Llovía en el condado de Clare (Irlanda). Una de esas lloviznas finas, incómodas, que te calan hasta los huesos mientras recorres los verdes prados de la costa oeste irlandesa. Allí estaba Donald Trump, en mitad del torneo del Irish Open, pisando el césped impecable de su propio campo de golf cuando decidió detener el recorrido. No para hablar de su handicap, no. Sino para soltar un dardo diplomático que dejó a más de uno con la boca abierta... porque era una mentira que sólo buscaba salvar los muebles de cara a las elecciones de mitad de mandato.
En las gasolineras de Estados Unidos la cosa está ardiendo: el diésel ha superado la barrera psicológica de los seis dólares por galón. Una auténtica ruina para el bolsillo del estadounidense medio.
De este escenario Trump no culpa a su guerra contra Irán, que tiene medio Estrecho de Ormuz paralizado y las rutas del petróleo bajo mínimos... Qué va. Para la Casa Blanca, el malo de la película resulta ser Volodymyr Zelenski. O, mejor dicho, la eficacia de los drones ucranianos.
Desde los acantilados de Doonbeg, el mensaje fue claro, casi un ultimátum: Kiev tiene que dejar en paz las refinerías de Putin. «Que ataque objetivos militares, vale, pero que no toque el diésel», vino a decir el magnate. Una exigencia pragmática, sí, pero que busca desesperadamente un chivo expiatorio ante un electorado que echa humo cada vez que llena el depósito. Y, además, casualmente estas palabras se producen tras la visita de su yerno, Jared Kushner, a Vladimir Putin.
Pero vamos a ver... los números no cuadran.
Cualquiera que lleve años pateándose los pasillos del poder sabe que esto huele a maniobra de distracción. De las clásicas. Un veterano diplomático europeo lo confesaba off the record hace solo unos días: Trump y su tropa están nerviosos por las elecciones de noviembre y no saben cómo apagar el fuego que ellos mismos encendieron en Oriente Medio.
Porque seamos honestos... ¿cuánto diésel ruso consume realmente Estados Unidos? Una minucia. Cero coma algo. La verdadera sangría viene del Golfo Pérsico. Pero claro, es bastante más fácil culpar a los drones que vuelan sobre Samara o Volgogrado que admitir que tu estrategia geopolítica está encareciendo la cesta de la compra en Ohio.
Aun así, la maquinaria de propaganda y desinformación se ha puesto en marcha. Secretarios de Estado, responsables del Tesoro, analistas afines... todos desfilando por las televisiones americanas con el mismo guión: "La culpa del diésel caro es de Zelenski". Se olvidan, parece ser, de que golpear la infraestructura energética rusa es prácticamente la única carta fuerte que le queda a Ucrania para que a Moscú le duela el bolsillo tras cuatro largos años de invasión.
Y luego está la otra cara de la moneda: la ilusión de la tregua.
Pedirle a Kiev que deje de bombardear las refinerías de Putin sin exigirle a Rusia que deje de destrozar la red eléctrica ucraniana es, sencillamente, una broma de mal gusto. Un aplazamiento unilateral. Y más cuando en el Kremlin ni se despeinan: el propio Lavrov ya ha dejado claro que la "operación militar" no se frena por muchas charlas de café que haya en Europa.
En fin. Al final del día, lo que vimos en el césped mojado de Irlanda no fue más que la diplomacia del miedo. Un presidente apretado por las urnas intentando apaciguar los mercados a costa del tablero de juego europeo.
Veremos qué dicen los votantes en noviembre. Pero por ahora, la factura de la gasolina la siguen pagando los de siempre... y la política exterior de la Casa Blanca vuelve a enseñar las costuras.
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