“A nuestros hijos adolescentes no podemos prepararles una vida sin frustraciones porque esa vida no existe”

Pilar Cebrián aborda con desenfado y rigurosidad las siempre complejas relaciones con hijos adolescentes en Querido hijo: me caes fatal, donde recuerda que “el humor nos permite tomar distancia, bajar la tensión y entender que muchas cosas"

20 de Septiembre de 2026
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Pilar Cebrián

Si un adolescente comparte sus días y sus noches junto a usted, este es el libro que siempre estaba buscando. Querido hijo, me caes fatal (Oberon), de la psicóloga Pilar Cebrián, tiene una respuesta para cada quebradero de cabeza de un progenitor causado por su relación de amor/odio con su hijo o hija adolescente. Con un tono claro, desenfadado, un toque de humor admirable y sin rehuir los grandes problemas que las relaciones paternofiliales tienen cuando los vástagos llegan a esa edad en la que la palabra libertad es mucho más que una bandera, este libro ayuda a desmitificar y poner cada problema en su sito y su justa dimensión.

Desde el título inicial, parece que llega con ganas de provocar, al menos con mucho humor, en un tema de vital importancia: la educación de nuestros hijos cuando llegan a la temida/ansiada adolescencia. ¿Es así?

Totalmente. De hecho, Querido hijo, me caes FATAL nace un poco de ahí: de atrevernos a decir en voz alta cosas que muchos padres piensan bajito. Porque puedes querer a tu hijo con toda tu alma y, al mismo tiempo, haber días en los que no lo soportas. Y él a ti tampoco, por cierto. Y no pasa nada.

La adolescencia ya viene suficientemente cargadita de drama como para que los adultos añadamos solemnidad. El humor nos permite tomar distancia, bajar la tensión y entender que muchas de las cosas que vivimos en casa no son una tragedia familiar: son adolescencia.

¿Hasta qué punto el rechazo o la incomprensión forman parte natural de la adolescencia y cuándo deberían preocuparnos?

Que tu adolescente piense que no tienes ni idea de la vida entra bastante dentro del pack. Necesita separarse de nosotros, cuestionarnos, buscar sus propios referentes y construir una identidad diferente a la nuestra.

Ahora bien, una cosa es que cierre la puerta, conteste con monosílabos y considere que respirar cerca de él ya es invadir su intimidad, y otra que veamos un aislamiento mantenido, un cambio brusco en su forma de ser, abandono de amigos o actividades, un sufrimiento importante o conductas de riesgo. Ahí ya no hablamos simplemente de “cosas de adolescentes”. Hay que mirar qué está pasando.

La libertad se convierte en el eje de toda conversación padres/hijos adolescentes. ¿Dónde poner el límite? Imagino que es la Pregunta con mayúsculas, el santo grial de la educación a los adolescentes.

Sí. Si alguien descubre la fórmula exacta, que me llame y hacemos otro libro.

Para mí, la clave está en que libertad y responsabilidad tienen que crecer juntas. No puedo pedir autonomía para lo que me interesa y convertirme misteriosamente en un niño de seis años cuando toca asumir las consecuencias.

Los padres tenemos que ir soltando cuerda. Pero no cortar la cuerda de golpe. Si demuestra responsabilidad, amplío libertad. Si todavía no puede gestionar algo, sigo acompañando y limitando. El objetivo no es controlar eternamente a nuestros hijos, sino conseguir que algún día sepan controlarse ellos sin nosotros.

¿Estamos educando a nuestros adolescentes con más libertad, pero al mismo tiempo nos faltan las herramientas adecuadas para gestionar la frustración, los límites y el conflicto?

Creo que a veces hemos confundido acompañar con evitar cualquier malestar. Y frustrarse es inevitable.

No podemos prepararles una vida sin frustraciones porque esa vida no existe. Podemos enseñarles qué hacer cuando aparezcan. Que un profesor te diga que no, que tu pareja te deje, que suspendas, que no te inviten a una fiesta o que mamá no te compre las zapatillas de 180 euros no es un trauma. Es vida.

Y educar también consiste en permitir que nuestros hijos descubran que pueden sobrevivir a cosas que no les gustan.

“La adolescencia ya viene suficientemente cargadita de drama como para que los adultos añadamos solemnidad”

En el proceso de madurez del adolescente, ¿qué nivel de responsabilidad y compromiso debe jugar el progenitor?

Muchísimo, pero nuestro papel va cambiando. Cuando son pequeños somos prácticamente los directores generales de su vida. En la adolescencia tenemos que empezar a aceptar una degradación de cargo bastante dolorosa.

Seguimos poniendo límites, acompañando, observando y estando disponibles, pero ya no podemos dirigir absolutamente todo. Tenemos que permitirles equivocarse. Porque si solucionamos cada problema antes de que aparezca, criamos adolescentes muy protegidos… pero adultos muy poco preparados.

Y en este tránsito, ¿cuál es el grado de responsabilidad que se le puede exigir al joven y que sepa aceptarlo con normalidad?

Más de la que muchas veces pensamos. Un adolescente puede responsabilizarse de sus estudios, colaborar en casa, cumplir horarios, cuidar sus cosas, gestionar progresivamente su dinero y asumir las consecuencias de determinadas decisiones.

Eso sí: responsabilidad acorde a su edad. No podemos tratarles como niños para unas cosas y exigirles comportamiento de adulto para otras dependiendo de lo que nos venga bien ese martes.

La autonomía se entrena. Y se entrena dando pequeñas responsabilidades antes de que lleguen las grandes.

Las redes sociales son el eje sobre el que gravitan los males de las relaciones entre padres e hijos adolescentes. ¿No tienen nada positivo que poder sacar de ellas para que ayuden en estos siempre complicados vínculos?

Claro que tienen cosas positivas. Demonizar las redes sociales es muy cómodo, pero bastante poco útil. Para ellos son un espacio de relación, creatividad, pertenencia, información, humor… y también pueden convertirse en un punto de encuentro con nosotros.

El problema no es únicamente la pantalla, sino qué hacen dentro de ella, cuánto tiempo ocupa, qué está desplazando y cómo les afecta.

Y además hay algo maravilloso: los padres criticamos muchísimo el móvil de nuestros hijos mientras les decimos “deja el móvil” mirando el nuestro. Igual tenemos que empezar por revisar algunas escenas familiares.

Pilar Cebrián 2
Pilar Cebrián

Por cierto, la brecha con los hijos adolescentes siempre es una realidad así pasen las generaciones unas tras otras. Pero, ¿está acelerando el vértigo digital este distanciamiento? ¿O son siempre los mismos conflictos en contextos diferentes?

Las dos cosas. El adolescente de hoy sigue queriendo básicamente lo mismo que quería el de hace treinta años: pertenecer, gustar, tener amigos, enamorarse, diferenciarse de sus padres y conseguir que le dejen salir más.

Lo que ha cambiado brutalmente es el escenario. Antes el instituto terminaba cuando llegabas a casa. Ahora el instituto entra contigo en tu habitación a través del móvil. La comparación social no descansa, los conflictos pueden continuar 24 horas y todo sucede a una velocidad enorme.

El conflicto generacional es antiguo. El escenario digital le ha puesto wifi.

¿En qué momento debe saber un progenitor que se están rompiendo los canales de comunicación con su hijo adolescente y cómo poner medios para evitarlo?

Me preocuparía más que un adolescente dejara de contarnos absolutamente todo que el hecho de que discutiera con nosotros. Mientras discute, protesta y negocia, paradójicamente sigue habiendo comunicación.

Lo complicado es cuando siente que no puede acudir a nosotros. Y muchas veces cerramos nosotros mismos esa puerta sin darnos cuenta: interrogamos, juzgamos, damos una conferencia de cuarenta minutos o aprovechamos cualquier confidencia para sacar una moraleja.

Si queremos que nos cuenten cosas importantes, tenemos que demostrar que somos capaces de escuchar también las pequeñas sin convertir cada conversación en una reunión del consejo de administración.

“Una cosa es que nuestro hijo adolescente cierre la puerta, conteste con monosílabos y considere que respirar cerca de él ya es invadir su intimidad, y otra que veamos un aislamiento mantenido, un cambio brusco en su forma de ser”

Los padres proyectan sus propias expectativas, miedos y frustraciones sobre sus hijos, es una realidad evidente. ¿Deben hacerlo?

Lo hacemos. Otra cosa es que debamos.

Todos llegamos a la maternidad y la paternidad con nuestra mochila: lo que vivimos, lo que nos faltó, lo que nos dio miedo, lo que hubiéramos querido ser… El problema aparece cuando pretendemos que nuestro hijo cargue con ella.

Nuestro trabajo no es fabricar una versión mejorada de nosotros mismos. Es ayudar a que aparezca la persona que nuestro hijo es. Aunque estudie algo que jamás habríamos elegido, vista de una manera incomprensible y escuche una música que objetivamente pone bastante difícil la convivencia.

Volviendo al tono de humor y desenfado con el que elige tratar un tema tan espinoso, ¿es la ironía una medicina que deberíamos tomar con más asiduidad? ¿Por qué?

Absolutamente. Pero humor, no humillación. Son cosas muy distintas.

El humor baja la intensidad, nos permite relativizar y, sobre todo, nos recuerda que no todo merece una cumbre de la OTAN en la cocina.

Hay familias agotadas porque absolutamente todo se convierte en una batalla: la habitación, la ducha, el móvil, la sudadera en el suelo… A veces necesitamos preguntarnos: “¿Esto es realmente importante o dentro de seis meses me va a dar exactamente igual?”. Elegir las batallas salva muchas relaciones.

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Pilar Cebrián 

Para terminar, ¿quiénes deben cambiar más una tóxica actitud beligerante en estas relaciones: los padres hacia los hijos o estos hacia sus padres?

Aquí voy a fastidiar un poco a los adultos: nosotros.

No porque los adolescentes no tengan responsabilidad —claro que la tienen—, sino porque el cerebro adulto de la relación se supone que es el nuestro. Aunque algunos días ellos consigan que lo pongamos seriamente en duda.

No podemos exigirles regulación emocional mientras nosotros gritamos “¡DEJA DE GRITAR!”. Ni respeto faltándoles al respeto. Ni buen uso del móvil contestando WhatsApps durante la cena.

Los adolescentes tienen que aprender a relacionarse con nosotros. Pero nosotros somos quienes llevamos más años entrenando.

Y al final creo que esa es la idea fundamental: nuestros hijos adolescentes no necesitan padres perfectos. Necesitan padres que sepan poner límites, pedir perdón, rectificar, mantener el vínculo y conservar un poquito el sentido del humor mientras atraviesan juntos una etapa que, aunque en determinados partes parezca eterna, también pasa.

Querido hijo: me caes fatalPilar CebriánOberon224 páginas19,95 €
Querido hijo: me caes fatal Pilar Cebrián Oberon 224 páginas 19,95 €

 

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