La salida de Luis de Guindos de la vicepresidencia del Banco Central Europeo no es un simple trámite institucional. La negociación abierta este lunes en el Eurogrupo para designar a su sucesor concentra tensiones que van mucho más allá de un nombre propio: está en juego el peso relativo de los Estados, el perfil político del BCE en la era postinflación y el delicado equilibrio entre ortodoxia monetaria y estabilidad social en una Europa aún en ajuste.
El cargo quedará vacante a finales de mayo, pero el debate se acelera ahora porque el contexto ya no es el de 2018, cuando De Guindos aterrizó en Fráncfort como símbolo del regreso de España al núcleo duro europeo tras la crisis financiera. Hoy el BCE opera en un terreno mucho más expuesto, con decisiones que afectan directamente a hogares, hipotecas, deuda pública y desigualdad, y su cúpula se ha convertido en un espacio de poder político real, aunque se vista de neutralidad técnica.
Formalmente, el procedimiento es claro: el Eurogrupo busca un consenso político, el Ecofin lo eleva y el Consejo Europeo nombra, previa consulta al Parlamento Europeo y al Consejo de Gobierno del BCE. En la práctica, la elección es una negociación de equilibrios nacionales, ideológicos y geográficos. Para prosperar, el candidato necesitará el respaldo de al menos 16 países que representen el 65% de la población del euro. Un umbral diseñado para evitar sorpresas, pero no para impedir bloqueos.
La lista de aspirantes refleja bien esa tensión. Hay perfiles claramente continuistas, como Olli Rehn, que representa la tradición más disciplinada de la política monetaria europea; otros con mayor sensibilidad social y política, como Mário Centeno, que encarna la respuesta portuguesa a la austeridad sin ruptura con Bruselas; y figuras técnicas del este europeo que reclaman, sin levantar la voz, un lugar en la gobernanza de una eurozona que sigue girando alrededor de los mismos países de siempre.
No es casual que el Parlamento Europeo haya señalado a Centeno y Kazaks como favoritos: ambos combinan credibilidad técnica con una lectura menos rígida del papel del BCE en una economía fragmentada. Pero la opinión de la Cámara no es vinculante. Y ahí es donde entra el juego real.
España observa, pero no decide
Esta vez, España no compite. La rotación informal de nacionalidades deja fuera cualquier opción inmediata y obliga a Madrid a mirar al horizonte de 2027, cuando quedarán vacantes tres puestos del comité ejecutivo, incluida la presidencia. En ese tablero, el nombre de Pablo Hernández de Cos aparece ya como una carta a medio plazo, aunque todavía sin jugada explícita.
La paradoja es evidente: España pierde visibilidad en la cúspide monetaria justo cuando su peso económico vuelve a crecer en términos relativos. La presencia de Nadia Calviño al frente del BEI, o de altos cargos españoles en organismos de supervisión y estabilidad financiera, compensa parcialmente ese vacío, pero no sustituye el valor simbólico y político de estar en el núcleo decisor del BCE.
El relevo se produce, además, en un momento incómodo para el BCE. La inflación se ha moderado, pero los efectos sociales de la política de tipos siguen presentes. La vivienda, la financiación de la transición energética, la deuda de los Estados y la fragilidad de ciertos sectores productivos han devuelto al banco central a un terreno donde la neutralidad ya no basta como coartada.
La vicepresidencia del BCE es hoy un puesto de gestión de tensiones, no solo de política monetaria. Quien lo ocupe tendrá que navegar entre el mandato de estabilidad de precios y una realidad en la que la estabilidad social empieza a ser también un factor macroeconómico.
El Eurogrupo, escenario del consenso mínimo
Que la negociación se abra en la primera reunión del nuevo presidente del Eurogrupo no es un detalle menor. El foro, sin competencias formales, actúa como termómetro político de la eurozona. Si el acuerdo llega este lunes, será porque las capitales han preferido cerrar filas rápido y evitar un debate prolongado que podría exponer diferencias de fondo sobre el rumbo del BCE.
Si no llega, el aplazamiento hasta febrero no cambiará el fondo, pero sí el clima: un relevo retrasado suele indicar una institución que todavía no ha decidido hacia dónde quiere ir.
Mientras tanto, el Eurogrupo debatirá sobre Bulgaria, el euro digital, la unión del ahorro y la inversión y la agenda del G7. Pero el asunto central, aunque figure al final del orden del día, es otro: quién toma el relevo de De Guindos y qué BCE sale de esa decisión. Porque en Fráncfort, cada nombramiento es una declaración de intenciones. Y esta vez, Europa no puede permitirse demasiada ambigüedad.