El silencio no suele ocupar salas de museo. Sin embargo, basta entrar en la retrospectiva que el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza dedica a Vilhelm Hammershøi para comprobar que la ausencia de ruido puede convertirse en una experiencia casi física. “El ojo que escucha”, abierta hasta finales de mayo, no solo presenta al público español la obra de un artista singular, sino que propone una reflexión sobre cómo mirar en una época saturada de estímulos visuales.

Aunque durante décadas quedó relegado a una nota a pie de página en la historia del arte europeo, Hammershøi —nacido en Copenhague en 1864— emerge hoy como una figura clave para entender la transición entre el realismo del siglo XIX y las sensibilidades modernas. Su producción fue escasa, apenas algo más de cuatrocientas piezas, pero cada una parece diseñada para detener el tiempo.
El lenguaje de la quietud
Quien contempla un cuadro de Hammershøi percibe de inmediato una atmósfera extraña: habitaciones casi vacías, puertas entreabiertas, mujeres de espaldas y una paleta reducida a grises, ocres y blancos ahumados. Esa estética no era una limitación técnica, sino una elección consciente. Frente al color exuberante de los impresionistas, él prefirió la contención.
Sus interiores, muchos pintados en el apartamento de Strandgade donde vivió junto a su esposa Ida Ilsted, funcionan como escenarios psicológicos más que como espacios domésticos. No hay narrativa explícita; la tensión surge precisamente de lo que no se muestra. El espectador se convierte en un intruso silencioso que observa una escena detenida justo antes o después de que algo ocurra.
La luz es la verdadera protagonista. En obras como los célebres interiores iluminados por ventanas laterales, el polvo suspendido o las sombras diagonales adquieren una presencia casi metafísica. Esa atención obsesiva a la luz recuerda a los maestros holandeses del siglo XVII, especialmente a Johannes Vermeer, con quien comparte la intimidad silenciosa y la precisión espacial.

Entre el simbolismo y la modernidad
Hammershøi no fue un artista aislado del todo. Durante su juventud conoció la obra de James McNeill Whistler, cuya búsqueda de armonías tonales influyó en su visión austera y musical de la pintura. También recibió ecos del simbolismo europeo y de artistas como Fernand Khnopff, con quienes compartía la fascinación por lo enigmático.
Sin embargo, su singularidad radica en cómo integró esas referencias para construir un lenguaje propio. Sus retratos —a menudo de amigos músicos o familiares— eliminan cualquier elemento anecdótico. No hay decorados ni gestos dramáticos: solo presencia, silencio y distancia emocional.
Especialmente significativa es la figura de Ida Ilsted, su esposa y modelo recurrente. Aparece leyendo, esperando o simplemente de espaldas, convertida en una especie de figura universal más que en un retrato íntimo. Esa elección ha generado múltiples interpretaciones: algunos críticos hablan de alienación moderna; otros ven una exploración de la interioridad femenina en una sociedad en transformación.

El eco de los que vinieron después
Si durante décadas su obra fue olvidada tras la irrupción de las vanguardias, hoy resulta evidente su influencia en generaciones posteriores. Pintores como Edward Hopper heredaron esa capacidad para convertir espacios cotidianos en escenarios cargados de tensión emocional. Las habitaciones vacías de Hopper, aunque más narrativas, comparten el mismo sentimiento de espera suspendida.
El cine también ha encontrado en Hammershøi una fuente visual poderosa. Directores como Carl Theodor Dreyer o, más recientemente, Lars von Trier han sido asociados a su estética: encuadres estáticos, ritmos pausados y una tensión emocional construida desde la quietud más que desde la acción.
Incluso en el arte contemporáneo se percibe su herencia. Fotógrafos y artistas visuales utilizan hoy espacios vacíos y luz natural para generar atmósferas contemplativas que recuerdan inevitablemente a sus composiciones.
Paisajes sin ruido, ciudades sin gente
Aunque es célebre por sus interiores, la exposición revela también sus paisajes y vistas urbanas. Copenhague aparece desierta, casi espectral, con plazas monumentales sin transeúntes. Esa decisión no responde al realismo documental, sino a una voluntad de abstraer el espacio urbano, de convertirlo en un estado mental.

Sus viajes por Europa le permitieron observar otras ciudades, pero rara vez pintó fuera de Dinamarca. Prefería regresar a sus habitaciones conocidas, donde podía explorar infinitas variaciones de un mismo motivo. Cambiaba apenas el ángulo de una puerta o la posición de un mueble para investigar cómo la luz transformaba la percepción.
Un artista para el siglo XXI
La exposición madrileña llega en un momento en que el público busca experiencias más contemplativas frente al ritmo acelerado de la vida digital. No es casual que la crítica actual haya redescubierto a Hammershøi como un precursor de la sensibilidad minimalista contemporánea.
Sus cuadros no imponen un significado; lo sugieren. Exigen tiempo y atención lenta, algo cada vez más raro en la cultura visual actual. Quizá por eso resultan tan modernos: obligan al espectador a escuchar con la mirada.
Más de un siglo después de su muerte, el pintor danés sigue planteando preguntas sin respuesta. ¿Quién acaba de salir de esa habitación? ¿Qué ocurre tras esa puerta cerrada? ¿Por qué la luz parece contener una historia secreta?
La retrospectiva del Thyssen no solo recupera a un artista olvidado; también invita a reconsiderar el valor del silencio como forma de resistencia estética. En tiempos de ruido permanente, la obra de Hammershøi recuerda que la quietud puede ser, paradójicamente, una de las experiencias más intensas del arte.
Galería de obras
INFORMACIÓN PARA EL VISITANTE
Dirección: Paseo del Prado, 8. 28014, Madrid. Salas de exposiciones temporales, planta baja.
Horario: De martes a domingo, de 10 a 19 h; sábados, de 10 a 23 h. Lunes cerrado. Noches Thyssen con Uber: Entrada gratuita todos los sábados, de 21 a 23 horas. Tarifas: Entrada única: Colección permanente y exposiciones temporales. General: 14 €; reducida: 10 € mayores de 65 años, pensionistas y estudiantes; Grupos (a partir de 7): 12 € por persona; Gratuita: menores de 18 años, ciudadanos en situación legal de desempleo, personas con discapacidad, familias numerosas, personal docente en activo y Carné Joven y Carné Joven Europeo. Venta anticipada en taquillas, web del museo