En pleno corazón de Londres, la Tate Modern acoge una de las exposiciones más ambiciosas y necesarias de los últimos años: Nigerian Modernism. No es solo una muestra de arte; es una reescritura de la historia visual del siglo XX desde el punto de vista africano. Más de 250 piezas, procedentes de museos y colecciones privadas de tres continentes, revelan cómo Nigeria no fue una mera espectadora del modernismo europeo, sino su gran contrapunto, su espejo crítico y, en muchos sentidos, su redención estética.
Bajo la curaduría de Chika Okeke-Agulu y Koyo Kouoh, el recorrido abarca medio siglo de creación, desde los años cuarenta hasta finales del siglo XX. A través de 50 artistas —entre ellos Ben Enwonwu, Ladi Kwali, Yusuf Grillo, Uche Okeke y Nike Davies-Okundaye— se despliega una historia de resistencia cultural, innovación formal y reivindicación política que demuestra que la modernidad también tuvo acento africano.

Un país que pintó su independencia
El relato comienza en los años del dominio británico, cuando el arte era una herramienta de afirmación personal frente al colonialismo. Pioneros como Aina Onabolu o Akinola Lasekan desafiaron la mirada europea que reducía a los africanos a meros objetos exóticos. En sus retratos de figuras urbanas de Lagos o en sus escenas de mitología yoruba, afirmaban una nueva dignidad: la del individuo africano que se representa a sí mismo con orgullo.
Durante aquel periodo, el sistema educativo y artístico nigeriano estaba profundamente marcado por la influencia británica. Muchos creadores viajaron a Reino Unido a formarse, como Ben Enwonwu, que tras estudiar en la Slade School adaptó la escultura clásica europea a los cánones espirituales igbo, fusionando la técnica occidental con la esencia africana. Ladi Kwali, formada por el ceramista británico Michael Cardew, hizo lo propio en la cerámica: su combinación de formas tradicionales Gwari con métodos europeos transformó un oficio ancestral en arte contemporáneo.

El 1 de octubre de 1960, Nigeria proclamó su independencia. Y con ella, la creatividad se desbordó. La efervescencia nacional encontró en la pintura, la escultura o la cerámica una vía para expresar un nuevo orgullo colectivo. La Sociedad de Arte de Zaria, integrada por artistas como Uche Okeke, Bruce Onobrakpeya o Yusuf Grillo, formuló el concepto de “Síntesis Natural”: una filosofía estética que unía lo indígena con lo moderno, lo ancestral con lo experimental. No buscaban imitar Europa, sino reinventar el modernismo desde África.
Lagos: laboratorio de un nuevo arte africano
En los años sesenta y setenta, Lagos se convirtió en una capital cultural electrizante. A la par que la ciudad vivía un auge económico y arquitectónico, la escena artística explotó con galerías, murales públicos, música Highlife y espacios de debate. En Ibadan, el Mbari Club, impulsado por el editor alemán Ulli Beier, reunió a intelectuales y artistas de toda África y su diáspora, entre ellos Wole Soyinka y Chinua Achebe. Desde ese epicentro nacieron publicaciones como Black Orpheus, la revista panafricana que dio voz al pensamiento artístico poscolonial.

El modernismo nigeriano no se entendía solo como una cuestión formal, sino como una declaración de soberanía. “Descolonizar la mente” —como pedían pensadores como Kwame Nkrumah o Molefi Kete Asante— implicaba crear un arte capaz de expresar el alma africana sin filtros externos. En ese contexto, las obras de Grillo o Onobrakpeya destilaban una mezcla de espiritualidad, color y geometría que hablaba tanto del pasado como del futuro.
El arte como espacio sagrado
Mientras tanto, otros artistas exploraban las raíces espirituales del arte africano. La austriaca Susanne Wenger, fascinada por la religión yoruba, fundó en los años cincuenta el Movimiento del Nuevo Arte Sagrado, restaurando con esculturas y relieves los templos del bosque sagrado de Osun-Osogbo. Su trabajo, junto al de artistas locales, transformó el bosque en una obra viva donde mito, fe y arte se entrelazaban.
De esas experiencias surgió la Escuela de Oshogbo, un hervidero de creatividad autodidacta donde figuras como Nike Davies-Okundaye o Twins Seven Seven exploraron la memoria yoruba con una libertad plástica sin precedentes. Sus obras, llenas de color y símbolos, reflejaban un arte nacido de la comunidad y del rito, más cercano al canto o la danza que al lienzo académico.

De la guerra al renacimiento cultural
El estallido de la guerra civil nigeriana (1967–1970) marcó un antes y un después. Aquella tragedia fracturó la esperanza del país recién independizado, pero también impulsó una introspección artística sin precedentes. En la región igbo, los artistas recuperaron las tradiciones gráficas uli, un sistema de signos y líneas abstractas que las mujeres habían utilizado durante siglos para decorar muros y cuerpos. Uche Okeke, heredero de esa tradición, y más tarde Obiora Udechukwu y Ndidi Dike, adaptaron el uli como lenguaje moderno, un puente entre la memoria femenina y la vanguardia abstracta.
El arte se convirtió en una forma de curación. En sus composiciones, la geometría dialogaba con la herida, la ornamentación con el duelo. De la guerra surgió un arte más íntimo, simbólico y cargado de reflexión sobre la identidad y la memoria.
La última parte de Nigerian Modernism está dedicada a Uzo Egonu, uno de los primeros artistas nigerianos en desarrollar su carrera en Reino Unido. Su serie Stateless People (1980), reunida íntegramente por primera vez en 40 años, resume el dilema de muchos creadores de la diáspora: cómo pertenecer a un país cuando la identidad ya es múltiple, cómo pintar el desarraigo sin renunciar a las raíces.

En sus lienzos aparecen músicos, poetas o pintores —figuras solitarias suspendidas entre dos mundos— que representan la condición del artista africano contemporáneo: nómada, crítico y universal. Con ellos se cierra un recorrido que no es solo histórico, sino profundamente humano.
África devuelve la mirada
Durante décadas, el arte africano fue visto por Europa como “fuente de inspiración” para su modernidad: Picasso, Matisse o Modigliani se apropiaron de sus formas, mientras África era silenciada. Hoy, esa relación se invierte. En Nigerian Modernism, son los artistas africanos quienes miran de vuelta al continente europeo, reinterpretando y cuestionando su legado.
Como afirma la filósofa Nkiru Nzegwu, “el arte africano moderno no copia al Oeste, sino que revela lo que el Oeste nunca supo ver: la continuidad entre lo espiritual, lo social y lo estético”. Esa continuidad se palpa en cada sala de la Tate Modern, donde la pintura, la escultura, la cerámica o el textil se funden en una misma energía creativa.

El resultado es una exposición que no solo narra la evolución del arte en Nigeria, sino también la reconstrucción simbólica de todo un continente. Un recordatorio de que la modernidad no fue un monopolio europeo, sino una conversación global en la que África tuvo —y sigue teniendo— mucho que decir.
Una cita ineludible en el calendario artístico
Abierta hasta el 10 de mayo de 2026, Nigerian Modernism se impone como la gran revelación del calendario londinense. En un año saturado de ferias y bienales, esta muestra destaca por su profundidad, su rigor histórico y su capacidad de emocionar. Frente a la superficialidad del mercado, devuelve al arte su poder de pensamiento y memoria.
Al salir de la exposición, una sensación perdura: la de haber asistido a la resurrección de una historia que el mundo quiso olvidar. Nigeria no solo reinventó la modernidad; la volvió verdaderamente universal.
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