La operación militar de las últimas horas en Venezuela no es una invasión de un país contra otro, como parecía en un principio: es un golpe de Estado en toda regla para terminar con el chavismo. El propio Donald Trump, con su famoso tuit para la historia, viene a confirmarlo. Fuerzas estadounidenses han secuestrado a Nicolás Maduro y a su esposa y los mantienen retenidos fuera del país. De ser así, estaríamos ante una operación de gran calado planeada no solo desde fuera, desde Washington y la Casa Blanca, sino también desde dentro. Hablaríamos de la participación de la aviación norteamericana, de comandos de los Delta Force, de los servicios de inteligencia, de la CIA, pero también de un grupo de milicos conspiradores pagados con dólares, del propio ejército venezolano en rebeldía contra el régimen chavista. El silencio de la musa disidente del comunismo bolivariano, María Corina Machado, es elocuente de lo que está sucediendo en Venezuela. Calla y deja hacer.
Aunque las noticias que nos llegan del otro lado del Atlántico siguen siendo confusas, todo apunta a que nos encontramos ante un golpe de Estado con forma de operación militar secreta o encubierta. La audaz acción lleva la firma de los halcones del Pentágono. Ya lo hicieron en el pasado en Chile, en Argentina, en Cuba, en Nicaragua, en tantos lugares de la desangrada y paupérrima Latinoamérica. Derrocar regímenes izquierdistas entra en la mejor tradición del conservadurismo yanqui. Y con el trumpismo neofascista y sin complejos en el poder, y gobernando ya de forma autoritaria, nadie en su sano juicio podía esperar que Venezuela se salvara de los planes orquestados por los generalotes de la plana mayor yanqui.
Estamos, sin duda, ante una aberración militar y política que solo podía salir de la cabeza de un millonario malcriado y caprichoso con mentalidad de niño de siete años, un hombre narcisista e inmaduro que gestiona el planeta como una agencia inmobiliaria. El magnate norteamericano gobierna el mundo no desde la racionalidad, la sensatez y el sentido común conforme a los intereses de su país. Es un tipo impulsivo y bravucón capaz de montar una guerra sangrienta y de poner todo un continente patas arriba solo porque esa mañana se levanta contrariado y con acidez de estómago tras una fiesta de esmoquin y orinal hasta altas horas en su lujosa residencia de Mar-a-Lago. Trump abre las puertas del infierno como ese mocoso enrabietado y travieso que va dando portazos en su casa sin reparar en que puede romperlo todo. Lo que ha ordenado hoy, el golpe militar contra el chavismo, altera el tablero geoestratégico en la ya convulsa Sudamérica. Habrá un antes y un después. Rusia ya ha condenado el ataque (habrá que ver qué hay de verdad y qué hay de postureo en el comunicado de Putin, uno de los amigotes del oligarca neoyorquino que babea de gusto al ver vía libre para terminar de destruir y someter Ucrania). Y a China la maniobra venezolana hecha con nocturnidad, alevosía y premeditación le da la excusa perfecta para invadir Taiwán.
El recién nacido año 26 abre el telón del escenario internacional con el sonido de los tambores de guerra y el zumbido de las bombas cada vez más estruendosos. Todo forma parte ya de una aberrante ceremonia del delirio y la confusión, la salida de la psique perturbada de un tipo a quien un analista de este periódico calificaba, no hace mucho, como el líder político más peligroso que haya visto el mundo desde los tiempos de Hitler. A esta hora, Caracas (una ciudad con más de tres millones de habitantes) se debate entre la anarquía y el pánico de la población. ¿Quién gobierna en Venezuela, dónde está Maduro, por qué calla María Corina, la abanderada de esta paz sangrienta? Tras el abrupto derrocamiento del chavismo se abre un período incierto. Anarquía, vacío de poder, probablemente enfrentamientos civiles entre bolivarianos y opositores. Quizá la guerra civil. Y todo por el manotazo veleidoso de un ricacho obsesionado con el golf y las ninfas de su sucio socio, el pederasta Epstein.
Hace solo unos días, Nicolás Maduro le tarareaba a Trump aquella provocación tan cachondona de “No War, No Crazy War, Yes Peace…”, mientras movía sus sabrosonas caderas a ritmo de merengue y bachata. Se acabó la fiesta. El gorila rubio ha montado en cólera y no le ha perdonado el pitorreo bananero con el Tío Sam. Apenas unas semanas después, Trump se ha sonado los mocos con el clínex del Derecho internacional, ha levantado el Teléfono Rojo para comunicarle a su cómplice ruso la decisión y ha dado el código rojo a sus marines para derribar el frágil mecano tardocomunista venezolano. Es el retorno a la doctrina Nixon, o sea ley de la jungla y sálvese quien pueda. Nadie en el planeta estará a salvo de los sirocos de este ricacho de Manhattan con ínfulas de premio Nobel. Hoy es Venezuela, mañana invadirá el Canadá para anexionárselo o entrará en Groenlandia y sus preciadas tierras raras como ese buscador de oro de las películas del Oeste que toma el saloon de Alaska, pistola en mano, para sembrar el terror en la ciudad sin ley. Delcy Rodríguez pide a la Casa Blanca una “prueba de vida” para confirmar que el presidente y su esposa están vivos. Los vejestorios embajadores de la ONU se reúnen para representar la consabida farsa del Consejo de Seguridad. Y Bruselas tiembla con una escalada que traerá más guerra a Ucrania y, quién sabe si la invasión rusa de las repúblicas Bálticas o Moldavia, por donde anda nuestro Alejandro M. Gallo preparando uno de sus trepidantes reportajes para Diario16 (cuidado con los espías rusos, maestro). Todo el mundo pendiente del próximo tuit de Trump y de quién será el elegido como títere, el Pinochet venezolano. Ya suena el nombre del traidor. La distopía orweliana/trumpista era esto.