La política internacional atraviesa una fase incómoda: no está dominada por grandes ideologías, sino por una división más cruda entre quienes ejercen el poder sin complejos y quienes asumen la impotencia como una virtud cívica. Los primeros se presentan como ganadores; los segundos, aunque prefieren llamarse ciudadanos pacíficos y respetuosos de la ley, funcionan en la práctica como seguidores silenciosos. En tiempos de guerra esa diferencia deja de ser semántica: se convierte en destino.
Los ganadores no son mayoría. Nunca lo han sido. Pero concentran recursos, patrocinadores y una narrativa simple: el mundo pertenece a quien se atreve a tomarlo. En este ecosistema, la contención moral no es una virtud, sino una debilidad; el derecho internacional, un estorbo; y la protesta silenciosa, una confirmación de impunidad.
Trump, el poder sin pudor
Donald Trump encarna como pocos esta lógica desnuda del poder. Su estilo no es errático, aunque así lo parezca. Es performativo. Insulta, amenaza, bombardea, renombra, se contradice y vuelve a amenazar. La incoherencia es parte del método: desorienta a aliados, desgasta a adversarios y normaliza lo excepcional. Trump no busca consenso; busca sumisión o transacción.
En política interior, su deriva es clara: concentrar coerción y desmantelar contrapesos. Militarizar ciudades, deportar sin garantías, premiar la lealtad personal y castigar la disidencia no son excesos accidentales, sino mecanismos clásicos de poder duro. La transformación del Estado en un aparato policial selectivo no requiere abolir elecciones: basta con vaciar de contenido las instituciones que protegen derechos.
En política exterior, la lógica es aún más transparente. Venezuela se ha convertido en un laboratorio. Bajo la narrativa de la lucha contra el narcotráfico y el autoritarismo, Estados Unidos ha intensificado operaciones militares en aguas internacionales, incautado petroleros y ejecutado ataques con decenas de muertos. Caracas habla de piratería; organismos internacionales hablan de ataques sistemáticos contra civiles en tiempos de paz. Washington habla de intereses estratégicos.
El secuestro de Nicolás Maduro para juzgarlo en Nueva York (un acto de agresión sin precedentes en las relaciones interamericanas recientes) confirma la tesis central: el derecho deja de ser un límite cuando el poder se siente lo suficientemente fuerte. El petróleo venezolano, antes demonizado, vuelve a ser objeto de deseo. La moral cambia cuando cambian los incentivos.
Europa: el miedo como política industrial
Mientras tanto, Europa vive atrapada en su propia profecía. Rusia ha invadido Ucrania y ha atacado infraestructuras digitales europeas. Eso es un hecho. Pero la respuesta europea ha ido más allá de la disuasión: ha convertido el miedo en política estructural. Se recortan presupuestos sociales mientras se acelera la producción de armamento. La guerra futura se da por hecha; la preparación para evitarla, no.
Mark Rutte, al frente de la OTAN, personifica esta lógica burocrática del conflicto permanente. La Alianza Atlántica necesita amenazas para justificar su existencia; sin ellas, su maquinaria pierde sentido. El soldado profesional sin guerra es, en términos funcionales, irrelevante. Así, la acumulación de armas se convierte en un fin en sí mismo.
Trump observa este proceso con ambivalencia. Por un lado, admira a Putin como jugador de poder. Por otro, se frustra porque el conflicto ucraniano le impide presentarse como pacificador global y aspirar a su ansiado Premio Nobel. Si Rusia aceptara un acuerdo, la narrativa del rearme europeo se debilitaría y los fabricantes de armas estadounidenses perderían un mercado clave. Trump debe elegir entre la gloria simbólica y el beneficio material. No es una decisión sencilla, pero su historial ofrece pistas.
África y América Latina: recursos, no derechos
En África, la retórica humanitaria vuelve a encubrir intereses clásicos. Los bombardeos en Nigeria, justificados como protección a comunidades cristianas frente al extremismo, coinciden con una Estrategia de Seguridad Nacional que define el continente como reserva de materias primas y potencial económico sin explotar. La seguridad es el lenguaje; el acceso a recursos, el objetivo.
La lista de posibles objetivos se amplía: Colombia, México, Cuba, Irán, incluso Groenlandia. La amenaza se convierte en instrumento diplomático. La ONU protesta; líderes mundiales denuncian crímenes de guerra. Pero el silencio social persiste. La pregunta incómoda no es por qué Trump actúa así, sino por qué el coste político interno sigue siendo tan bajo.
Israel, Gaza y la abolición del derecho
El caso de Israel y Gaza completa el cuadro. Estados Unidos y la Unión Europea sostienen militarmente a Israel incluso mientras tribunales reconocen el riesgo grave de genocidio. Los negocios continúan. Las armas fluyen. El derecho internacional se invoca retóricamente, pero se relativiza en la práctica.
La decisión del Tribunal de Apelación de La Haya de reconocer el riesgo de genocidio y, aun así, conceder discrecionalidad total al gobierno neerlandés en materia de exportación de armas marca un punto de inflexión inquietante. El mensaje es claro: el derecho internacional existe, pero no obliga cuando colisiona con intereses estratégicos.
El silencio como coartada
En Gaza, en Ucrania, en Venezuela, en Sudán, los soldados avanzan y las bombas caen. No porque no existan normas, sino porque no existen costes suficientes para violarlas. Los ganadores actúan; los perdedores callan. Y el silencio, en geopolítica, no es neutral: es habilitante.
La democracia no muere solo por golpes de Estado. También se debilita cuando las sociedades aceptan que no se puede hacer nada. Si los ciudadanos no encuentran voz el orden basado en normas se convierte en una ficción útil solo para los débiles.
La exigencia mínima no es idealista: respeto a la Carta de la ONU, al derecho internacional y al sentido común. Putin y Netanyahu han sido señalados por crímenes de guerra. Si el principio es universal, no selectivo, la lógica conduce a una conclusión incómoda pero inevitable: Donald Trump no puede ser una excepción.
El mundo según los ganadores es un lugar brutal, pero coherente. El problema no es que exista. El problema es que demasiados han aceptado vivir en él sin resistencia.