Está jugando Rafael Jódar, pero no estoy viendo el partido. Luego me incorporaré, porque es ilusionante la posibilidad de que un español llegue a cuartos de final de Roland Garros. Y como no estoy viendo el partido enciendo el móvil, suelo apagarlo unas ocho o diez horas al día, y me encuentro con un mensaje en el guasap de mi amigazo Don Man (genial, me encanta, garantizado). Hay un enlace a un video. En él se ve a Jódar empujando a una niña, a una recogepelotas, y luego subiendo la mano derecha (un gesto clave como luego se verá). Don Man está horrorizado y yo, por muy librepensador y salvaje y tigre que sea, confieso que también; un poco también.
Pero hay algo inverosímil, y le pido a la Rubia que se ponga a investigar. Se mete en La Maraña de ceros y unos y consigue un segundo video. Y también un suelto informativo explicando que Jódar, en rueda de prensa, afirma no haber tocado a la niña. Miro todo con la máxima objetividad. Resulta altamente verosímil pensar que se puede tratr de un efecto óptico: yo soy más alto que el jugador más alto del mundo si la perspectiva es la adecuada. La mano que se levanta. Esa es la clave. Si empujamos a alguien con una mano, la mano no sube hacia arriba, sigue adelante. No se apuñala a nadie desde arriba, aunque quede muy bien en los dibujos, sino desde abajo (lo aprendí de niño viendo Doce hombres sin piedad)
In dubita pro reo, decido, y así se lo digo a Don Man.
Y luego veo el partido. Qué barbaridad, qué maravilla. Qué duro y qué largo. Aunque no tan duro y tan largo como el de Landaluce con Cerúndolo ayer. Ese sí que fue para enmarcar. Los Grand Slam son tenis de verdad. Batalla de verdad. Los Grand Slam masculinos, alguien tiene que decirlo, que se disputan a 5 sets. Cinco. Si te desmayas, te acalambras o te da una pájara… aprietas los dientes, y a aguantar. Partidos brutales, épicos, “matahombres” (como diría mi también querido amigo Aurelio). Incluso verlos por la tele, grabados y con un mando a distancia para aligerarlos, cansa. Vivirlos en primera persona… confieso que me cuesta imaginar lo duro que debe de ser.
Jódar, aligeremos, remonta un dos sets a cero, y pasa a cuartos de final. ¡Cuartos de final de Roland Garros con 19 años y en su primera comparecencia!
Es indudable que la presión que ha debido de sufrir de los medios por el asunto de la niña lastró su rendimiento, y la calidad de su tenis, hasta la mitad del partido. Y quizá después también. Pero al final se sobrepone a todo, juega como un ángel infernal, gana… y por primera vez le vemos sonreír, y a su padre también (un par de huraños de cojones, que diría mi inmortal maestro Camilo JC).
“In dubita pro reo”.
Y un aplauso para Rafaelito, se lo ha ganado a pulso (y a raquetazos) y otro para don Rafael, su papá.
Tigre Tigre