Nadia Calviño no habla desde un despacho cualquiera. Lo hace desde una de las posiciones con más capacidad de influencia financiera e institucional de Europa: la presidencia del Banco Europeo de Inversiones, cargo que ocupa desde el 1 de enero de 2024. En un momento de tensión internacional extrema, con los mercados pendientes de cada movimiento militar, de cada mensaje de Washington y de cada giro geopolítico, sus palabras pesan. Y mucho.
En su intervención en la Hora de la 1, en una entyrevoista de Silvia Intxaurrondo, Calviño retrató un escenario internacional dominado por la incertidumbre, los bandazos y una inestabilidad que, a su juicio, resulta profundamente dañina para la ciudadanía, para la economía y para el orden mundial. Lejos de un tono técnico o distante, su mensaje transmitió preocupación real por el deterioro del clima global. La idea de fondo fue inequívoca: Europa no puede seguir expuesta a sobresaltos ajenos sin reforzar su propia capacidad de respuesta.
Europa ante el caos global
La presidenta del BEI defendió que la Unión Europea mantiene una posición clara de apoyo a la paz, a la ONU y a la desescalada en Oriente Medio, aunque recordó que en política exterior Bruselas no actúa como una voz única y automática, sino como el resultado de la posición compartida por los 27 Estados miembros. Esa precisión no es menor. Calviño evitó alimentar lecturas simplistas sobre una supuesta pasividad europea, pero al mismo tiempo dejó claro que el horizonte deseable pasa por abrir espacios para la negociación y frenar cualquier deriva bélica que arrastre a la economía mundial a un nuevo ciclo de crisis.
Energía: el talón de Aquiles que Europa debe superar
Su análisis económico fue especialmente relevante en el terreno energético. La guerra, advirtió, vuelve a poner bajo presión los precios del gas y del petróleo, y aunque Europa ya no depende del estrecho de Ormuz en la misma medida que otras regiones, sí sufre el impacto de unos mercados internacionales completamente interconectados. El alivio inmediato de los precios tras la tregua demuestra, precisamente, hasta qué punto el sistema global continúa siendo vulnerable a cualquier amenaza sobre el suministro.
Pero Calviño fue más allá del diagnóstico coyuntural. Para ella, la gran lección de estas semanas es que Europa debe romper de una vez su dependencia estructural de los combustibles fósiles. No lo planteó solo como una cuestión medioambiental, sino como una exigencia estratégica, económica y política. En su visión, la autonomía energética y la autonomía en defensa forman parte de una misma batalla: la de una Europa capaz de decidir por sí misma en un mundo donde las alianzas tradicionales se están reconfigurando a una velocidad vertiginosa.
Defensa y autonomía estratégica: el nuevo eje europeo
Uno de los mensajes más relevantes de su intervención fue la necesidad de reforzar la autonomía estratégica de Europa. Las alianzas internacionales, advirtió, están cambiando a gran velocidad, y eso obliga al continente a repensar su papel en el mundo.
En ese contexto, el Banco Europeo de Inversiones ha comenzado a financiar proyectos vinculados a la seguridad y la defensa. Instalaciones militares en el este de Europa, producción de drones, investigación tecnológica o apoyo a empresas estratégicas forman parte de esa nueva línea de actuación.
Para Calviño, no es una opción ideológica, sino una necesidad histórica: Europa debe tener capacidad propia para garantizar su seguridad.
Ese fue, de hecho, uno de los mensajes más rotundos de toda su intervención. Europa, dijo en esencia, necesita hablar con voz propia y ser dueña de su destino. La frase resume una preocupación que ya recorre todas las instituciones comunitarias: la certeza de que el viejo equilibrio atlántico ya no ofrece las mismas garantías. Sin caer en la estridencia, Calviño dibujó un mapa internacional en el que la Unión Europea está obligada a reforzar su capacidad industrial, defensiva y tecnológica si no quiere quedar relegada a un papel secundario.
Desde esa lógica se entiende también el giro que ha imprimido al Banco Europeo de Inversiones. La institución, tradicionalmente asociada a grandes infraestructuras, innovación o transición verde, ha abierto más espacio a la financiación de proyectos vinculados con la seguridad y la defensa. Calviño defendió esa decisión como una respuesta realista al momento histórico. No se trata, vino a decir, de militarizar el banco, sino de asumir que la seguridad europea también requiere inversión, tecnología, industria y músculo financiero.
La lista de ejemplos que puso sobre la mesa revela el alcance de esa transformación: instalaciones militares en Lituania, producción de drones, investigación aplicada, apoyo a grandes compañías españolas del sector y financiación indirecta para pymes a través de acuerdos bancarios. Es un cambio de escala que retrata bien la nueva fase europea: menos ingenuidad geopolítica y más voluntad de construir capacidad propia.
España, un escudo económico en medio de la tormenta
En paralelo, Calviño quiso subrayar la posición relativamente sólida de España dentro de este contexto convulso. Presentó al país como una economía mejor preparada que otras para resistir el golpe de una crisis energética o de una escalada internacional. La razón principal, explicó, está en la reducción de la dependencia de los combustibles fósiles y en el fuerte despliegue de renovables de los últimos años. Esa transformación, sostuvo, ha permitido contener mejor el precio de la electricidad y ofrecer una base más robusta para el crecimiento.
También reivindicó la fortaleza del mercado laboral español y el papel del país como motor económico dentro de la Unión. En su lectura, España no solo crece más que la media europea, sino que además aporta una parte decisiva de la creación de empleo en el continente. No es un matiz menor: en un momento en el que la guerra amenaza con frenar inversiones y enfriar expectativas, la economía española aparece en su discurso como uno de los pocos puntos de apoyo fiables.
Vivienda: la gran herida social europea
Sin embargo, donde Calviño mostró un tono más social fue en el problema de la vivienda. Rechazó que se trate de una anomalía exclusivamente española y lo definió como un gran reto compartido por los 27 Estados miembros. Esa visión paneuropea no suaviza el problema; al contrario, lo agranda. Habla de una crisis estructural vinculada al parón de la construcción, al cambio en los modelos familiares, a los movimientos migratorios, al envejecimiento de la población y también al impacto de las viviendas turísticas sobre los precios urbanos.
Su receta combina varios frentes: agilizar permisos, dar estabilidad y financiación a los promotores, reconstruir parque público de alquiler asequible, apoyar a los jóvenes e impulsar la innovación en materiales y sistemas constructivos. Pero quizá lo más importante de su enfoque fue la doble definición del problema: la vivienda es una herida social y, al mismo tiempo, un freno económico. Corta proyectos de vida, expulsa a jóvenes del mercado residencial y limita el desarrollo de un país que no puede permitirse bloquear a generaciones enteras.
Volatilidad, mercados y el coste de la incertidumbre
Frente al fatalismo, Calviño quiso cerrar con una idea de esperanza. Admitió que la situación internacional es volátil, que la inflación y los tipos de interés siguen condicionando la vida cotidiana y que la inestabilidad mundial perjudica a todos. Pero rechazó el discurso según el cual los jóvenes están condenados a vivir peor que sus mayores. Su apuesta fue otra: mejorar salarios, elevar productividad y usar la potencia de las instituciones europeas para abrir oportunidades reales.
No fue una intervención menor. Fue el retrato político y económico de una Europa asediada por la guerra, la dependencia y la incertidumbre, pero también la reivindicación de que todavía hay margen para construir una respuesta propia. Y cuando esa advertencia la formula la presidenta del Banco Europeo de Inversiones, no conviene tomarla como una simple opinión. Conviene escucharla.