversiones industriales que están transformando España apunta en otra dirección. Las fábricas, los empleos estables y los grandes proyectos manufactureros que prometen reindustrializar regiones enteras están llegando, sobre todo, desde China.

El contraste resulta especialmente significativo en un momento en el que la economía española busca consolidar un nuevo modelo industrial vinculado a la movilidad eléctrica, las baterías para coches eléctricos y la transición energética. Mientras parte del debate político continúa centrado en atraer capital financiero o tecnológico vinculado a Silicon Valley, son las empresas asiáticas las que están desembarcando con proyectos capaces de generar miles de puestos de trabajo directos e indirectos en comunidades como Galicia, Aragón o la Comunidad Valenciana.

La reciente visita del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a China volvió a evidenciar ese giro estratégico. Las relaciones entre Madrid y Pekín atraviesan uno de sus momentos de mayor intensidad diplomática y empresarial. El encuentro con el presidente chino Xi Jinping no solo tuvo una dimensión política. También sirvió para consolidar una agenda económica donde España aparece como plataforma prioritaria para la expansión china hacia Europa.

La designación de España como país “temático” dentro de la estrategia exterior china no es un gesto simbólico menor. Pekín reserva esa categoría para socios considerados estratégicos dentro de sus planes comerciales y de inversión. A ello se suma el papel español dentro de la Nueva Ruta de la Seda, la gran estrategia geoeconómica china destinada a ampliar su influencia mediante inversiones en infraestructuras, energía, transporte e industria.

Y es precisamente en el sector industrial donde comienza a percibirse con mayor claridad el cambio de paradigma. Durante décadas, España dependió principalmente de multinacionales europeas o estadounidenses para sostener su tejido automovilístico. Ahora, el gran impulso inversor procede de fabricantes chinos que buscan utilizar territorio español como puerta de entrada al mercado comunitario y como plataforma para esquivar parcialmente la presión arancelaria impulsada desde Bruselas.

La ofensiva empresarial china en España avanza a una velocidad difícil de ignorar. La llegada de Chery a la antigua planta de Nissan en Barcelona marcó un primer punto de inflexión. Pero el movimiento más relevante podría estar aún por llegar. SAIC Motor, propietario de la marca MG y responsable del coche chino más vendido actualmente en España, negocia la construcción de una gran fábrica en Galicia.

La operación tendría una enorme carga simbólica y económica. Galicia ya alberga la mayor planta automovilística del país, perteneciente al grupo Stellantis, y podría convertirse ahora en uno de los grandes centros europeos de producción vinculados al automóvil chino. El propio presidente gallego, Alfonso Rueda, confirmó tras su viaje institucional a China las conversaciones abiertas con SAIC.

No se trata únicamente de inversión financiera. Lo relevante es la naturaleza de esos proyectos: fábricas, cadenas de suministro, producción industrial y empleo estable. En plena transformación del mercado automovilístico europeo, China no solo exporta vehículos; exporta capacidad industrial y poder económico.

La expansión no termina ahí. Changan Automobile estudia instalarse en Aragón, mientras Hongqi negocia producir vehículos en instalaciones de Stellantis en Zaragoza. Paralelamente, CATL, el mayor fabricante mundial de baterías, desarrolla una enorme planta junto a la factoría aragonesa del grupo automovilístico europeo.

El mapa industrial español empieza así a redibujarse alrededor del capital chino y de las grandes inversiones asiáticas. Incluso marcas como Leapmotor o Geely exploran acuerdos de producción con fábricas ya existentes en España, incluyendo las plantas de Villaverde y Almussafes.

Detrás de este fenómeno existe una lógica empresarial clara. España ofrece costes industriales competitivos, una potente red logística y una posición geográfica privilegiada para acceder al conjunto del mercado comunitario. Pero también influye otro elemento: la necesidad china de establecer presencia industrial dentro de Europa para reducir el impacto de los aranceles y las crecientes tensiones comerciales con Bruselas y Washington.

En este contexto, la política exterior española adquiere una dimensión económica mucho más pragmática de lo que suele reflejar el debate partidista. Mientras algunos sectores políticos mantienen una visión marcadamente ideológica sobre las relaciones con China, las grandes corporaciones asiáticas están tomando decisiones concretas de inversión que afectan directamente al empleo y al tejido productivo español.

El contraste con la estrategia internacional de Isabel Díaz Ayuso resulta inevitable. La dirigente madrileña ha apostado reiteradamente por fortalecer relaciones políticas y económicas con Estados Unidos, especialmente con sectores conservadores y empresariales cercanos al entorno republicano. Sin embargo, las inversiones estadounidenses que llegan a España suelen concentrarse en servicios, fondos financieros o tecnología digital, con menor capacidad de arrastre industrial masivo que las grandes plantas manufactureras impulsadas desde Asia.

La diferencia no es menor en términos económicos y sociales. Una fábrica de automóviles o de baterías transforma regiones enteras: genera empleo directo, impulsa proveedores locales, dinamiza infraestructuras y consolida ecosistemas industriales durante décadas. Ese tipo de riqueza estructural es precisamente la que España perdió parcialmente tras las deslocalizaciones industriales de comienzos de siglo.

Por eso, más allá de la batalla ideológica entre bloques geopolíticos, el auge de la inversión china en España refleja una realidad incómoda para parte de la política occidental: en plena transición energética y tecnológica, buena parte del músculo industrial capaz de generar empleo estable, riqueza productiva y desarrollo económico ya no procede necesariamente de Estados Unidos o del núcleo tradicional europeo, sino de Asia.

Y mientras Europa debate cómo reducir su dependencia de China, las grandes compañías chinas avanzan silenciosamente sobre sectores estratégicos del continente utilizando España como una de sus principales plataformas industriales.

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