La guerra devuelve a Europa al dinero caro cuando la inflación empezaba a dar tregua

El BCE eleva los tipos al 2,5 % para contener el golpe energético de la guerra con Irán. El petróleo vuelve a superar los 100 dólares y amenaza con alargar la inflación

11 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 11:05h
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La guerra devuelve a Europa al dinero caro cuando la inflación empezaba a dar tregua

Europa vuelve a descubrir que una guerra a miles de kilómetros puede terminar entrando por la puerta de casa en forma de gasolina, calefacción, hipoteca o préstamo más caro. El Banco Central Europeo ha elevado los tipos de interés otros 25 puntos básicos y ha situado la facilidad de depósito en el 2,5 %, la segunda subida de 2026 y una decisión que devuelve definitivamente a la eurozona a una política monetaria de endurecimiento después de varios años dedicados a desmontar la anterior escalada de tipos.

La decisión estaba prácticamente descontada por los mercados y tiene un culpable bastante reconocible. La inflación de la eurozona ha pasado del 2,9 % en julio al 3,3 % en agosto, pero el dato más revelador aparece al abrir la cifra y mirar qué está ocurriendo dentro. La energía se ha disparado un 14,3 % interanual, cuatro puntos más que el mes anterior, mientras la inflación que excluye energía y alimentos ha bajado del 2,5 % al 2,4 %.

Es decir, el problema que ha hecho reaccionar al BCE no procede principalmente de una economía europea desbocada, de salarios fuera de control o de un consumo disparado. Viene fundamentalmente del petróleo y del gas.

El recrudecimiento de la guerra con Irán y las tensiones sobre el estrecho de Ormuz han vuelto a llevar el Brent por encima de los 100 dólares por barril. El petróleo llegó este jueves a superar los 108 dólares durante una jornada especialmente tensa en los mercados, mientras el gas europeo también ha recuperado niveles que parecían dejados atrás.

Christine Lagarde lo resumió desde Berlín con bastante claridad. El conflicto de Oriente Próximo continúa generando presiones inflacionistas y el BCE calcula que la inflación permanecerá «muy por encima» de su objetivo durante un periodo prolongado. El banco central ha decidido no esperar a comprobar cuánto dura la factura energética.

El BCE intenta apagar el incendio antes de que llegue a los salarios

Subir los tipos no produce petróleo, no abre el estrecho de Ormuz y tampoco consigue que un metanero llegue antes a Europa. Esa es precisamente la parte más incómoda de utilizar la política monetaria contra una inflación cuyo origen se encuentra en una perturbación energética exterior.

El mecanismo funciona por otro camino. El BCE encarece el dinero para enfriar la demanda y, sobre todo, evitar que el aumento inicial de la energía se extienda al resto de la economía. Si una empresa paga más por transportar mercancías, intenta trasladarlo a sus precios. Si los trabajadores pierden poder adquisitivo, reclaman salarios mayores. Si esas subidas empiezan a retroalimentarse, una crisis energética puede acabar convertida en una inflación mucho más difícil de sacar del sistema. Europa conoce bien esa película después de la invasión rusa de Ucrania.

Por ahora, sin embargo, el BCE no observa un incendio semejante en la inflación interna. Los servicios han moderado su subida desde el 3,3 % hasta el 3 %, la inflación subyacente ha bajado al 2,4 % y los salarios tampoco muestran todavía una reacción importante al nuevo encarecimiento energético. La remuneración por asalariado creció un 3,3 % durante el segundo trimestre, frente al 3,5 % del primero. El problema está en lo que puede ocurrir si el petróleo continúa alrededor de los 100 dólares y la perturbación deja de ser algo pasajero.

Las nuevas previsiones del BCE reflejan precisamente ese miedo. La institución mantiene su estimación de inflación media para 2026 en el 3 %, pero empeora las de los dos años siguientes. Calcula ahora un 2,5 % en 2027 y un 2,1 % en 2028, frente al 2,3 % y el 2 % previstos anteriormente.

La inflación subyacente tampoco regresaría inmediatamente a puerto. El BCE proyecta un 2,5 % en 2026, un 2,6 % en 2027 y todavía un 2,3 % en 2028. Después de años escuchando que el objetivo estaba en el 2 %, el calendario empieza a estirarse bastante.

La medicina tiene factura y llega directamente a las hipotecas

El problema de los bancos centrales es que sus medicamentos vienen con efectos secundarios perfectamente conocidos. Subir los tipos ayuda a contener la inflación, pero también encarece las hipotecas, los préstamos de las empresas, la financiación de los Estados y el crédito al consumo.

El euríbor ha vuelto a moverse alrededor del 3 % y el nuevo giro del BCE aleja la posibilidad de un regreso rápido al dinero barato. Para una familia con hipoteca variable, el debate sobre si la perturbación energética tendrá efectos de segunda ronda puede sonar bastante abstracto hasta que llega la revisión anual de la cuota.

Las primeras estimaciones sitúan el incremento de algunas hipotecas variables entre 44 y 75 euros mensuales, dependiendo del importe pendiente, el diferencial y el momento de revisión. Al mismo tiempo, la subida beneficia a quienes tienen ahorro disponible porque depósitos y cuentas remuneradas vuelven a ofrecer rentabilidades que habían empezado a desaparecer con las anteriores bajadas de tipos.

Ese reparto de ganadores y perdedores forma parte inevitable de la política monetaria. Un hogar endeudado recibe la subida de tipos como un nuevo gasto. Otro con dinero en el banco puede verla como una oportunidad para obtener rentabilidad. Una empresa que necesita financiar una inversión encuentra el crédito más caro y una entidad financiera dispone de mayor margen para remunerar el ahorro.

La parte delicada aparece cuando la inflación que se intenta combatir procede principalmente de una guerra y del encarecimiento de una materia prima importada. El BCE no puede reducir el precio mundial del petróleo, pero sí puede reducir cuánto gastan familias y empresas europeas para evitar que la subida energética termine extendiéndose. Es una herramienta contundente para un problema sobre el que Fráncfort solo tiene control indirecto.

La economía europea aguanta mejor de lo que se esperaba

El BCE dispone al menos de un pequeño colchón para aplicar esa medicina. Sus economistas han revisado al alza el crecimiento de la eurozona para 2026 y 2027, algo poco habitual en una reunión dominada por las advertencias sobre inflación y guerra.

La previsión de crecimiento para este año pasa del 0,8 % al 0,9 %, mientras que la de 2027 mejora del 1,2 % al 1,4 %. Para 2028 se mantiene el 1,5 %.

No son cifras para lanzar cohetes, pero muestran una economía más resistente de lo que el propio BCE esperaba hace unos meses. Esa resistencia proporciona a Lagarde cierto margen para subir tipos sin asumir inmediatamente que está empujando a la eurozona hacia una recesión.

El equilibrio sigue siendo bastante delicado. Cuanto más dure la guerra y más tiempo permanezca cara la energía, mayor será el riesgo de que el BCE tenga que seguir endureciendo su política justo cuando ese mismo encarecimiento energético empiece a restar crecimiento.

Los mercados han entendido el mensaje. Después de la reunión, llegaron a situar prácticamente al cincuenta por ciento la posibilidad de otra subida en octubre y descuentan con mucha mayor probabilidad un nuevo movimiento antes de terminar el año. El rendimiento de la deuda europea también ha aumentado, lo que supone otra forma de endurecimiento financiero aunque el BCE no toque directamente los tipos. Lagarde se ha cuidado mucho de prometer nada.

El BCE mantiene su fórmula de decidir reunión a reunión atendiendo a los datos, la evolución de la inflación subyacente y la transmisión de la política monetaria. No existe una senda previamente comprometida de nuevas subidas, una cautela especialmente comprensible porque nadie en Fráncfort sabe cuánto durará el conflicto ni dónde estará el barril dentro de tres meses.

La incertidumbre no es una coletilla incluida por prudencia en el comunicado. El propio BCE ha elaborado distintos escenarios dependiendo de la intensidad y duración de la perturbación energética porque las diferencias pueden ser enormes.

Una desescalada rápida aliviaría petróleo y gas, reduciría la inflación y permitiría frenar el endurecimiento monetario. Una guerra prolongada con problemas persistentes en las rutas energéticas obligaría a manejar una combinación bastante peor, precios altos, tipos altos y crecimiento bajo. Europa conoce esa mezcla y preferiría no repetirla.

La diferencia respecto a la anterior crisis inflacionista es que la economía llega con algunos deberes hechos. La inflación subyacente está mucho más cerca del objetivo, los salarios no se han descontrolado y el mercado laboral conserva fortaleza. Por eso el BCE intenta actuar antes de que la nueva sacudida energética contamine todo lo demás. El coste de esa prevención tampoco debería perderse entre porcentajes y comunicados.

La guerra ha encarecido la energía y el BCE responde encareciendo el dinero. Son dos facturas diferentes, pero ambas terminan circulando por la misma economía y llegando a hogares, empresas y administraciones que no tienen ninguna capacidad para decidir cuánto dura el conflicto en Oriente Próximo.

El banco central considera que asumir una parte de ese coste resulta preferible a permitir que la inflación vuelva a instalarse durante años. Después de la experiencia reciente resulta comprensible que no quiera comprobar hasta dónde puede llegar el fuego antes de sacar la manguera.

La cuestión será cuánto tiempo puede mantenerla abierta sin terminar empapando también una recuperación europea que, aunque está resistiendo mejor de lo previsto, sigue creciendo a velocidades demasiado modestas como para soportar alegremente una larga temporada de petróleo y dinero caros.

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