La guerra deja de ser una abstracción lejana para la gran mayoría de las familias trabajadoras de los Estados Unidos cuando empieza a rascar el bolsillo. Ese momento ha llegado, y no avisa, se ve directamente en el marcador de la gasolinera.
El diésel supera ya los 6 dólares por galón. Antes de Donald Trump, estaba a 3,71. Estamos hablando de un subidón de más del 60%. Y no, esto no es solo un problema para los cuatro que conducen un coche a gasóleo. El diésel es el verdadero motor silencioso de la economía norteamericana.
Miren a su alrededor. El pan que compran, la ropa de los niños, las manzanas del supermercado... todo ha llegado hasta ahí subido a un camión diésel. Todo se ha cosechado o fabricado con maquinaria que bebe diésel. En 2025, el transporte estadounidense devoraba unos 123 millones de galones diarios. Si el combustible sube, el sablazo no se queda en el surtidor: se traslada, como una onda expansiva, a toda la cadena de consumo. Es un impuesto de guerra en toda regla.
Un impuesto invisible que no lleva el sello del IRS ni aparece detallado en las partidas millonarias del Pentágono. Pero los trabajadores lo pagan igual. Lo pagan en el recargo del flete, en el ticket de la compra, en el coste de los materiales de obra y, al final del camino, en la cifra de inflación. Las cuentas más recientes estiman el golpe extra en unos 46.000 millones de dólares para el conjunto del país. Unos 350 dólares de media por hogar. Eso, sumado a los 38.000 millones que el conflicto ya ha costado de forma directa en el frente militar.
Desde la Administración Trump dicen que la intervención contra Irán es por la seguridad de los estadounidenses. Ya. Pero resulta que la seguridad energética también forma parte de la seguridad nacional... y la estrategia de Washington ha terminado por convertir el mayor embudo petrolero del planeta en un polvorín insostenible.
Desde que arrancaron los combates a finales de febrero, el estrecho de Ormuz está prácticamente paralizado. El 14 de septiembre apenas cuatro cargueros consiguieron cruzar el paso. Antes de la contienda pasaban unos 125 al día. A los mercados les da igual quién gane el relato o la rueda de prensa en la Casa Blanca; lo que les importa es si los barcos pueden navegar, si las aseguradoras cubren el riesgo y si las refinerías tienen crudo para procesar.
Por si fuera poco, Trump ha decidido estrangular el suministro. Tras anunciar que las exportaciones iraníes habían caído a cero en agosto, las fuerzas armadas terminaron hundiendo cinco petroleros de Teherán en plena escalada. La respuesta de Irán no se hizo esperar, atacando la navegación comercial en la zona y volviendo a catapultar el barril de Brent por encima de los 100 dólares. Aumentar el riesgo geopolítico nunca ha servido para bajar el precio de la gasolina. Y aquí es donde la postura de Trump entra en una contradicción difícil de sostener.
Hace solo unos días, Trump pedía abiertamente a Ucrania que dejara de atacar las refinerías rusas porque esos bombardeos reducían la oferta global de diésel. Y no le falta razón: los ataques a la infraestructura rusa duelen en un mercado que ya iba muy ajustado de reservas. Pero ese principio tendría que valer para todos, ¿no?
Si atacar la infraestructura energética está mal porque encarece la vida a todos, la misma lógica debería aplicarse a bloquear el petróleo iraní, hundir buques en el Golfo Pérsico o convertir Ormuz en una zona de combate. No puedes quejarte de que Ucrania supuestamente tensiona el mercado del diésel porque ataca al país del oligarca que pagó la boda de su hijo y, al mismo tiempo, apretar el gatillo militar en Oriente Medio como si no tuviera consecuencias para la economía real.
Los costes fiscales de la guerra se pueden discutir en el Congreso durante meses. El sobrecoste del diésel no espera: se cobra al instante, transacción a transacción. La empresa de transportes no puede negarse a pagar el recargo. El agricultor no puede congelar la cosecha porque el combustible esté por las nubes. Y la madre de familia no puede explicarle al cajero del supermercado que no piensa pagar el encarecimiento de la leche o las verduras solo porque la política exterior se haya complicado.
Obviamente, no todo es culpa del conflicto con Irán. La guerra en Ucrania, los parones en refinerías y la demanda estacional también pesan. Pero precisamente por eso, la diplomacia estadounidense debería dedicarse a apagar fuegos, no a encenderlos en la principal arteria petrolera del mundo.
La efectividad de una política de seguridad no se mide solo por la fuerza que proyectas fuera de tus fronteras, sino por la estabilidad que logras proteger dentro de tu propia casa. Y hoy, con el galón de diésel superando los 6 dólares, la lección está saliendo extraordinariamente cara.
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