Dentro de apenas un año, el 3 de noviembre de 2026, tendrán lugar las próximas elecciones de medio mandato en Estados Unidos. Ese día se renovarán los 435 escaños de la Cámara de Representantes; 35 de los 100 escaños del Senado y 39 gobernaciones en estados y territorios. Y Donald Trump no lo tiene claro. Su índice de popularidad está por los suelos, la economía de Estados Unidos no termina de despegar y el viejo eslogan Make America Great Again queda muy lejos de hacerse realidad. Trump llegó al poder con la demagogia de que haría un país más rico, más fuerte, más poderoso. Nada de eso se vislumbra en el horizonte y las elecciones de noviembre pueden suponer un serio revés para el magnate neoyorquino. Ese bajón explicaría la enloquecida y desesperada operación militar del pasado fin de semana en Caracas, donde las fuerzas especiales estadounidenses al mando de Trump secuestraron al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores. Ambos duermen ya en la prisión neoyorquina de Brooklyn a la espera de pasar a disposición judicial por conspiración contra EEUU con el narcotráfico y el terrorismo.
Ningún gobernante en su sano juicio hubiese ordenado un ataque similar contra las normas elementales del Derecho internacional. Ningún gobernante salvo que se sienta a punto de perder el poder. Ese es Trump, que en las últimas horas ha visto aumentar sus índices de popularidad merced a un operativo militar que no es más que una campaña de imagen y propaganda a mayor gloria del magnate neoyorquino. El inquilino de la Casa Blanca ha puesto sobre la mesa dos grandes justificaciones para invadir Venezuela: la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico y el avance del comunismo en Latinoamérica de la mano de China. Pero en realidad solo ha habido un gran factor o causa: un golpe de efecto para recuperar la confianza de los norteamericanos, un tanto hartos de la incompetencia de la Administración Trump. Ya se sabe que cuando un dictador está en problemas monta una guerra en algún lejano país para desviar la atención de lo importante, que no es otra cosa que la situación económica de la primera potencia mundial, que sigue siendo más bien precaria y deficiente. América no es grande otra vez, tal como prometió Trump en campaña, y el pueblo, pese a las promesas patrióticas del ultra republicano, sigue sin ver la luz al final del túnel. La demagogia trumpista/populista ha fracasado, pero ahí estaba el malvado Maduro para hacer las veces de villano y que el señor de Mar-A-Lago pudiese aparecer como el gran héroe victorioso en los telediarios de la Fox, la cadena amiga de televisión.
Ahora bien, ¿está en riesgo el poder de Trump en esas elecciones denominadas midterms o de medio mandato? La evidencia disponible sugiere que sí existe un riesgo real para él, aunque no es un escenario cerrado. Varias dinámicas están en juego, entre elllas la posibilidad de perder el control del Congreso. Históricamente, el partido del presidente suele dejarse escaños en las elecciones de medio mandato. En 2026, los republicanos tendrán una mayoría muy ajustada en la Cámara de Representantes, lo que aumentará la vulnerabilidad del trumpismo. Si los conservadores pierden la Cámara o el Senado, el margen de maniobra de Trump se reduciría notablemente.
En segundo lugar está la estrategia agresiva para mantener el poder. Trump está intentando evitar ese retroceso mediante varias tácticas: la intervención directa en primarias para colocar candidatos leales; el impulso a la reforma de los distritos electorales que favorezcan a los republicanos, aunque podrían tener efectos imprevistos; y el uso intensivo del poder presidencial, desde presiones institucionales hasta acciones ejecutivas. Estas maniobras muestran que la Casa Blanca percibe un riesgo significativo. Estados Unidos sigue siendo un país en decadencia y Trump no está sabiendo enderezar el rumbo. Sus aranceles como castigo a medio mundo no han hecho más que agudizar la crisis interna, mientras los datos de inflación, pérdida de poder adquisitivo y costes de la vida, que han afectado a su popularidad incluso entre los más fieles votantes republicanos, se disparan de forma alarmante. En ese contexto, aumenta la preocupación de las autoridades electorales por posibles interferencias, irregularidades e incluso pucherazos en las elecciones de noviembre, lo que añade tensión al proceso.
Entre tanto, las encuestas aseguran que si la percepción pública del debilitamiento del liderazgo de Trump sigue deteriorándose, el equilibrio de poder en Washington podría cambiar drásticamente. Así las cosas, el presidente busca golpes de efecto para relanzar su figura. Y nada mejor que una guerra. Tiene varios planes bélicos por si la cosa se tuerce. Atacar Venezuela por segunda vez e incluso bombardear Irán. Al Gobierno iraní le ha advertido de que acudirá al rescate de la población “si dispara y asesina a manifestantes pacíficos”, después de que al menos seis personas, entre ellas un agente, murieran en los enfrentamientos que se produjeron el pasado jueves durante el quinto día de protestas que se celebraron en varias partes del país.
“Si Irán dispara y asesina violentamente a manifestantes pacíficos, como es su costumbre, Estados Unidos acudirá a su rescate”, ha escrito Trump en Truth Social, su personal altavoz en redes sociales, desde donde ha advertido de que están “listos y preparados para actuar”. ¿Le ha entrado de repente el fervor por la democracia al magnate neoyorquino? No parece. La advertencia parece tener más que ver con su difícil situación política. Cuando hay nervios en la Casa Blanca, Oriente Medio tiembla.
