Zorn, la “superestrella” del luminismo sueco, vuelve a Madrid

Fundación Mapfre reúne su vida nómada y su regreso a las raíces: acuarelas fulgurantes, retratos de poder y la Suecia rural como refugio

Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra
Anders Zorn. Recorrer el mundo, recordar la tierra
21 de Febrero de 2026
Actualizado a las 9:17h
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Hay exposiciones que llegan como una revelación para quien pisa una sala sin haber leído nada antes. Y, a la vez, hay nombres que nunca fueron un secreto: simplemente estaban donde siempre han estado, en la memoria de quienes miran pintura con atención. Anders Zorn pertenece a esa segunda categoría. No fue, ni de lejos, un artista desconocido: cualquier aficionado al arte, cualquier persona habituada a museos o interesada en la pintura del cambio de siglo sabía quién era. Lo que sucede —y ahí está el interés de esta retrospectiva en la Fundación Mapfre— es que Zorn había quedado en una especie de pasillo lateral del relato dominante del siglo XX. El gran público lo intuía por referencias, por algún desnudo al aire libre o por un retrato brillante, pero rara vez había podido contemplar su obra desplegada con ambición y contexto en España.

Anders Zorn De luto, 1880
Anders Zorn De luto, 1880

La muestra, titulada Anders Zorn. recorrer el mundo, recordar la tierra, permite precisamente eso: entender por qué fue uno de los artistas más celebrados de su tiempo y por qué hablar de él como una auténtica superestrella no es un recurso retórico, sino una descripción histórica precisa.

una superestrella antes de que existiera el concepto

Llamar “superestrella” a Zorn significa reconocer su posición real dentro del sistema artístico internacional de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Fue uno de los pintores mejor pagados y más solicitados de su época. Sus retratos eran encargados por monarcas, grandes empresarios, aristócratas y figuras políticas tanto en Europa como en Estados Unidos. Su nombre circulaba con naturalidad en los círculos de poder y su firma funcionaba como garantía de prestigio social.

Participó en las grandes exposiciones internacionales —auténticos escaparates globales del arte en aquel tiempo—, recibió premios relevantes y obtuvo distinciones oficiales de alto rango. Su éxito no era solo académico: era también público. La alta sociedad quería ser retratada por él, y su fama iba más allá de los especialistas. En cierto modo, Zorn ocupaba entonces el lugar que hoy tendría un artista global capaz de moverse entre la institución, el mercado y la cultura popular sin perder autoridad técnica.

Anders Zorn Estudio de iluminación (Madame Rikoff), 1890
Anders Zorn Estudio de iluminación (Madame Rikoff), 1890

Que hoy no se perciba con la misma intensidad tiene explicación: la historiografía del siglo XX privilegió los relatos ligados a las vanguardias y desplazó a muchos maestros del naturalismo internacional. La exposición madrileña funciona así como una puesta en perspectiva: no redescubre a un desconocido, sino que devuelve visibilidad pública a quien en vida fue una figura central.

El éxito internacional sin perder el barro en las botas

Zorn (1860–1920) nació en un entorno rural humilde en Dalecarlia, región asociada a la esencia cultural sueca. Su biografía podría resumirse como una ascensión social vertiginosa, pero la exposición demuestra algo más interesante: nunca renegó de sus raíces. Viaja, triunfa y se instala en los grandes centros artísticos europeos, pero mantiene una relación constante con su tierra natal.

Ese equilibrio entre cosmopolitismo y arraigo es el hilo conductor de toda su obra. Por un lado, el artista que frecuenta Londres, París y Estados Unidos, retratando a la élite internacional; por otro, el hombre que regresa a Suecia para pintar tradiciones rurales y preservar un mundo que percibe amenazado por la industrialización.

Anders Zorn Emma Zorn leyendo, 1887
Anders Zorn Emma Zorn leyendo, 1887

Acuarela como arma, óleo como conquista

Una de las revelaciones del recorrido es comprobar la importancia de la acuarela en su evolución. Lejos de ser una técnica secundaria, Zorn la convierte en un lenguaje de enorme audacia. Sus escenas fluviales y sus estudios de luz muestran una seguridad técnica extraordinaria y una capacidad para capturar atmósferas con una economía de medios sorprendente.

Cuando se adentra en el óleo, no abandona esa libertad. Su pincelada sigue siendo ágil, directa, casi improvisada, aunque detrás exista una enorme planificación. Algunos críticos de su época interpretaron esa soltura como superficialidad; hoy, en cambio, se aprecia como uno de los rasgos que anuncian su modernidad.

Retratar el poder sin quedar atrapado por él

El retrato fue la gran puerta que le abrió el mundo. Pero Zorn no se limita a reproducir rostros prestigiosos. Sitúa a sus modelos en ambientes que hablan de ellos, incorporando elementos simbólicos sin rigidez académica. La naturalidad que logra en estas obras explica por qué se convirtió en uno de los retratistas más codiciados de su generación.

Aun así, su producción no se reduce al encargo. Alterna los retratos oficiales con escenas íntimas y estudios de amigos artistas, lo que evita que su obra quede limitada por las exigencias del cliente y conserva un pulso personal.

Anders Zorn Cristina Morphy, 1884
Anders Zorn Cristina Morphy, 1884

España como fascinación y aprendizaje

Zorn visitó España en numerosas ocasiones entre 1881 y 1914. En sus primeros viajes se percibe la influencia del imaginario romántico que tantos artistas europeos buscaban, pero pronto aparece una mirada más libre y contemporánea. Sus paisajes y escenas urbanas muestran interés real por la vida cotidiana más allá del tópico.

Su admiración por Velázquez fue decisiva, y su amistad con pintores como Joaquín Sorolla o Ramón Casas revela hasta qué punto estaba integrado en las redes artísticas del momento. España no fue un simple destino exótico, sino una etapa formativa y emocional dentro de su trayectoria.

Desnudos al aire libre y modernidad visual

Entre las obras más llamativas de la muestra destacan los bañistas y desnudos en plena naturaleza. Zorn desplaza el desnudo fuera del estudio académico y lo sitúa en paisajes reales, vinculando cuerpo, agua y luz de forma innovadora. Estas composiciones fueron muy celebradas en su tiempo y también objeto de debate, algo que hoy permite una lectura más compleja sobre la mirada masculina y las convenciones culturales del momento.

Anders Zorn La gran fábrica de cerveza, 1890
Anders Zorn La gran fábrica de cerveza, 1890

Volver a casa para conservar la memoria

En 1896 regresa definitivamente a Mora, su localidad natal. Lejos de retirarse, intensifica su compromiso con la cultura popular sueca: organiza concursos, colecciona objetos tradicionales y funda un museo al aire libre para preservar la arquitectura rural. Su obra se convierte entonces en una forma de resistencia frente a la homogeneización moderna.

Galería de obras

 

Información práctica para la visita

La exposición puede verse en Fundación Mapfre (Paseo de Recoletos, 23, Madrid) del 19 de febrero al 17 de mayo. Entrada general: 5 €; acceso gratuito los lunes no festivos de 14:00 a 20:00. Horarios: lunes 14:00–20:00, martes a sábado 11:00–20:00, domingos y festivos 11:00–19:00. La audioguía, disponible en español e inglés, es gratuita y accesible desde el móvil.

Al salir de la exposición queda una idea clara: Anders Zorn no necesita ser redescubierto, sino recordado en su verdadera escala. Fue una figura internacional de primera magnitud, un artista capaz de conquistar el mundo sin olvidar su origen. Y esa combinación —éxito global y memoria de la tierra— es lo que convierte esta retrospectiva en una de las citas imprescindibles de la temporada artística en Madrid.