Jesús Molina García de Arias estuvo pensionado en la Academia de España en Roma durante la Segunda República, Jesús Molina García de Arias pasó del estudio del desnudo a pintar la tragedia de la Guerra Civil. Sus obras participaron en la Exposición Internacional de París de 1937, algunas pertenecen hoy al Museo Reina Sofía y, tras la guerra, reconstruyó una carrera que le llevó a obtener el Premio Nacional de Pintura. Su trayectoria permite recorrer cuatro décadas de arte español atravesadas por Roma, la República, la guerra y una posguerra en la que nunca dejó de pintar.
Jesús Molina García de Arias, un pintor entre dos Españas
Hay artistas cuya biografía puede reconstruirse siguiendo exposiciones, premios y museos, y otros en los que resulta imposible separar la pintura de aquello que les tocó vivir. Jesús Molina García de Arias, nacido en Cerecinos de Campos, Zamora, en 1903 y fallecido en Madrid en 1968, pertenece claramente a estos últimos.
Entre esas dos fechas se encuentra una vida que atravesó algunos de los grandes acontecimientos del siglo XX español: la formación artística en Madrid, la experiencia privilegiada de la Academia de España en Roma, la Segunda República, la Guerra Civil, el difícil comienzo de la posguerra y una posterior recuperación profesional que culminó con importantes premios y reconocimientos.
Pero reducir su trayectoria a una sucesión de acontecimientos sería insuficiente, porque existe también una biografía que puede leerse directamente en sus cuadros. En ellos está el estudiante que aprende de los grandes maestros, el joven pensionado que descubre Roma y estudia el desnudo, el artista al que la guerra obliga a sustituir durante unos años la belleza del cuerpo por soldados, trincheras y muertos, y el pintor maduro que después de 1939 recupera la figura humana, el color y las escenas de la vida cotidiana.
Esa continuidad resulta esencial para comprenderlo: Molina cambió de lenguaje en varias ocasiones, pero mantuvo durante toda su carrera una extraordinaria atención hacia las personas.
De Cerecinos de Campos a la formación artística en Madrid
Jesús Molina nació el 2 de octubre de 1903 en Cerecinos de Campos, en la provincia de Zamora. Su vinculación posterior con Castilla-La Mancha se explica por los orígenes familiares y por el traslado de la familia a Ciudad Real, donde comenzó a manifestarse muy pronto su vocación artística.
Fue el mayor de siete hermanos y creció en un ambiente en el que las dificultades económicas convertían la aspiración de convertirse en pintor en algo bastante menos sencillo de lo que puede parecer retrospectivamente. El apoyo familiar resultaría fundamental, especialmente el de su tío Miguel Pérez Molina, que contribuyó a que pudiera continuar una formación para la que el muchacho demostraba condiciones excepcionales.
Durante el curso 1916-1917 ya estaba matriculado en Dibujo Artístico en la Escuela de Artes y Oficios de Ciudad Real. Tenía apenas trece años y obtuvo un premio en la asignatura. También recibió enseñanzas del pintor Ángel Andrade Blázquez, una de las figuras esenciales de la pintura manchega de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Aquella relación dejó una huella que Molina no olvidaría. Con los años, cuando su carrera ya estaba consolidada, retrató a su antiguo maestro, un gesto que permite entender hasta qué punto consideró decisiva aquella primera formación.
El siguiente paso fue Madrid. La familia se trasladó a la capital en 1917 y para un muchacho decidido a dedicarse al arte aquello suponía entrar en contacto con un sistema de enseñanza, unos museos y una vida cultural completamente diferentes.
Molina estudió en el Museo de Reproducciones Artísticas y, desde 1919, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Al mismo tiempo recibió formación privada de Fernando Álvarez de Sotomayor y entró en contacto con un ambiente artístico en el que estaban presentes algunos de los nombres fundamentales del arte español de aquellas décadas.
Su aprendizaje incluyó el estudio y la copia de Murillo, Ribera y Velázquez. Lejos de ser una práctica meramente académica, aquel procedimiento le permitió adquirir un dominio de la construcción de la figura, del volumen y de las posibilidades del color que permanecería reconocible en buena parte de su producción posterior.
La Academia de España en Roma y el descubrimiento del desnudo
El acontecimiento que transformó definitivamente su juventud artística llegó en 1932, cuando consiguió mediante oposición una pensión para estudiar en la Academia de España en Roma.
Para un artista español de comienzos de los años treinta, la estancia romana tenía un significado extraordinario. No era solamente una beca ni una oportunidad para viajar: suponía acceder directamente a la tradición que durante siglos había constituido una de las grandes referencias de la pintura europea.
Molina pudo estudiar los frescos renacentistas, profundizar en el desnudo y conocer de primera mano una tradición pictórica que hasta entonces había observado fundamentalmente en libros, reproducciones y museos españoles. También recorrió otros países europeos, entre ellos Francia, Holanda y Bélgica.
La importancia de esta etapa puede comprobarse en una de las obras fundamentales de su producción temprana: Desnudos, fechada entre 1932 y 1935 en Roma y conservada actualmente en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.
Se trata de una pintura decisiva para comprender al Molina anterior a la Guerra Civil. El cuerpo todavía aparece esencialmente como problema artístico: estructura, volumen, luz, composición y color. El artista investiga la figura humana desde una formación académica que comienza al mismo tiempo a liberarse mediante una pincelada cada vez más personal.
En ese mismo contexto debe situarse La venus de Roma, fechada en 1935, óleo sobre lienzo de 85 × 48 centímetros y actualmente conservada en colección particular. La pintura ha sido incorporada además a la bibliografía moderna del artista.
La obra muestra a una mujer desnuda recostada de espaldas, ocupando horizontalmente buena parte del lienzo y extendida sobre un conjunto de telas que introducen blancos, azules, amarillos y violetas. La anatomía recibe un tratamiento cuidadoso, especialmente en la espalda, las caderas y las piernas, mientras que el paisaje y las telas están construidos mediante una pincelada mucho más libre y visible.
La diferencia entre el tratamiento del cuerpo y el del entorno permite entender el proceso de transformación que estaba experimentando su pintura. La formación académica seguía presente, pero el color y la pincelada empezaban a emanciparse.
Visto desde lo que ocurriría apenas un año después, La venus de Roma adquiere además una dimensión inesperadamente melancólica. Representa el final de un mundo en el que Molina todavía podía preocuparse fundamentalmente por la pintura.
De los desnudos de Roma a las trincheras de la Guerra Civil
La Guerra Civil iniciada en julio de 1936 interrumpió violentamente las expectativas de toda una generación y alteró también la trayectoria de Jesús Molina.
Permaneció en Madrid y se vinculó al campo republicano. Aunque su estado de salud evitó que participara directamente como combatiente, colaboró en hospitales de sangre, desarrolló tareas de carácter humanitario y perteneció a la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Su actividad artística se incorporó igualmente al esfuerzo propagandístico y cultural de la República.
Durante aquellos años realizó carteles, dibujos, acuarelas y óleos, y escribió unos diarios que permiten conocer su experiencia personal de la guerra, las dificultades materiales, el miedo, la incertidumbre y la transformación de la vida cotidiana.
Su pintura sufrió entonces una mutación radical.
El artista que acababa de estudiar desnudos en Roma empezó a representar soldados, desplazamientos de tropas, trincheras, posiciones militares y escenas directamente relacionadas con el conflicto. No se trataba simplemente de que hubiera cambiado el tema; cambió también la manera de pintar.
La pincelada se hizo más rápida y expresiva, el dibujo adquirió una función narrativa inmediata y el color comenzó a responder a la violencia y a la urgencia de lo que estaba ocurriendo.
El contraste entre Desnudos y Combatientes en la trinchera resume mejor que muchas páginas de biografía lo que significó 1936 para Jesús Molina: en muy poco tiempo, el cuerpo humano dejó de ser solamente una investigación estética para convertirse también en un cuerpo amenazado por la historia.
Las pinturas de Jesús Molina sobre la Guerra Civil
El Museo Reina Sofía conserva actualmente un importante conjunto de obras de Jesús Molina que permite seguir aquella transformación. Entre ellas figuran Combatientes en la trinchera, Concentración de tropas, Madrid, Tetuán de las Victorias, Escena militar, Ofensiva, Mueren por una idea, La España que no quieren conocer y Hacia la posición (La guerra).
Son obras que sitúan a Molina dentro de la producción artística vinculada directamente con la Guerra Civil, aunque poseen una característica que merece atención: su mirada no suele adoptar el punto de vista grandilocuente de la pintura de batallas tradicional.
Molina se aproxima a los hombres.
No contempla el conflicto desde la distancia, como si estuviera reconstruyendo una operación militar, sino desde la proximidad de quienes están atrapados dentro de ella. Soldados agazapados, grupos que avanzan, combatientes en posiciones defensivas y movimientos de tropas sustituyen al desnudo, al paisaje o al retrato.
En Combatientes en la trinchera, óleo de 1937, esa proximidad adquiere especial intensidad. Los personajes no son héroes mitológicos ni generales que observan el combate desde la seguridad de una colina. Son hombres sometidos físicamente a la guerra.
También Concentración de tropas, realizada ese mismo año, muestra hasta qué punto el conflicto se había convertido en el centro de su producción. En otras piezas utiliza la acuarela, técnica especialmente adecuada para registrar con rapidez escenas, impresiones y situaciones que podían desaparecer en cuestión de minutos.
La función testimonial comenzó así a convivir con la función estética.
Molina ya no pintaba únicamente para representar.
Pintaba también para dejar constancia de lo que estaba viendo.
Jesús Molina en el Pabellón Español de París de 1937
Ese conjunto de pinturas alcanzó una dimensión internacional cuando varias obras de Jesús Molina fueron seleccionadas para participar en la Exposición Internacional de París de 1937.
El contexto no podía ser más excepcional.
España estaba en plena Guerra Civil y el Gobierno de la República utilizó su pabellón en París para mostrar al mundo no solamente la vitalidad cultural del país, sino también la tragedia que estaba viviendo.
El edificio diseñado por Josep Lluís Sert y Luis Lacasa reunió algunas de las imágenes más importantes de toda la historia del arte español del siglo XX. Allí estuvo el Guernica de Pablo Picasso, junto a obras de Joan Miró, Alberto Sánchez, Julio González y muchos otros artistas.
También estuvo Jesús Molina García de Arias.
La monografía moderna dedicada al pintor señala que siete de sus obras relacionadas con la guerra participaron en aquella exposición internacional.
Ese dato resulta esencial para comprender su verdadera posición histórica. Molina no fue un pintor provincial al margen de los grandes acontecimientos culturales de su tiempo. En 1937 su obra formó parte de uno de los episodios artísticos y políticos más estudiados de la Europa del siglo XX.
La cronología produce además un contraste difícil de ignorar.
En 1935 pintaba La venus de Roma.
En 1937 mostraba pinturas de guerra en París.
En apenas dos años la historia había sustituido la serenidad de un cuerpo desnudo por soldados y trincheras.
La derrota republicana y la difícil reconstrucción de una carrera
El final de la Guerra Civil no significó para Jesús Molina un simple regreso a la normalidad.
Su situación económica era precaria y la familia había sufrido directamente las consecuencias del conflicto. Uno de sus hermanos había muerto y otros terminaron exiliados en México. Además, Molina tenía que reconstruir una carrera en un país radicalmente diferente de aquel que había conocido antes de 1936.
Había pertenecido a la Alianza de Intelectuales Antifascistas, colaborado con la República y producido imágenes relacionadas con el conflicto.
Y, sin embargo, continuó.
La pintura se convirtió nuevamente en una manera de sobrevivir y en una forma de reconstruir una identidad profesional que la guerra había interrumpido.
En 1941 consiguió presentar una exposición en el Salón Cano de Madrid, donde mostró óleos, aguatintas, ceras y pasteles. Dos años más tarde, La Bella obtuvo una medalla de primera clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1943.
El reconocimiento más importante llegó en 1944, cuando recibió el Premio Nacional de Pintura por Mujer en amarillo.
La obra, actualmente perteneciente al Museo Reina Sofía, es un óleo de gran formato que permite comprobar que Molina había recuperado plenamente la figura humana como uno de los grandes ejes de su pintura.
La secuencia resulta extraordinaria: el hombre que pocos años antes había producido pintura y propaganda para la República conseguía uno de los principales reconocimientos oficiales de la España de posguerra.
No fue una desaparición seguida de un regreso triunfal. Fue algo probablemente más difícil: una reconstrucción lenta mediante el trabajo.
Del desnudo a Mujer en amarillo: la figura femenina en Jesús Molina
La presencia de la figura femenina constituye uno de los grandes hilos que permiten seguir la evolución estilística de Jesús Molina.
Desde los estudios realizados en Roma hasta Desnudos, La venus de Roma, La Bella o Mujer en amarillo, el cuerpo aparece continuamente como territorio de investigación.
Pero nunca es exactamente el mismo cuerpo.
En las obras romanas todavía pesa de manera evidente la tradición académica y el estudio de la anatomía. En pinturas posteriores, especialmente después de la Guerra Civil, la figura adquiere una densidad psicológica diferente y el color comienza a asumir un protagonismo creciente.
Existe sensualidad, pero no una sensualidad superficial. Las mujeres de Molina poseen volumen, peso y presencia física. No parecen construidas únicamente para ser contempladas, sino para ocupar realmente el espacio pictórico.
Este aspecto permite también comprender por qué La venus de Roma resulta especialmente interesante dentro de su producción. No es un desnudo aislado, sino una pieza situada en el origen de una preocupación que acompañaría al artista durante décadas.
Músicos, gitanos y trabajadores: la otra España de Jesús Molina
Aunque pudo realizar retratos destinados a una clientela acomodada y obtener ingresos mediante encargos, Molina dirigió repetidamente su mirada hacia personajes mucho menos presentes en la pintura oficial.
Músicos populares, gitanos, mendigos, mineros, costureras, encajeras, trabajadores, artistas de circo, bailarinas, trapecistas y payasos aparecen en distintos momentos de su producción.
Esta atención hacia los sectores populares no debería interpretarse únicamente como una extensión de su compromiso político. En realidad, forma parte de una preocupación más amplia por la dignidad de la figura humana.
En 1948 recibió la medalla de oro en la Exposición Nacional de Bellas Artes por Músicos populares, actualmente conservada también en el Museo Reina Sofía.
El Museo de Bellas Artes de Alicante conserva por su parte Gitanos, otra obra que permite aproximarse a esa vertiente de su producción.
Estas pinturas revelan además que Molina no quedó encerrado en la estética de la Guerra Civil. Su lenguaje continuó evolucionando y, con el paso de las décadas, el color ganó libertad, la pincelada se hizo más independiente y algunas composiciones se acercaron a soluciones que podían convivir con determinados planteamientos postimpresionistas e incluso con formas de simplificación próximas a la abstracción.
Un pintor que nunca tuvo marchante
Existe un dato aparentemente menor que ayuda a comprender una de las grandes paradojas de la trayectoria de Jesús Molina: nunca tuvo un marchante estable que construyera y consolidara su mercado.
Vivió fundamentalmente de sus cuadros, de los encargos, de las exposiciones y de los premios.
Esa circunstancia permite explicar parcialmente la distancia existente entre su relevancia institucional y el conocimiento que actualmente tiene de él el público general.
Estamos hablando de un artista que estudió en San Fernando, recibió una pensión para la Academia de España en Roma, estuvo relacionado con el Pabellón Español de París de 1937, obtuvo importantes reconocimientos nacionales y tiene actualmente un conjunto significativo de obras conservadas en el Museo Reina Sofía.
Sin embargo, su presencia en el mercado y en el relato más popular del arte español del siglo XX continúa siendo mucho menor que la de otros artistas con trayectorias comparables.
La explicación no puede reducirse a una sola causa. La Guerra Civil fracturó carreras, modificó redes profesionales, produjo exilios y silencios y obligó a numerosos artistas a reconstruir su trayectoria dentro de unas condiciones completamente diferentes.
Molina fue uno de ellos.
Los últimos años y la evolución de su pintura
Durante las décadas de 1950 y 1960 siguió exponiendo y participando en certámenes nacionales e internacionales. Su producción continuó transformándose, demostrando que nunca quiso convertir un estilo concreto en una fórmula repetitiva.
La figuración permaneció, pero su relación con el color se volvió cada vez más libre. Las formas podían simplificarse, la pincelada adquirir mayor autonomía y el espacio pictórico depender menos de la reproducción estrictamente naturalista de la realidad.
Resulta significativo que, en los últimos años de su vida, obtuviera la Cátedra de Colorido y Composición de la Escuela Superior de Bellas Artes de San Jorge de Barcelona.
Era un reconocimiento especialmente apropiado para un artista cuya trayectoria puede comprenderse precisamente a través de esos dos elementos: composición y color.
Jesús Molina murió en Madrid el 14 de septiembre de 1968, a los 64 años.
El Museo Reina Sofía y la recuperación de Jesús Molina García
Durante décadas, una parte importante de su producción permaneció dispersa entre instituciones, colecciones particulares y la familia.
El trabajo realizado posteriormente por sus descendientes permitió recuperar un conjunto esencial de obras relacionadas con la Guerra Civil, varias de las cuales llegaron al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía mediante donación familiar.
Actualmente, la colección del museo permite reconstruir diferentes momentos de su carrera a través de obras como Desnudos, Combatientes en la trinchera, Concentración de tropas, Madrid, Tetuán de las Victorias, Escena militar, Ofensiva, Mueren por una idea, La España que no quieren conocer, Hacia la posición (La guerra), La Bella, Mujer en amarillo y Músicos populares.
La recuperación historiográfica ha avanzado también gracias a la publicación de Jesús Molina García (1903-1968). El impacto de la Guerra Civil en un pintor republicano, de Vicente Palomares García, Francisco Alía Miranda y Javier García-Luengo Manchado.
El volumen estudia su trayectoria desde tres perspectivas complementarias: la biografía, la experiencia personal de la Guerra Civil y la evolución de su pintura.
Su aparición es importante porque permite superar una lectura demasiado simple del artista.
Jesús Molina fue un pintor republicano y su experiencia de la Guerra Civil constituye una parte decisiva de su obra, pero su carrera comenzó mucho antes de 1936 y continuó durante casi tres décadas después de 1939.
Entender solamente al pintor de la guerra supondría perder al estudiante de San Fernando, al pensionado de Roma, al pintor de desnudos, al retratista, al autor de escenas populares y al artista que durante sus últimos años siguió investigando el color.
La venus de Roma, la pintura de un mundo que estaba a punto de desaparecer
Hay una obra que permite contemplar toda esta historia desde una perspectiva especialmente humana.
La venus de Roma fue pintada en 1935.
Una mujer desnuda descansa de espaldas al espectador sobre unas telas extendidas en medio del paisaje. No ocurre nada extraordinario. No existe acción narrativa ni conflicto. La pintura vive de la espalda iluminada, de las curvas del cuerpo, de la materia de las telas, de los árboles y del color.
Y precisamente por eso adquiere una significación diferente cuando conocemos lo que sucedió inmediatamente después.
Cuando Molina la pintó era un artista joven formado en Madrid y pensionado en Roma que podía dedicar sus días a estudiar el cuerpo humano, observar los frescos renacentistas, viajar por Europa y construir una carrera.
Un año después comenzó la Guerra Civil.
Dos años después estaba pintando soldados y trincheras.
Aquella mujer siguió tendida sobre las telas mientras alrededor del pintor desaparecía el mundo en el que había sido concebida.
No conviene convertir retrospectivamente todas las obras en presagios de acontecimientos que sus autores desconocían, pero resulta difícil observar hoy La venus de Roma sin percibir en ella algo parecido al final de una época. Es todavía la pintura de un artista cuyo problema principal es la pintura.
Después llegarían la guerra, la derrota, la precariedad y la necesidad de reconstruirse.
Jesús Molina García, una figura por recuperar en la historia del arte español
La vida de Jesús Molina García de Arias contiene buena parte de las contradicciones del arte español del siglo XX.
Fue alumno de San Fernando y pensionado en Roma; perteneció a la cultura de la Segunda República y pintó la Guerra Civil; sus obras participaron en el contexto del Pabellón Español de París de 1937 y, pocos años después, recibió importantes reconocimientos en la España franquista. Pintó desnudos, soldados, mujeres, músicos, gitanos y trabajadores, y fue modificando su lenguaje a medida que cambiaba también su propia vida.
Su obra demuestra además hasta qué punto las categorías políticas o estilísticas resultan insuficientes cuando se convierten en etiquetas cerradas.
Molina fue republicano, pero no fue solamente un «pintor republicano».
Fue pintor de guerra, pero tampoco fue exclusivamente un «pintor de la Guerra Civil».
Su producción abarca demasiado tiempo y demasiados registros para reducirla a una sola definición.
Quizá por eso la recuperación de su figura resulta particularmente interesante ahora. El Museo Reina Sofía conserva un núcleo suficientemente amplio de su producción para comprender su relevancia, mientras la investigación reciente comienza a reconstruir una trayectoria que durante demasiado tiempo permaneció fragmentada.
Y entre todas esas pinturas, La venus de Roma continúa ofreciendo una imagen especialmente poderosa de aquel recorrido.
Una mujer permanece recostada en un paisaje de 1935 mientras nosotros conocemos todo lo que el pintor todavía ignoraba.
Sabemos que llegará la guerra, que sus cuadros viajarán a París, que conocerá la derrota, que tendrá que comenzar de nuevo, que ganará premios, que continuará pintando y que su obra terminará décadas después en algunos de los principales museos españoles.
Él, en aquel momento, todavía no podía saberlo.
Sólo estaba pintando.
Y probablemente ahí resida una de las claves más profundas para volver a mirar hoy la obra de Jesús Molina García de Arias: en comprender que detrás del artista atravesado por la Guerra Civil hubo, antes y después de todo, un hombre que hizo de la pintura la manera de mantenerse en pie frente a la historia.
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