“Los tres primeros años son extraordinariamente sensibles en el crecimiento neuronal de las personas, porque es cuando se construyen ‘los cimientos’ del sistema nervioso”

María José Mas Salguero presenta en ‘Neuronas en crecimiento’ las claves para desentrañar todos los condicionantes que determinan la conducta de los niños desde una edad muy temprana

06 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 9:55h
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María José Mas Salguero presenta en ‘Neuronas en crecimiento’ las claves para desentrañar todos los condicionantes que determinan la conducta de los niños desde una edad muy temprana

Escuchar de una verdadera experta como la neuropediadra María José Mas Salguero palabras coherentes y sabias sobre la atención a nuestros hijos para un crecimiento neurológico adecuado, sin necesidad de tener que aplicar sesudas fórmulas científicas, sirve de alivio entre tanto manual de autoayuda y gurú top de la felicidad vía redes sociales. Sus reflexiones van cargadas de sencillez y lógica, como cuando pone el énfasis en esto: “Es necesario que, cuando se está con el niño, se esté realmente con él, que la atención no se divida entre estímulos, y los más habituales en nuestro contexto son las pantallas que nos distraen de lo importante”. Tan sencillo como esto. A muchos padres y madres desnortados e hijos a la deriva nos iría mucho mejor. En Neuronas en crecimiento (Vergara) aporta algunas claves de fácil aplicación.

¿Este estilo de vida actual siempre al límite puede llevar a un crecimiento deficiente de nuestros hijos a nivel de neurodesarrollo?

Sí, cuando ese «vivir al límite» se hace crónico. Para poder organizarse, el cerebro infantil necesita que haya un adulto presente que le proporcione regularidad y calma. Un día difícil o un período de cansancio familiar corto, por ejemplo por una mudanza, es asumible y el niño puede adaptarse, ajustar su ritmo. Pero la acumulación constante de estrés, prisa ruido o de estímulos cambiantes como las pantallas, la falta de sueño o los adultos que nunca están disponibles no permiten que su cerebro perciba y asimile las oportunidades de aprender, tampoco las referencias temporales o espaciales y esto va en detrimento de su organización interna, lo que más tarde se expresará en la conducta.

El neurodesarrollo sucede en la relación con el entorno que por eso debe ser previsible, aunque abierto a la novedad que permita el aprendizaje. Una vida familiar acelerada que no deja espacio al vínculo entre padres e hijos, al descanso o a la repetición de rutinas interfiere en el empleo de recursos que el cerebro necesita para fijar experiencias y en su lugar se utilizan para protegerse de lo imprevisto. Esto puede repercutir en el desarrollo de la atención, el lenguaje y la autorregulación emocional.

“La disciplina bien entendida no es gritar o castigar, es mostrar y guiar hacia lo que se espera de cada circunstancia y de cada relación”

¿Hasta qué punto los estímulos durante el periodo fetal pueden alterar o beneficiar el crecimiento cognitivo y neuronal de los niños?

Durante la gestación el sistema nervioso, el cerebro, está en plena construcción de su estructura, de su anatomía. Se generan prácticamente todas las neuronas que tendremos a lo largo de la vida, cada una debe colocarse en su lugar y empezar a conectarse entre ellas. Es así como pueden ponerse en marcha los órganos de los sentidos primero y los del movimiento después. Por eso el ambiente fetal importa mucho y debe ser lo más sano y adecuado posible para proteger este desarrollo tan delicado y vulnerable.

Los ritmos corporales de la madre, su alimentación y descanso, evitar tóxicos o fármacos que puedan entorpecer el desarrollo del feto, tener un nivel adecuado de nutrientes -yodo, hierro, ácido fólico, etc.- o evitar el estrés son factores que contribuyen a mantener las condiciones óptimas para que el sistema nervioso se desarrolle.

Hay factores que no dependen de lo que haga la madre, la contaminación, los gérmenes o los alérgenos ambientales, la carga laboral en su puesto de trabajo… Pero si lo que depende de ella puede mejorarlo, disminuyen los riesgos de que algo no vaya bien.

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¿Cuál es la edad o etapa concreta más peligrosa de los niños desde un punto de vista neuronal?

Más que una edad o una etapa única, lo que hay son momentos de especial vulnerabilidad. Como acabamos de comentar, la gestación es un momento decisivo, pues es entonces cuando se construyen «los cimientos» del sistema nervioso. Después, los tres primeros años son extraordinariamente sensibles, cuando el cerebro crece a mayor velocidad al formar millones de conexiones en cada segundo. Las experiencias que se le ofrezcan serán también decisivas para que las bases del movimiento, del lenguaje y el habla, y de la vida emocional sean sólidas y resistentes para soportar los aprendizajes que vendrán en momentos posteriores de la vida y que son sofisticaciones de estos más básicos. Lo que se aprende hasta los tres años perdura toda la vida, evidentemente luego se perfecciona y se hace más complejo, pero la base está en estos primeros años en que la plasticidad de un cerebro en desarrollo es máxima.  

Encontrar un entorno adecuado y amoroso es el quid de la cuestión, pero no siempre es fácil. ¿Cómo conseguirlo a grandes rasgos?

Aunque la aspiración de toda familia es no tener conflictos y un hogar perfecto, eso no es realista. La vida nos trae experiencias buenas y malas que contribuyen a cada una de nuestras individualidades. Los padres no pueden proteger de todos los malos momentos de la vida de su hijo, pero sí pueden estar presentes y acompañarlos mientras los atraviesan. A grandes rasgos, diría que hay tres cosas fundamentales. La primera sería la presencia de sus padres como referentes. También la regularidad en las rutinas y horarios, comer, dormir, pasear, etc. Y por último, la coherencia, que las respuestas del adulto sean comprensibles y no cambien según sus estados de humor, sensación de culpa o cansancio.

Unos padres que están atentos y responden a las necesidades del niño, que son básicamente las de la interacción humana, proporcionan un entorno de protección y cuidado en el que el niño se siente seguro. Cuando una situación se escapa a su comprensión o desborda sus emociones, la mirada cariñosa de sus padres, la palabra calmada, una caricia para consolarlo, le ayudan a entender que el mal pasará y que, en compañía, el estrés es llevadero.

“La acumulación constante de estrés o de estímulos cambiantes como las pantallas no permiten que el cerebro del niño perciba y asimile las oportunidades de aprender y esto va en detrimento de su organización interna, lo que más tarde se expresará en la conducta”

Mucho amor no exento de disciplina. ¿Por qué puede ser este cóctel el elixir de un desarrollo mental adecuado de los niños?

Porque el amor da seguridad y la disciplina estructura y organización. Sentirse querido te hace valioso, te da confianza. Que quien te quiere te enseñe que el mundo tiene un orden que es comprensible y que la relación con las personas que lo habitan y sus actos tienen consecuencias es esencial para el aprendizaje y para que la conducta se adapte a las circunstancias, lo que facilita el crecimiento personal.

La disciplina bien entendida no es gritar o castigar, es mostrar y guiar hacia lo que se espera de cada circunstancia y de cada relación. Una brújula que facilita la comprensión y el entendimiento del mundo y de los demás.

¿Cuáles son los principales consejos que se pueden dar para progenitores desnortados en este terreno?

Este libro lo he escrito desde el sentido común, por eso en el subtítulo especifico que son «consejos», no son normas que si no se cumplen van a causar el desastre. En realidad se trata de consejos muy sencillos, pero que sabemos desde la ciencia que realmente acompañan y ayudan al neurodesarrollo.

Lo primero, no buscar la perfección. La crianza perfecta no existe y sería insoportable. Conocer al niño que tiene delante, comprender sus ritmos y acompañarle para que practique lo que sí puede hacer y lo que le cuesta más, pero sin sobrepasarlo. Es mucho más fácil aprovechar las ocasiones en que se muestra interesado, porque intuye que puede o casi puede, que forzarlo a hacer cosas que aún están lejos de su alcance. Ofrecer previsibilidad de juegos y horarios, evitar el caos y el ruido. Para eso es necesario que, cuando se está con el niño, se esté realmente con él, que la atención no se divida entre estímulos, y los más habituales en nuestro contexto son las pantallas que nos distraen de lo importante. Recordemos que se están generando un millón de nuevas conexiones entre neuronas cada segundo. Llenémoslas de cosas interesantes, de momentos agradables con los que más queremos. Y por último, y como acabamos de explicar, poner límites. Lo que no está bien, no lo está nunca. Es la forma más fácil de evitar y disminuir las rabietas.

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En este mundo donde la falta de tiempo para todo es la norma, ¿cómo podemos los padres encontrar el tiempo para a su vez lograr un adecuado neurodesarrollo de nuestros hijos?

La buena noticia es que el neurodesarrollo no necesita actividades especiales añadidas a una agenda ya imposible. Necesita constancia en los cotidiano y eso siempre es bueno para gestionar el tiempo. Cuando no se puede tener más tiempo, conviene que el que se tiene se aproveche mejor. Diez minutos de juego compartido con el móvil lejos pueden ser más valiosos que una tarde entera con un adulto físicamente presente, pero distraído. La atención del adulto es un recurso biológico para el niño.

También ayuda bajar expectativas. No todo tiene que ser educativo, estimulante o productivo. Un paseo tranquilo, preparar la cena juntos, cantar en el coche o mirar un cuento repetido veinte veces son experiencias muy poderosas y relajantes para ambos si la agenda es apretada.

En un apartado de su libro asegura tajante que “poner límites es cuidar”. ¿Por qué?

Porque el límite protege al niño de lo que desconoce y le ofrece una norma cuando no hay todavía posibilidad de comprender un porqué. El niño pequeño no tiene aún la capacidad de anticipar consecuencias, frenar impulsos, esperar o elegir siempre lo que le conviene. Sin el límite del el niño queda solo frente a elecciones que le superan. Poner límites es decirle «esto no», pero también «yo me encargo» mientras no puedes. Eso le hace sentirse seguro y buscar la referencia de los padres ante las novedades.

Un límite claro, sereno y firme refuerza el vínculo porque el niño descubre que sus padres no desaparecen ni se desbordan ni se sienten culpables cuando él se enfada y que la norma no cambia aunque estén cansados. Esa firmeza tranquila da seguridad y con el tiempo, la norma externa se hace propia y yo creo que en eso consiste educar.

Neuronas en crecimientoMaría José Mas SalgueroVergara288 páginas21,90 €
Neuronas en crecimiento María José Mas Salguero Vergara 288 páginas 21,90 €

 

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