“Aquello que nos marcó no tiene por qué convertirse en nuestro destino”

La terapeuta argentina Yesica Montes presenta en su libro ‘De la herida a la identidad’ su método denominado EJE Neuroregulación, en busca de alcanzar la identidad consciente de sus pacientes

Eduardo Maestre
02 de Septiembre de 2026
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“Aquello que nos marcó no tiene por qué convertirse en nuestro destino” Yesica Montes

La terapeuta argentina Yesica Montes (Quenumá, Buenos Aires, 1984) ha creado el Método EJE Neuroregulación, un proceso que invita a crear una identidad más consciente, logrando que “dejemos de vivir exclusivamente desde la adaptación y empecemos a participar activamente de nuestras propias elecciones”.

La también conferencista publica en España su primer libro titulado De la herida a la identidad, una obra que trasciende los manuales para convertirse en un recorrido de aprendizajes con preguntas esenciales. La autora sostiene que la idea central radica en “pasar de preguntarnos “¿por qué soy así?” a empezar a preguntarnos: “¿quién quiero ser ahora que puedo hacer algo distinto con mi historia?”. Ahí la herida deja de ser solamente dolor y puede empezar a convertirse en conciencia”.

De la herida a la identidad es el título de su primer libro que ahora lanza en España. El solo título despierta muchas preguntas. ¿Qué significa este libro para usted?

Me cuesta resumir lo que significa este libro en una sola palabra, porque para mí contiene demasiadas cosas a la vez. Es una parte muy profunda de mi historia. Es quien fui antes de empezar a preguntarme quién quería seguir siendo. Es también el registro de un proceso personal que me llevó a revisar muchas certezas, a tomar decisiones incómodas y a descubrir que vivir en automático puede ser una forma muy silenciosa de alejarnos de nosotros mismos. Pero no nace solamente de mí. También está atravesado por todos los procesos que tuve el privilegio de acompañar durante estos años. Historias distintas, dolores distintos, maneras distintas de atravesar lo vivido, pero una pregunta que aparece una y otra vez: ¿cuánto de lo que hoy llamamos “mi forma de ser” fue realmente elegido y cuánto aprendimos a ser para poder atravesar nuestra historia?

Por eso no lo siento como un libro de autoayuda. Acá no hay recetas ni promesas de transformación rápida. Hay humanidad. Hay errores, contradicciones, heridas, decisiones, renuncias, aprendizajes. Hay vida. También es un legado para mis hijos. Es una manera de dejarles algo que va mucho más allá de estas páginas: la idea de que uno puede revisar su historia sin quedar condenado por ella, que puede cambiar de opinión, volver a elegirse y construir una vida más congruente con lo que siente, necesita y desea.

Y también es un regalo para las personas que acompaño. Porque muchas veces, en sesión, alguien logra entender algo importante, pero después llega el momento de hacer algo con eso. De incomodarse. De decidir. De asumir que ya no alcanza con saber por qué algo duele si seguimos viviendo exactamente de la misma manera.

Hay algo que les digo muchas veces: “¿Cuántos de nosotros, cuando éramos chicos, deseábamos ser grandes? Porque los grandes podían decidir. Bueno, ahora sos ese grande”. Y ahí está tu vida, latiendo en tu pecho. No esperando que tengas todas las respuestas. Esperando que participes de ella. Quizás eso sea, en definitiva, Desde la herida a la identidad: una invitación a dejar de vivir únicamente desde aquello que nos pasó y empezar a preguntarnos qué queremos hacer, conscientemente, con la vida que todavía tenemos por delante.

 ¿Cuáles son los caminos que hay de la herida a la identidad?

No creo que exista un único camino. Cada persona llega a su identidad atravesando una historia distinta, con recursos distintos y en momentos distintos de su vida. Pero sí creo que hay algo que se repite: primero necesitamos darle entidad a la herida. Reconocer que existió, que dolió, que dejó una marca. No minimizarla, no compararla y tampoco medirla con la vara de otra persona. Hay heridas profundamente visibles y otras mucho más sutiles, pero el dolor no puede medirse desde afuera. Cada ser humano atraviesa lo que le ocurre con los recursos que tiene en ese momento.

Para mí, resignificar la herida es justamente poder mirarla desde otro lugar. No como algo que determina para siempre quién soy, sino como una experiencia que forma parte de mi historia y que también puede mostrarme, enseñarme y revelarme algo de mí. Después aparece una pregunta fundamental: ¿qué construí para poder atravesar aquello que me dolió? Porque muchas veces la experiencia pasa, pero las adaptaciones permanecen. El control, la hiperexigencia, la necesidad de aprobación la dificultad para poner límites, la hipervigilancia, el miedo a decepcionar, la tendencia a ocuparnos de todos antes que de nosotros mismos. Y con el tiempo esas respuestas dejan de sentirse como estrategias y empezamos a creer que simplemente “somos así”. Ahí es donde la herida puede empezar a moldear nuestra identidad sin que necesariamente seamos conscientes de ello. Pero también llega un momento en el que podemos hacer algo con eso. Podemos preguntarnos si seguimos necesitando esas respuestas, si todavía representan la vida que queremos y cuánto de nuestra manera actual de vivir está en congruencia con lo que sentimos, pensamos y necesitamos. Y ahí aparece la posibilidad de resignificar el dolor. No porque lo que sucedió deje de haber ocurrido, sino porque deja de ocupar el mismo lugar dentro de nosotros.

Para mí, la resiliencia tiene mucho que ver con eso: no con negar la herida ni convertir el sufrimiento en algo positivo por obligación, sino con descubrir que aquello que nos marcó no tiene por qué convertirse en nuestro destino.

Después viene probablemente la parte más incómoda: elegir diferente. Porque comprender moviliza, pero transformar implica decisiones. A veces significa poner límites, cambiar una dinámica, revisar un vínculo, dejar de ocupar un determinado rol o aceptar que una versión de nosotros mismos ya cumplió su función.

Ir de la herida a la identidad no significa borrar lo vivido. Significa poder integrarlo sin seguir viviendo únicamente desde allí. Es pasar de preguntarnos “¿por qué soy así?” a empezar a preguntarnos: “¿quién quiero ser ahora que puedo hacer algo distinto con mi historia?”. Ahí la herida deja de ser solamente dolor y puede empezar a convertirse en conciencia.

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¿Atravesó usted ese proceso?

Sí. Y creo que por eso este libro tiene la forma que tiene. Hubo un momento de mi vida en el que, desde afuera, parecía que todo estaba en orden. Tenía una familia, hijos pequeños, un trabajo estable, responsabilidades, una vida armada. Pero internamente yo sentía que nada tenía demasiado sentido. Atravesé una depresión que me dejó frente a un vacío muy profundo. Y en esas noches tan oscuras apareció una pregunta que terminó cambiando mi vida: ¿quién soy cuando dejo de ser todo aquello que aprendí que tenía que ser?

Desde niña recuerdo haber tenido un deseo muy genuino: quería acompañar a las personas, quería hacer algo que pudiera ser útil para otros, aunque en ese momento no sabía desde qué lugar ni desde qué profesión. Pero con el tiempo ese deseo también se mezcló con una forma adaptativa de vincularme: complacer.

Aprendí a registrar muy bien lo que necesitaban los demás. Sabía qué les gustaba, qué esperaban, qué podía hacer para que estuvieran bien. Pero no sabía escucharme a mí. Las necesidades de los demás estaban casi siempre antes que las propias, porque había crecido con la creencia de que para ser querida, valorada o aceptada tenía que responder, cumplir y complacer. Y cuando empezás a dejar de hacerlo, pasan cosas. Algunos vínculos cambian. Aparecen reclamos. Algunas personas se alejan. Y también empiezan a quedar aquellas que pueden seguir eligiéndote cuando ya no cumplís exactamente el papel que esperaban de vos. Eso fue profundamente revelador. Porque entendí que dejar de complacer no significaba dejar de amar ni dejar de acompañar. Significaba aprender a incluirme.

Ese proceso cambió mi manera de vincularme con el mundo, con mis hijos, con mi familia y con mi entorno. Pero, sobre todo, cambió algo mucho más profundo: mi manera de vincularme conmigo misma. Tuve que revisar decisiones, certezas, roles y versiones de mí que durante años habían sido funcionales, pero que ya no eran congruentes con la mujer que quería ser. Por eso digo que mi herida terminó llevándome hacia mi identidad.

Y no escribí este libro porque tuviera todas las respuestas. De hecho, creo que uno puede irse de este plano sin llegar a tenerlas todas. Lo escribí porque algunas respuestas sí llegaron. Las suficientes como para empezar a vivir con mayor congruencia entre lo que sentía, lo que necesitaba y la mujer que quería construir. No romantizo la depresión ni lo que atravesé. Pero cuando pude darle entidad, comprender qué había detrás y hacer algo con eso, dejó de ser solamente una experiencia dolorosa y se convirtió también en un punto de inflexión. No encontré todas las respuestas. Encontré algunas que me permitieron dejar de vivir únicamente para responder a los demás y empezar, por primera vez, a escucharme a mí.

“¿Cuánto de lo que hoy llamamos “mi forma de ser” fue realmente elegido y cuánto aprendimos a ser para poder atravesar nuestra historia?”

Es creadora del Método EJE Neuroregulación. ¿En qué consiste?

El Método EJE Neuroregulación también nace de algo que me ocurrió a mí como paciente. Yo podía entender perfectamente muchas de las cosas que mi terapeuta me explicaba. Podía reconocer determinados patrones, darme cuenta de que vivía estresada o comprender por qué reaccionaba de cierta manera. Pero después aparecía una pregunta mucho más difícil: ¿y ahora qué hago con esta información?

Entender no me decía por dónde empezar. No siempre sabía qué decisiones tenía que tomar, si realmente debía tomarlas o qué necesitaba atender primero. Había comprensión, pero también mucha incertidumbre. Con el tiempo empecé a observar algo muy parecido en las personas que acompañaba: podían comprender perfectamente qué les pasaba, incluso explicar de dónde venía determinado patrón, pero aun así seguían repitiéndolo. Ahí empecé a preguntarme qué faltaba entre comprender y transformar. Y esa pregunta fue dando forma al método.

EJE propone tres movimientos: evaluar, jerarquizar y expandir.

Evaluar es poder mirar con honestidad qué está ocurriendo hoy. No solamente lo que pensamos, sino también qué siente el cuerpo, qué emoción aparece, qué conducta repetimos, qué vínculos estamos sosteniendo y qué respuestas se activan automáticamente.

Jerarquizar es aprender a reconocer qué necesita atención primero. Porque muchas veces una persona quiere cambiar todo al mismo tiempo y termina todavía más desbordada. No todo tiene el mismo peso, no todo necesita resolverse hoy y no todo lo urgente es realmente importante.

Y expandir es empezar a desarrollar respuestas nuevas. No se trata de borrar lo aprendido ni de convertirnos en otra persona, sino de ampliar nuestras posibilidades. Poder hacer algo distinto allí donde durante años respondimos de la misma manera.

Pero para mí hay algo todavía más importante: el método busca que podamos reconocer qué parte de nuestra identidad está construida desde elecciones conscientes y qué parte sigue organizada alrededor de adaptaciones que alguna vez fueron necesarias.

Muchas veces una persona dice: “yo soy controladora”, “yo soy desconfiado”, “yo soy así”, cuando quizás lo que está describiendo no es quién es, sino una forma que aprendió a desarrollar para sentirse segura, evitar dolor, pertenecer o atravesar una determinada etapa de su historia.

Por eso neuroregular no significa vivir permanentemente en calma ni eliminar las emociones. Significa poder reconocer lo que ocurre dentro nuestro y desarrollar suficiente flexibilidad para que una emoción, un miedo o una respuesta automática no tomen siempre las decisiones por nosotros.

En definitiva, EJE no busca enseñarle a una persona quién tiene que ser. Busca acompañarla a comprender cómo aprendió a funcionar, qué de eso todavía necesita y qué puede empezar a hacer de otra manera.

Para mí, ahí comienza una identidad más consciente: cuando dejamos de vivir exclusivamente desde la adaptación y empezamos a participar activamente de nuestras propias elecciones.

¿El problema suele paralizarnos?

Sí, muchas veces. Pero no siempre porque el problema sea demasiado grande, sino porque no sabemos por dónde empezar. Cuando una persona está atravesando una situación que la desborda, suele aparecer una mezcla de miedo, incertidumbre, cansancio, pensamientos repetitivos y una necesidad urgente de resolver todo al mismo tiempo. Y justamente ahí es donde muchas veces quedamos inmóviles. No porque no queramos hacer algo, sino porque no logramos organizar internamente qué hacer primero.

A veces creemos que para salir de un problema necesitamos tener toda la respuesta. Y no. Muchas veces necesitamos simplemente poder dar el primer paso. Pero también creo algo importante: cuando uno no sabe qué hacer, a veces necesita darse el permiso de no hacer nada por un momento. Está bien no tener una decisión inmediata. Está bien no saber. Está bien necesitar tiempo.

Vivimos en una cultura que nos empuja a responder rápido, a resolver, a decidir, como si la duda fuera un fracaso. Y no siempre vamos a tener una respuesta para todo. Hay momentos en los que detenerse, esperar, observar y dejar que algo se ordene internamente puede ser mucho más saludable que tomar una decisión solamente para dejar de sentir incertidumbre.

También puede ocurrir que el problema nos paralice porque toca algo conocido. Un miedo, una herida, una forma de responder que ya utilizamos antes. Entonces no estamos reaccionando solamente a lo que está pasando hoy, sino también a lo que esa situación despierta en nosotros.

Por eso para mí es tan importante detenerse antes de actuar impulsivamente. Poder preguntarse: ¿qué está pasando realmente? ¿qué siento? ¿qué necesito? ¿qué de esto es urgente y qué de esto puede esperar? El problema muchas veces no se resuelve de una vez. Se atraviesa. Y atravesarlo implica recuperar un poco de claridad, regular lo suficiente como para poder pensar y, desde ahí, empezar a tomar decisiones. Porque cuando todo parece demasiado, no siempre necesitamos una gran solución. A veces necesitamos una decisión pequeña. Y otras veces necesitamos permitirnos todavía no decidir.

Se habla mucho de soltar, la sola palabra se ha puesto de moda en libros e infinidad de recomendaciones. ¿Es suficiente con soltar?

Tengo una mirada bastante particular sobre la palabra “soltar”. Creo que se ha vuelto una expresión muy utilizada y, muchas veces, demasiado liviana. Para mí, uno no empieza soltando. Empieza aceptando. Porque hay cosas que no podemos soltar por decreto. No se suelta un vínculo, una pérdida, una expectativa, una herida o una etapa de la vida simplemente porque entendimos que ya no nos hace bien. Primero necesitamos aceptar. Aceptar que algo fue. Que ocurrió. Que tuvo un lugar en nuestra historia. Que quizás durante mucho tiempo lo elegimos, lo necesitábamos o incluso nos sostuvo. Y también aceptar que hoy puede haber dejado de ser aquello que queremos para nuestra vida. Cuando esa aceptación empieza a suceder, algo cambia.

Ya no necesitamos pelear permanentemente con lo que pasó. Dejamos de intentar modificar lo que no depende de nosotros. Dejamos de sostener determinadas expectativas. Y entonces, casi como consecuencia, empezamos a soltar. Por eso creo que la aceptación es una de las formas más sanas de soltar. Y aceptar no significa estar de acuerdo, justificar, resignarse ni decir que algo estuvo bien. Significa reconocer la realidad tal como es, aunque no sea la realidad que hubiéramos querido. A veces queremos soltar porque todavía nos duele, y pensamos que soltar significa dejar de sentir. Pero no necesariamente. Hay experiencias que podemos haber aceptado y que todavía nos conmueven. La diferencia es que ya no organizamos nuestra vida alrededor de ellas. Por eso, si tuviera que ordenar el proceso, diría que primero viene la aceptación y después, como consecuencia, aquello que llamamos soltar. Porque quizás soltar no sea hacer desaparecer algo de nuestra historia. Quizás sea poder mirarlo, reconocer que existió y decir: “Esto fue parte de mi vida, pero ya no es algo que elijo seguir sosteniendo en ella”.

Muchas veces, como adultos, terminamos asumiendo que la identidad ya está hecha. Que vivimos el resultado de lo que recibimos en el proceso de formación. ¿Es un problema cultural o de otra índole? ¿Qué podemos hacer para romper con esta perspectiva estática de nuestra vida?

Creo que hay una combinación de factores culturales, familiares, sociales y personales. Durante mucho tiempo aprendimos a pensar la identidad como algo fijo. Decimos “yo soy así”, “siempre fui de esta manera”, “esto lo heredé”, “esto me lo enseñaron en mi casa”, como si llegar a la adultez significara recibir una versión terminada de nosotros mismos. Y para mí ahí aparece uno de los grandes problemas: confundir identidad con repetición.

Nuestra historia nos forma, por supuesto. La familia, la cultura, los vínculos, las experiencias tempranas, las creencias y los contextos en los que crecimos dejan huellas. Pero una huella no es una condena. Con esa historia, en algún momento, aparecen dos caminos posibles: repararla o repetirla. Reparar no significa borrar lo vivido ni negar de dónde venimos. Significa animarnos a revisar patrones familiares, creencias, limitaciones, lealtades, costumbres y formas de vincularnos que quizás fueron aprendidas, pero que ya no queremos seguir sosteniendo.

Repetir, en cambio, muchas veces ocurre bajo una premisa silenciosa: “lo aprendí así”, “en mi familia siempre fue de esta manera”, “yo soy así”. Y cuando dejamos de cuestionar eso, podemos terminar viviendo una vida construida más desde la herencia que desde la elección. Ahí aparece una pregunta que para mí es central: ¿soy así o aprendí a funcionar de esta manera? Porque no es lo mismo. Cuando entendemos que muchas conductas, formas de relacionarnos o maneras de reaccionar fueron construidas, también aparece la posibilidad de revisarlas. Y creo que romper con una perspectiva estática de nuestra vida empieza justamente por recuperar la curiosidad sobre uno mismo. Preguntarnos qué necesito hoy, qué deseo hoy, qué cosas que antes me representaban ya no me representan, qué vínculos quiero sostener, qué límites necesito poner y qué decisiones quiero empezar a tomar de otra manera.

La identidad no es algo que terminamos de construir una vez y para siempre. Va cambiando con nuestras experiencias, nuestras necesidades, nuestras decisiones y también con el nivel de conciencia que vamos desarrollando. Por eso creo que crecer también implica animarnos a incomodar algunas versiones antiguas de nosotros mismos. Versiones que quizás fueron necesarias, que nos protegieron o nos permitieron pertenecer, pero que ya no necesariamente son congruentes con quienes queremos ser hoy.

Siempre van a existir esos dos caminos: repetir lo aprendido o reparar lo heredado. Y muchas veces la construcción de una identidad más consciente comienza exactamente en esa elección. Nuestra historia explica mucho de quiénes somos. Pero no tiene por qué decidir quiénes vamos a seguir siendo.

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Propone una identidad consciente. ¿Cómo asumirla cuando se vive en automático?

Creo que el primer paso es darse cuenta de que estamos viviendo en automático. Y eso parece simple, pero no siempre lo es. Porque cuando una forma de vivir se repite durante años, deja de sentirse automática y empieza a sentirse normal. Nos levantamos, cumplimos, resolvemos, respondemos, sostenemos, llegamos al final del día agotados y volvemos a empezar. Y muchas veces ni siquiera nos preguntamos si esa vida nos representa. Vivir en automático no significa necesariamente vivir mal. A veces significa funcionar muy bien, incluso ser eficientes, responsables y cumplir con todo. Pero funcionar no necesariamente significa estar bien.

Una identidad consciente empieza cuando uno puede observarse sin juzgarse. Preguntarse qué está haciendo, por qué lo hace, desde dónde responde y si aquello que sostiene todavía tiene sentido. También implica volver a registrar el cuerpo. Porque muchas veces la mente puede justificar una vida durante años mientras el cuerpo viene mostrando cansancio, tensión, irritabilidad, insomnio, necesidad de detenerse o simplemente una sensación difícil de explicar de que algo no está bien. Para mí, asumir una identidad consciente no significa descubrir una supuesta versión “verdadera” y definitiva de nosotros mismos. Significa empezar a participar activamente en la construcción de quiénes somos. Es revisar nuestras elecciones. Preguntarnos qué seguimos haciendo por costumbre, por miedo, por lealtad, por necesidad de aprobación o simplemente porque nunca nos detuvimos a pensar si todavía lo queremos. Y hay una pregunta que puede resultar incómoda, pero que para mí es profundamente reveladora: ¿la vida que estoy sosteniendo también me está sosteniendo a mí? Porque la conciencia también incomoda. Cuando empezamos a escucharnos, quizás descubrimos necesidades que durante mucho tiempo postergamos. Tal vez aparecen límites que necesitamos poner, conversaciones que evitamos, decisiones que todavía no estamos preparados para tomar o aspectos de nuestra vida que ya no nos representan. Pero ser consciente no significa cambiarlo todo de inmediato.

A veces el primer acto de conciencia es solamente poder decir: “Esto ya no me hace bien”, aunque todavía no sepamos qué vamos a hacer con eso. Y desde ahí empezar, poco a poco, a generar congruencia entre lo que sentimos, lo que pensamos, lo que necesitamos y la manera en que vivimos. Una identidad consciente no es una identidad perfecta. Es una identidad en la que dejamos de ser simples espectadores de nuestra propia vida y empezamos a participar de ella.

¿El entorno nos determina o podemos cambiar el molde?

El entorno influye muchísimo, pero no creo que determine de manera absoluta quiénes vamos a ser. Nacemos dentro de una familia, una cultura, una época, determinadas condiciones sociales y vínculos que van modelando nuestra manera de interpretar el mundo. Aprendemos qué está permitido, qué se espera de nosotros, qué se premia, qué se castiga, cómo se ama, cómo se discute, cómo se pide, cómo se calla. Todo eso deja huella. El problema aparece cuando confundimos influencia con destino. Porque haber aprendido una determinada manera de relacionarnos no significa que tengamos que repetirla toda la vida. Haber crecido dentro de ciertas creencias no significa que no podamos cuestionarlas. Haber pertenecido a un determinado molde no significa que tengamos que vivir dentro de él para siempre. Ahora bien, cambiar ese molde no siempre es sencillo. Muchas veces implica empezar a comportarnos de una manera diferente a la que nuestro entorno conoce de nosotros. Y cuando uno cambia, el sistema alrededor también se mueve. Puede haber resistencia, incomodidad, cuestionamientos e incluso intentos de llevarnos nuevamente al lugar que siempre ocupamos. Por eso cambiar no solamente requiere conciencia. También requiere tolerar cierta incomodidad.

Hay personas que empiezan a poner límites y escuchan: “antes no eras así”. Personas que empiezan a priorizarse y son llamadas egoístas. Personas que cambian una creencia familiar y sienten que están traicionando algo. Y ahí es donde tenemos que preguntarnos cuánto estamos dispuestos a seguir perteneciendo a costa de nosotros mismos. Crecer también implica poder diferenciar pertenecer de obedecer. Podemos amar nuestra historia, nuestra familia, nuestra cultura y nuestras raíces sin tener que reproducir absolutamente todo lo que recibimos.

El entorno participa de nuestra construcción, pero nosotros también participamos de ella. Y ahí vuelve a aparecer algo que atraviesa todo mi trabajo: la posibilidad de elegir. Quizás no pudimos elegir el molde en el que fuimos formados. Pero en la adultez sí podemos empezar a preguntarnos qué partes queremos conservar, cuáles necesitamos transformar y cuáles ya no queremos seguir reproduciendo. Cambiar el molde no significa negar de dónde venimos. Significa decidir conscientemente qué queremos hacer con aquello que recibimos.

En sociedades condicionadas por las apariencias, la aceptación promulgada en las redes sociales. ¿Cómo no seguir la corriente sin temor a la exclusión?

Creo que una de las grandes dificultades de nuestro tiempo es que estamos permanentemente expuestos a modelos de vida, de éxito, de belleza, de vínculos y hasta de felicidad. Todo parece estar mostrándonos cómo deberíamos vernos, qué deberíamos lograr, a qué edad, de qué manera y con qué resultados. Y cuando una persona vive demasiado pendiente de esa mirada externa, corre el riesgo de empezar a construir una vida que se vea bien, aunque no necesariamente se sienta bien.

El problema no son solamente las redes sociales. El problema aparece cuando nuestra necesidad de pertenecer empieza a estar por encima de nuestra necesidad de ser congruentes con nosotros mismos. Porque pertenecer es una necesidad profundamente humana. Todos queremos sentirnos aceptados, reconocidos, incluidos. El desafío está en poder preguntarnos cuánto estamos dispuestos a modificar de nosotros para conseguir esa aceptación. A veces la exclusión que más miedo nos da no es quedar afuera de un grupo. Es dejar de ser la persona que los demás esperan que seamos. Y ahí aparece algo que para mí es fundamental: la pertenencia que exige que uno deje de ser uno mismo tiene un costo demasiado alto. No seguir la corriente tampoco significa oponerse a todo, aislarse ni convertirse en alguien que necesita diferenciarse permanentemente. Significa desarrollar criterio propio. Poder mirar algo que todos parecen desear y preguntarse: “¿yo también quiero esto?”. Poder observar una tendencia, una opinión o una forma de vivir y decidir si realmente tiene sentido para uno.

Las redes sociales además tienen una particularidad: muchas veces nos muestran resultados sin mostrarnos procesos. Vemos cuerpos, viajes, logros, parejas, carreras, casas, experiencias. Pero rara vez vemos con la misma intensidad las dudas, las renuncias, los fracasos, el cansancio o el costo que hubo detrás. Entonces terminamos comparando nuestra vida completa con fragmentos cuidadosamente seleccionados de la vida de otros. Y ninguna identidad puede construirse sanamente desde esa comparación permanente.

Creo que una identidad consciente también requiere aprender a tolerar algo inevitable: no vamos a gustarle a todo el mundo. Cuando empezamos a ser más congruentes, quizás algunas personas dejen de comprendernos, algunas expectativas se rompan y algunos espacios ya no nos representen. Pero también empieza a ocurrir algo muy valioso: dejamos de necesitar pertenecer a cualquier precio. La pregunta no es solamente cómo evitar la exclusión. La pregunta es: ¿cuánto de mí estoy dispuesto a excluir para que los demás me incluyan? Porque quizás la verdadera pertenencia empiece cuando uno puede formar parte sin tener que desaparecer para conseguirlo.

¿Yesica Montes seguirá escribiendo?

Sí. Creo que escribir ya forma parte de mi manera de habitar el mundo. No escribo solamente porque tenga algo para decir. Escribo porque muchas veces, mientras escribo, también entiendo. La escritura me obliga a detenerme, a ordenar, a mirar con más profundidad y a poner en palabras cosas que a veces todavía están tomando forma dentro de mí. Desde la herida a la identidad fue mi primer libro, pero no siento que haya sido un punto de llegada. Al contrario. Fue la apertura de una conversación que todavía tiene muchísimo por recorrer.

Hay temas que siguen apareciendo en mi trabajo, en las personas que acompaño y también en mi propia vida: la identidad, los vínculos, la forma en que aprendemos a sobrevivir, la necesidad de pertenecer, la culpa, los límites, el cuerpo, la regulación, las decisiones, aquello que repetimos aun cuando sabemos que ya no nos hace bien. Todo eso sigue generándome preguntas. Y creo que mientras haya preguntas genuinas, voy a seguir escribiendo. No sé si alguna vez voy a escribir desde un lugar de certezas absolutas. Probablemente no. Tampoco me interesa. Me interesa escribir desde un lugar humano, donde pueda convivir lo que sé con lo que todavía estoy descubriendo. Porque algo que aprendí durante estos años es que la vida cambia, nosotros cambiamos y también cambia nuestra manera de mirar aquello que alguna vez creímos comprender. Por eso seguramente habrá otros libros. No para ofrecer respuestas definitivas, sino para seguir abriendo espacios de reflexión y acompañar a quien, del otro lado de una página, quizás esté haciéndose una pregunta que alguna vez también tuve que hacerme yo. Mientras siga sintiendo que una palabra puede acercar a alguien un poco más a sí mismo, voy a seguir escribiendo.

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