Christie’s subastará el próximo 14 de octubre en Londres Das bunte Leben —La vida multicolor—, una de las pinturas decisivas en la transformación de Wassily Kandinsky desde la figuración simbolista hacia el lenguaje que pocos años después desembocaría en la abstracción. La obra llega al mercado acompañada de una procedencia excepcional: permaneció durante décadas expuesta en el Lenbachhaus de Múnich antes de ser restituida en 2023 a los herederos de la familia judía Lewenstein.
La venta no representa solamente la aparición de un gran Kandinsky. También culmina una historia atravesada por el expolio nazi, la investigación de procedencia y la dificultad de determinar qué ocurrió con las obras depositadas en museos europeos por familias obligadas a huir.
La casa de subastas todavía no ha comunicado públicamente una estimación. La ausencia de una cifra oficial aconseja desconfiar de las valoraciones especulativas que puedan difundirse antes de que aparezca el catálogo definitivo.

Una obra fundamental antes de la abstracción
Kandinsky pintó La vida multicolor en 1907. La obra, ejecutada con témpera sobre lienzo y de aproximadamente 130 × 163 centímetros, era la composición más grande que había realizado hasta entonces. En ella aparece una multitud de personajes, jinetes, religiosos, campesinos, ancianos y parejas distribuidos sobre un paisaje construido con manchas intensas de color.
El cuadro conserva referencias visibles al mundo ruso, al folclore y a las narraciones tradicionales, pero ya anuncia algo nuevo. Los personajes no organizan por sí solos la escena. Es el color el que comienza a independizarse de la representación y a convertirse en el verdadero elemento estructural.
La obra fue presentada en el Salón de Otoño de París de 1907. Se encuentra en el punto exacto en que Kandinsky todavía describe un mundo reconocible, pero empieza a someterlo a una energía cromática que terminará desbordándolo. Por eso su importancia no depende únicamente de su tamaño o de su procedencia: permite observar el nacimiento de una de las transformaciones fundamentales del arte del siglo XX.
Del depósito en el Stedelijk a una subasta bajo la ocupación nazi
Emanuel Albert y Hedwig Lewenstein adquirieron la pintura en 1927. Después de la muerte de Emanuel, su viuda la dejó depositada en el Stedelijk Museum de Ámsterdam. La familia huyó posteriormente a Estados Unidos ante la persecución nazi.
En octubre de 1940, pocos meses después de la ocupación alemana de los Países Bajos, el Kandinsky fue retirado del museo y vendido en una subasta de Frederik Muller & Co. La cuestión que condicionaría su historia posterior era aparentemente sencilla: ¿había autorizado la familia aquella venta?
Los herederos sostuvieron que no. Según su reclamación, la pintura había sido confiada al Stedelijk para su custodia y no para que un tercero pudiera disponer de ella. La ausencia de documentos que acreditasen una entrega voluntaria resultó determinante.
El cuadro fue adquirido en la subasta por el coleccionista Salomon B. Slijper. Décadas más tarde, en 1972, su familia lo vendió a la Bayerische Landesbank, que lo depositó en el Lenbachhaus. Allí se convirtió en una de las piezas más reconocibles del museo, aunque su titularidad continuara siendo objeto de disputa.
Una restitución que tardó años en llegar
Los descendientes de los Lewenstein reclamaron la obra y promovieron acciones legales en Estados Unidos. Finalmente, la Comisión Consultiva alemana para los bienes culturales confiscados por los nazis recomendó en 2023 su devolución.
La comisión consideró que no existían pruebas suficientes para afirmar que Hedwig Lewenstein hubiera autorizado la retirada y venta de la pintura. La Bayerische Landesbank aceptó la recomendación y restituyó la obra después de recibir el respaldo del Parlamento de Baviera.
El caso demuestra uno de los grandes problemas de la investigación de procedencia: la institución que conserva una obra durante décadas puede disponer de documentación sobre sus propietarios más recientes y, aun así, desconocer o no haber resuelto el momento crítico en que cambió de manos.
La continuidad física dentro de una colección importante no limpia automáticamente la procedencia. Un museo puede exponer durante medio siglo una obra cuyo título de propiedad depende de una venta realizada bajo ocupación, persecución o coacción.
Vender una obra restituida no anula la reparación
La decisión de los herederos de llevar el Kandinsky a subasta puede generar una objeción recurrente: si la familia vende el cuadro, ¿realmente luchaba por recuperar su memoria o solamente por obtener su valor económico?
El planteamiento confunde restitución con obligación de conservar. Devolver una obra significa restablecer el derecho de sus legítimos propietarios o de sus descendientes a decidir sobre ella. Esa decisión puede consistir en mantenerla, prestarla a un museo o venderla y repartir el resultado entre una familia extensa.
Exigir a los herederos que conserven indefinidamente aquello que les fue arrebatado supondría imponerles una condición que no pesa sobre otros propietarios. La reparación no se completa cuando el cuadro permanece en una pared determinada, sino cuando deja de ser otro quien decide por quienes fueron desposeídos.
Además, la investigación ha aportado al Kandinsky una procedencia documentada y pública. Lejos de destruir su valor, la restitución puede reforzar su seguridad jurídica, porque resuelve una reclamación que habría condicionado cualquier futura transmisión.
La subasta medirá el valor de la obra y de su historia
El 14 de octubre no se medirá únicamente la fortaleza del mercado de Kandinsky. También se comprobará hasta qué punto los compradores premian una obra con gran importancia histórica, presencia museística prolongada y una procedencia especialmente sensible pero jurídicamente reparada.
La vida multicolor regresa al mercado después de haber pasado por una familia perseguida, una venta durante la ocupación, un banco público y uno de los principales museos alemanes. Cada etapa ha dejado una huella en el cuadro.
La subasta no cerrará esa historia. Simplemente devolverá a los herederos una facultad que la persecución nazi arrebató a los Lewenstein: decidir libremente cuál será el próximo destino de la obra.
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