Durante décadas, Europa vivió bajo una vulnerabilidad evidente. Cada conflicto internacional que afectaba al petróleo o al gas terminaba trasladándose de forma casi automática a los hogares, a las empresas y a la inflación. Bastaba una crisis geopolítica para que la economía europea quedara expuesta a factores sobre los que apenas tenía capacidad de influencia.
La comparecencia de Christine Lagarde ante el Parlamento Europeo permite apreciar hasta qué punto algunas cosas han cambiado.
La presidenta del Banco Central Europeo reconoció que la guerra en Oriente Próximo está generando tensiones energéticas y elevando la incertidumbre económica. Sin embargo, también dejó claro que la institución no observa, por el momento, un escenario comparable al vivido tras la pandemia o durante los momentos más duros de la invasión rusa de Ucrania.
La diferencia es relevante. Europa sigue siendo vulnerable, pero hoy es considerablemente menos dependiente de determinados factores externos que hace apenas unos años.
La propia Lagarde apuntó a una cuestión fundamental. El problema ya no reside únicamente en la política monetaria. La fortaleza económica europea depende cada vez más de su capacidad para reducir dependencias estratégicas, diversificar fuentes de energía y avanzar hacia sistemas productivos menos expuestos a las crisis internacionales.
Durante años, las inversiones en energías renovables fueron objeto de críticas constantes. Se cuestionó su rentabilidad, su viabilidad técnica e incluso su utilidad económica. Sin embargo, cada crisis internacional termina reforzando la misma conclusión. La autonomía energética no es únicamente una cuestión medioambiental. Es también una cuestión de soberanía económica.
Los datos conocidos en los últimos meses apuntan precisamente en esa dirección. Países con una mayor presencia de energías renovables están mostrando una menor exposición a las oscilaciones internacionales del gas. Eso significa menos presión sobre la inflación, menos costes para la industria y una mayor capacidad de resistencia ante escenarios de incertidumbre.
El BCE mantiene la cautela. Nadie puede descartar nuevos sobresaltos en una región tan inestable como Oriente Próximo. Las previsiones de crecimiento continúan siendo moderadas y los riesgos inflacionarios siguen presentes. Pero el mensaje que transmite Fráncfort resulta significativo. Europa llega mejor preparada a esta crisis que a las anteriores.
La lección trasciende los indicadores económicos. Durante demasiado tiempo se presentó la transición energética como un lujo ideológico o una aspiración futura. Hoy aparece como una herramienta de protección económica frente a conflictos que se desarrollan a miles de kilómetros de distancia pero cuyos efectos terminan llegando a cualquier hogar europeo.
La guerra vuelve a demostrar que la mejor política económica no siempre consiste en reaccionar cuando estalla la crisis. A veces consiste en haber tomado las decisiones correctas mucho antes de que la crisis aparezca.