La psicóloga y escritora Laura Paris Mejía (Bogotá, Colombia, 1986) partió de una pregunta fundamental para escribir su nuevo libro, Estar donde estoy: ¿Cómo te la llevas contigo mismo? A partir de esa interrogante la autora invita al lector a plantearse cómo es de cómodo ese vínculo que tiene consigo mismo. Paris Mejía también es creadora de un método de gestión emocional que ha impactado positivamente en más de 400 personas. Ese método no surge solo de la teoría, también forma parte de un proceso personal de la psicóloga. En esta entrevista nos responde sobre diversos temas como el presente, el miedo, la escucha, la ternura y la compasión.
¿Nadie nos enseña a estar en paz en el lugar de nuestra vida presente?
En realidad, parte de la evolución humana también tiene que ver con empezar a incorporar nuevos conceptos que necesitamos aprender, enseñar y compartir. Algunos de ellos todavía no tienen una explicación científica que nos permita decir con certeza si son o no ciertos, pero hacen parte de nuestra experiencia como seres humanos. Por eso creo que debemos empezar a darle valor a otros tipos de aprendizajes, no solamente a los académicos o económicos, sino también a aquellos que tienen que ver con nuestras emociones, con nuestra parte humana y con lo espiritual.
Hoy nadie está realmente nombrado para enseñarnos a estar en paz con el lugar de nuestra vida en el que estamos. Nadie tiene como tarea específica enseñarnos a entender lo que sentimos, a conversar con nosotros mismos o a aprender a vivir el presente. Y precisamente por eso creo que tenemos que empezar a capacitarnos entre todos. Esto debería comenzar desde la familia, continuar en los colegios y las universidades y, finalmente, llegar también a las organizaciones, porque en todos esos espacios estamos formando seres humanos.
La meditación, la conversación con nosotros mismos y la inteligencia emocional necesitan empezar a tener un lugar más importante dentro de nuestros procesos de aprendizaje. No para reemplazar lo que ya aprendemos, sino para complementarlo. De poco sirve que una persona tenga muchos conocimientos académicos o profesionales si nunca aprendió a reconocer lo que siente, a manejar sus emociones o simplemente a estar tranquila con la vida que está viviendo.
Quizás uno de los aprendizajes que más necesitamos como sociedad no sea solamente aprender a prepararnos para lo que viene, sino aprender a estar donde estamos. A entender que la vida también está pasando en este momento y que necesitamos aprender a vivirla, no solamente a esperar lo que sigue. Por eso, hablar de educación emocional, de conciencia, de bienestar y de espiritualidad no debería ser responsabilidad únicamente de cada persona. También necesitamos que las familias, los colegios, las universidades y las organizaciones empiecen a abrir espacios para aprender sobre esto. Tal vez todavía no tengamos todas las respuestas, pero eso no significa que no debamos empezar a hacernos las preguntas.
“La meditación, la conversación con nosotros mismos y la inteligencia emocional necesitan empezar a tener un lugar más importante dentro de nuestros procesos de aprendizaje”
¿Las voces del pasado nos condicionan tanto como las del futuro?
Según mis creencias, las voces del pasado son todos esos pensamientos que se han ido arraigando en nuestra mente y que con el tiempo terminamos considerando propios. Son ideas, creencias, formas de pensar y de reaccionar que muchas veces defendemos sin preguntarnos de dónde vienen o si todavía hacen parte de lo que somos. Creo que ahí tenemos un pequeño retroceso en nuestra evolución, porque cuando tomamos esas voces como verdades absolutas y dejamos de cuestionarlas, podemos terminar viviendo desde pensamientos que, en consciencia, ya no nos representan. Muchas veces simplemente repetimos lo que aprendimos, lo que nos dijeron, lo que vimos en nuestra familia o lo que alguna vez vivimos. Es como estar dando vueltas en una rueda de hámster, repitiendo lo mismo sin detenernos a preguntarnos si realmente queremos seguir por ese camino.
Pero también están las voces del futuro. Esas que aparecen cuando imaginamos todo lo que podría pasar, muchas veces desde el miedo, la inseguridad o ilusiones que todavía no tienen un lugar real en nuestra vida. Nos adelantamos a situaciones que no han ocurrido y terminamos preocupándonos por cosas que solamente existen en nuestra mente. Por eso también necesitamos aprender a apaciguar esas voces. Pensar en el futuro es necesario, pero no podemos vivir tratando de controlar algo que todavía no existe. Entre las voces del pasado y las del futuro podemos terminar perdiendo la única voz que realmente podemos escuchar: la nuestra. Tal vez aprender a estar en el presente también sea aprender a reconocer qué pensamientos vienen de lo que ya vivimos, cuáles nacen del miedo a lo que podría pasar y cuáles realmente corresponden a lo que somos y necesitamos hoy.
¿Qué ocurre cuando vivimos peleados con nuestro presente?
Es una guerra constante y una guerra en la que no tenemos muchas posibilidades de vencer. Estar en guerra con nuestro presente es, de alguna manera, estar en guerra con la vida misma, porque estamos rechazando algo que inevitablemente tenemos que vivir. Y creo que a ningún ser humano le conviene mantenerse en una lucha permanente con aquello que hace parte de su propia vida.
Muchas veces queremos que el presente sea diferente a lo que es. Nos quedamos pensando en lo que debería haber pasado, en lo que nos gustaría que estuviera pasando o en lo que creemos que tendría que pasar después. Y mientras estamos ocupados en cambiar mentalmente nuestra realidad, dejamos de vivir el momento que tenemos frente a nosotros.
Desde una mirada más conveniente y equilibrada para todos, quizás sea mucho más sabio entender el presente como un lugar de aprendizaje constante. No todo lo que vivimos tiene que gustarnos, ni todo lo que ocurre tiene que ser como queremos, pero podemos aprender a habitarlo desde la energía del estudiante: observando, preguntando, aprendiendo y entendiendo que cada momento tiene algo que enseñarnos. Estar en el presente no significa conformarnos con todo lo que ocurre ni dejar de buscar cambios. Significa poder reconocer dónde estamos mientras decidimos hacia dónde queremos ir. Podemos transformar nuestra vida sin tener que vivir permanentemente peleados con ella. Tal vez la paz no está en conseguir que nuestra vida sea exactamente como queremos, sino en aprender a estar en ella mientras la vamos construyendo.

¿Cómo asumir las emociones de una manera distinta a una batalla interior?
En mi método de inteligencia emocional enseño de una manera práctica cómo podemos empezar a conversar con nuestras emociones, incluso poniéndoles una edad. Cuando hablo de edad emocional no me refiero a la edad que tenemos físicamente, sino a reconocer desde qué etapa de nuestra vida parece estar reaccionando una determinada emoción. Es una forma de identificarla, entenderla y, en lugar de pelear con ella, preguntarnos qué necesita y qué podemos enseñarle desde nuestra conciencia adulta.
Por ejemplo, desde esta mirada, algunas emociones tienen un origen muy relacionado con nuestros instintos y con aquello que compartimos con otros mamíferos. El miedo, que suele convertirse en ira cuando nos sentimos amenazados, estaría relacionado con ese niño que busca protegerse. Los nervios pueden convertirse en euforia y llevarnos a vivir los extremos de una misma emoción, tanto desde lo positivo como desde lo negativo.
También existen emociones que considero más propias de nuestra experiencia humana, como la inseguridad del niño y la tristeza del adolescente. La idea es que podamos reconocer esas edades emocionales cuando aparecen y aprender a transitarlas desde las virtudes que esperamos desarrollar como adultos, como la compasión y la sabiduría. Esto no significa que tengamos diferentes personas viviendo dentro de nosotros ni que una emoción tenga literalmente una edad. Es una manera de conversar con nuestro mundo interior y de darle un lenguaje que nos permita comprenderlo mejor. Si puedo identificar que en determinado momento estoy reaccionando desde una emoción infantil, adolescente o adulta, también puedo preguntarme si quiero seguir respondiendo desde ese lugar o si puedo hacerlo de una manera más consciente.
Sin embargo, en medio de nuestra poca educación emocional y de todos esos pensamientos que hemos heredado durante generaciones, también hemos cultivado emociones como la soberbia y la decepción. Y así podemos terminar dando vueltas durante años, pasando de una emoción a otra, sin entender realmente qué nos está ocurriendo y sin encontrar la tranquilidad y la confianza que tanto buscamos. Por eso creo que necesitamos empezar a crear nuevas formas de hablar sobre nuestras emociones. No podemos seguir esperando que todo esté completamente explicado para comenzar a aprender a relacionarnos con lo que sentimos. Si todavía existen vacíos en las teorías que nos ayudan a comprender esta comunicación interior, también tenemos la responsabilidad de atrevernos a formular nuevas preguntas, crear propuestas y buscar otras maneras de entender al ser humano. Tal vez asumir nuestras emociones de una manera diferente no significa dejar de sentirlas, sino aprender a escucharlas antes de entrar en una batalla contra ellas.
¿Qué planteas en tu nuevo libro Estar donde estoy?
En Estar donde estoy planteo una invitación a regresar al presente y a comprender que muchas veces vivimos físicamente en un lugar, pero emocionalmente estamos atrapados en el pasado, preocupados por el futuro o en constante lucha con lo que estamos sintiendo. El libro propone el autoconocimiento y la meditación como herramientas para aprender a observarnos, reconocernos y habitar nuestra propia vida con mayor conciencia.
Más que enseñar a escapar de las emociones, propongo aprender a estar con ellas. Entender que sentir no es un problema que tenemos que solucionar inmediatamente, sino una experiencia que podemos escuchar y comprender. A través de diferentes formas de meditación, el lector encuentra herramientas prácticas para detenerse, observar lo que ocurre dentro de sí y recuperar una relación más consciente consigo mismo.
Estar donde estoy parte de una pregunta fundamental: ¿cómo te llevas contigo mismo? Y, sobre todo, ¿cómo es de cómodo ese vínculo que tienes contigo para poder estar contigo mismo? Porque, al final, el lugar en el que más tiempo vamos a pasar durante toda nuestra vida es nuestro propio cuerpo, escuchando nuestra propia mente. Por eso considero fundamental aprender a habitar ese lugar, conocernos, escucharnos y construir una relación con nosotros mismos en la que podamos sentirnos en paz.
“Nos adelantamos a situaciones que no han ocurrido y terminamos preocupándonos por cosas que solamente existen en nuestra mente. Por eso también necesitamos aprender a apaciguar esas voces”
Propones tres formas de meditación: activa, guiada y pasiva. ¿En qué consisten?
Sí. En Estar donde estoy propongo tres formas de meditación: activa, guiada y pasiva. Las tres parten de una misma intención: aprender a estar realmente donde estamos, conectando nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro presente.
La meditación activa consiste en llevar nuestra atención completamente a la realidad que estamos viviendo. Nuestro cuerpo siempre está en el presente; por eso, cuando logramos llevar también nuestra mente a ese mismo lugar, empezamos a habitar el ahora. Para esto es importante construir rutinas que nos resulten significativas, alegres y conectadas con nuestro propósito. Cuando estamos verdaderamente involucrados en lo que hacemos, nuestra mente tiene menos necesidad de escapar hacia otros momentos.
La meditación guiada aparece cuando nuestra mente se dispersa, se preocupa o nos presenta pensamientos que nos generan miedo. Consiste en construir conscientemente una voz tranquila, sabia y confiada que nos acompañe. No se trata de negar lo que pensamos, sino de responderle a nuestra mente desde un lugar más sereno. Es decir, aprender a decirnos: “En este momento estoy aquí, esto es lo que está ocurriendo y puedo ocuparme de lo demás cuando sea el momento”. Esta voz nos ayuda a volver al presente y, cuando es necesario, a pasar de la preocupación a la acción consciente.
Y la meditación pasiva es la que tradicionalmente asociamos con la meditación: buscar un espacio de silencio y quietud para observar nuestros pensamientos sin dejarnos arrastrar por ellos. Aquí aprendemos a diferenciar entre la mente que habla espontáneamente y nuestra capacidad consciente de observar esa conversación. No buscamos dejar la mente en blanco, sino aprender a escuchar, respirar, soltar y permitir que los pensamientos pasen sin tener que resolverlos todos inmediatamente.
En realidad, las tres formas son complementarias. La activa me ayuda a estar donde estoy; la guiada me ayuda a volver cuando mi mente se va; y la pasiva me enseña a permanecer en silencio y quietud. Las tres buscan algo que para mí es fundamental: construir una relación más tranquila y consciente con nosotros mismos.
“No todo lo que vivimos tiene que gustarnos, ni todo lo que ocurre tiene que ser como queremos, pero podemos aprender a habitarlo desde la energía del estudiante: observando, preguntando, aprendiendo y entendiendo que cada momento tiene algo que enseñarnos”
Eres creadora de un método de gestión emocional. ¿En qué consiste?
Es una teoría bastante profunda que nació de mis estudios, mis investigaciones y también de mi propia experiencia, y que llevo más de ocho años estudiando y practicando. Ha transformado mi propia vida y, a lo largo de este proceso, ha impactado positivamente a más de 400 personas que la han puesto en práctica. La propuesta parte de reconocer que dentro de nosotros existen diferentes formas de sentir y reaccionar relacionadas con nuestro niño y nuestro adolescente emocional. El niño está conectado principalmente con el sentir y el cuerpo, mientras que el adolescente comienza a relacionarse con el pensamiento y con todo aquello que ha aprendido de su entorno.
La clave está en comprender que el adulto no aparece automáticamente porque cumplamos años. El adulto es una energía que necesitamos construir conscientemente y que tiene la responsabilidad de gestionar al niño y al adolescente que llevamos dentro. No se trata de eliminar esas partes de nosotros, sino de aprender a escucharlas, comprenderlas y acompañarlas desde una posición de mayor conciencia. Por eso, el método busca que podamos pasar de reaccionar automáticamente a responder conscientemente, integrando lo que sentimos y lo que pensamos para construir mayor tranquilidad, confianza, compasión y sabiduría.
“Desde la mirada que propongo en mi trabajo, me gusta diferenciar la ternura de la compasión. La ternura es aquello que el niño busca naturalmente. Todos tenemos un niño interior que necesita sentirse visto, protegido, acompañado y amado. Sin embargo, la compasión es una capacidad que corresponde al adulto consciente”
Reconoces a tu hija como una de tus grandes maestras. ¿Por qué?
Porque mi hija llegó a mi vida cuando yo estaba realmente mal. Yo no tenía planes de ser mamá. Siempre fui una hija muy exigente, incluso puedo reconocer que muchas veces fui soberbia en mis exigencias. Tenía una manera muy estructurada de entender la vida y la maternidad simplemente no estaba dentro de mis planes. Pero hubo un momento en el que llegué a una depresión muy profunda. Y cuando digo profunda, no hablo simplemente de estar triste o de tener unos días malos. Llegué a sentir que no quería seguir viviendo. Sentía un cansancio muy grande de mí misma, de lo que estaba viviendo y de no encontrar una salida.
En medio de esa situación tuve una conversación con Dios. Yo siempre he creído que existe algo superior a nosotros y esa fue una de las pocas cosas de las que nunca dudé. Le dije que ya no podía más, que si no había nada más para mí, que por favor me sacara de este planeta. Pero también le dije que, si ese no era el propósito, entonces me enviara algo que me hiciera querer quedarme. Yo no estaba pensando en tener una hija. Y después llegó ese embarazo.
No voy a decir que mi hija mágicamente solucionó mi depresión, porque no fue así. La depresión es mucho más compleja que eso. Lo que sí puedo decir es que su llegada cambió mi relación con la vida. Desde el comienzo sentí que tenía una responsabilidad enorme frente a ese pequeño ser que estaba creciendo dentro de mí, y asumí su llegada como un designio de Dios.
Ser mamá tampoco ha sido perfecto ni fácil. Me ha confrontado muchísimo. Me ha mostrado mi impaciencia, mis exigencias, mis contradicciones y todas esas cosas que uno quisiera pensar que ya tiene resueltas hasta que tiene un hijo y se da cuenta de que no. Pero también me ha enseñado a respirar, a parar, a comprender y a amar de una manera que yo no conocía. Por eso la considero una de mis grandes maestras. No porque haya venido a rescatarme de mi depresión, sino porque su llegada ocurrió en un momento en el que yo estaba cuestionando profundamente mi propia existencia y me obligó a mirar la vida de otra manera. Ella es mi verdadero amor. Y quizás por eso también es una de las personas que más me ha enseñado sobre mí misma.
Para la escritora polaca Olga Tokarczuk, “la ternura es la forma más modesta de amor, una mirada profunda y desinteresada que nos conecta con todo lo que existe fuera de nuestro propio «yo»”. ¿Qué opinas?
Comparto la idea de que la ternura nos conecta con algo que está más allá de nosotros mismos, pero yo la entiendo más como una necesidad humana fundamental que como una expresión romántica del amor. De hecho, considero que la necesidad de ternura es tan natural e instintiva como el hambre. No es algo que simplemente queramos; es algo que necesitamos para desarrollarnos de manera saludable.
Esto lo podemos observar incluso en los animales. Ellos buscan contacto, cercanía y cuidado porque responden a una necesidad básica de conexión y seguridad. No se trata de un capricho ni de una construcción cultural, sino de algo profundamente humano y biológico. Desde la mirada que propongo en mi trabajo, me gusta diferenciar la ternura de la compasión. La ternura es aquello que el niño busca naturalmente. Todos tenemos un niño interior que necesita sentirse visto, protegido, acompañado y amado. Sin embargo, la compasión es una capacidad que corresponde al adulto consciente. Es la habilidad de mirar al otro, comprender que también está aprendiendo, que también tiene inseguridades, necesidades y heridas, y relacionarnos con él desde el respeto, la comprensión y el cuidado.
Por eso creo que una sociedad más humana no es solamente aquella que recibe ternura, sino aquella que aprende a ofrecer compasión. El niño busca ternura porque la necesita; el adulto la transforma en compasión porque comprende su importancia. La ternura nos recuerda nuestra vulnerabilidad y nuestra necesidad de conexión, mientras que la compasión nos permite responder a esa necesidad de una manera consciente y responsable.
Quizá por eso no romantizaría tanto la ternura. Más bien la entendería como una responsabilidad en nuestras relaciones humanas. Necesitamos aprender a relacionarnos desde la compasión, porque nuestra salud emocional, mental e incluso física depende en gran medida de la calidad de los vínculos que construimos. En un mundo que muchas veces valora la dureza y la autosuficiencia, la ternura y la compasión son actos profundamente humanos que nos recuerdan que nadie se desarrolla completamente solo.
¿Cómo dejar de estar peleados con el mundo?
Creo que primero tenemos que entender por qué estamos peleados con el mundo. Muchas veces creemos que nuestro problema está afuera: en nuestros padres, en nuestra pareja, en el trabajo, en la sociedad, en lo que alguien nos hizo o en lo que no nos dieron. Y, por supuesto, hay experiencias que nos lastiman y situaciones que debemos transformar. Pero permanecer permanentemente en la pelea también nos mantiene atrapados. Para mí, dejar de estar peleados con el mundo comienza cuando dejamos de exigirle a la vida que sea exactamente como nosotros creemos que debería ser. No significa conformarnos ni permitir que otros nos hagan daño; significa dejar de vivir en una lucha permanente con aquello que ya ocurrió, con aquello que no podemos controlar o con las personas que no podemos cambiar. Ahí aparece algo que considero fundamental: aceptación y responsabilidad. No siempre somos culpables de lo que nos sucede, pero sí podemos asumir la responsabilidad de decidir qué hacemos con aquello que nos sucedió. Cuando dejamos de buscar culpables permanentemente, empezamos a recuperar nuestra capacidad de actuar.
También necesitamos aprender a diferenciar entre sentir y reaccionar. Podemos estar enojados, decepcionados, inseguros o tristes sin convertir inmediatamente esas emociones en una guerra contra alguien. La emoción merece ser escuchada, pero no necesariamente tiene que dirigir nuestras acciones. Para mí, dejar de estar peleados con el mundo es empezar a construir una relación diferente con la vida: entender que estamos aquí para aprender, que los demás también están aprendiendo y que no todo tiene que ocurrir como nosotros queremos para que podamos estar en paz. Eso no nos quita contundencia; al contrario, nos permite poner límites, tomar decisiones y avanzar sin cargar permanentemente con la necesidad de tener la razón.
Al final, quizá la pregunta no sea tanto “¿cómo hago para que el mundo deje de molestarme?”, sino “¿cómo quiero relacionarme yo con el mundo, incluso cuando las cosas no salen como espero?”. Ahí empieza una verdadera transformación.
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