La tormenta Kristin transformó ayer el mapa de España en una postal invernal. Nevadas intensas, vientos gélidos y lluvias torrenciales golpearon con violencia a la práctica totalidad de la península, provocando cierres de carreteras, desborde de ríos, inundaciones, caída de elementos arquitectónicos y una sensación de frío extremo poco habitual. Sin embargo, mientras los meteorólogos advertían del carácter excepcional de este fenómeno, desde los altavoces de la extrema derecha política y mediática se amplificaba otra narrativa: la de que el país vive un “invierno normal”, prueba de que el cambio climático es “un invento progresista” o, en el mejor de los casos, “una exageración alarmista”.
La confusión deliberada entre “cambio climático” y “calentamiento global” es una de las estrategias más eficaces del negacionismo climático de los ultras. Ambos términos no son sinónimos: el primero alude a una alteración estructural de los patrones meteorológicos, mientras que el segundo define una tendencia sostenida al aumento de las temperaturas globales medias. Pero en manos de los agitadores climatoescépticos, esa distinción se disuelve intencionadamente para generar duda y desafección. Cuando nieva con fuerza o bajan las temperaturas, los negacionistas encuentran un resquicio mediático para afirmar que “el planeta no se calienta”. Cuando se baten récords de calor, hablan de “ciclos naturales”. En ambos casos, el objetivo es el mismo: desacreditar la ciencia y desarmar el consenso social en torno a la emergencia climática.
En España, la tormenta Kristin sirve de espejo para observar hasta qué punto esta maquinaria discursiva ha penetrado en el debate público. Cadenas de tertulia televisiva, canales de YouTube, Telegram y cuentas de X repitieron como una letanía los mismos mantras: cuestionar los datos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), caricaturizar a los ecologistas como “histerizados” y reencuadrar cada evento meteorológico extremo como una muestra de “variabilidad normal”. Este patrón discursivo, que combina desinformación científica y explotación emocional, no busca explicar la realidad, sino controlar la percepción colectiva del riesgo climático por medio de la negación.
La extrema derecha multimedia ha entendido mejor que nadie la rentabilidad política de la confusión. Los memes, los titulares sensacionalistas y los vídeos descontextualizados funcionan como cápsulas virales capaces de implantarse en la conversación digital diaria. Entre un tuit sarcástico y una columna pseudoescéptica, la diferencia entre ciencia climática y opinión política se diluye. El resultado es un espacio informativo donde la crisis ambiental deja de ser un desafío estructural y se convierte en un campo de batalla ideológico.
El negacionismo climático no se sostiene por datos, sino por emociones. La afirmación de que “nada está pasando” ofrece un refugio psicológico. A diferencia de la ciencia, que exige asumir la gravedad del problema y transformar hábitos, el discurso negacionista exime de responsabilidad: culpa a “el lobby verde”, al “Gobierno globalista” o a “la Agenda 2030”. Todo menos mirar el propio comportamiento o reconocer la magnitud del desafío.
Lo preocupante no es solo la falsedad empírica, sino su eficacia política. La confusión entre clima y meteorología debilita la capacidad del Estado para generar consenso en torno a políticas de adaptación. Mientras los expertos piden inversiones en energías limpias, infraestructuras resilientes y educación ambiental, los negacionistas articulan una narrativa emocionalmente más sencilla: “si hace frío, no hay calentamiento global”.
Las nevadas de la tormenta Kristin no refutan el calentamiento del planeta, lo certifican. Un clima alterado implica mayor frecuencia de extremos meteorológicos, tanto olas de calor como borrascas destructivas. Sin embargo, reconocer esta relación exige un grado de alfabetización climática que el ecosistema mediático actual controlado por los ultras no siempre promueve.
Una parte del país sigue atrapada en la ilusión de que el cambio climático es una ideología y no una realidad física. En ese vacío cognitivo, alentado por la extrema derecha política y mediática, germina el peligro de que una sociedad confunda el tiempo con el clima y el debate con la evidencia.
Defensa científica frente al negacionismo
Ante la creciente presencia del negacionismo climático en la arena política y mediática, el Gobierno de España ha adoptado una estrategia de contención que combina comunicación científica, políticas públicas y educación ambiental. El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) ha redoblado sus esfuerzos por explicar de manera didáctica la diferencia entre tiempo y clima, impulsando campañas institucionales que buscan contrarrestar la desinformación con evidencia verificable.
La ministra de Transición Ecológica ha subrayado en repetidas ocasiones que “los fenómenos extremos son la nueva normalidad climática”. Su afirmación, respaldada por informes del IPCC y de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), busca neutralizar los mensajes que equiparan un temporal aislado con la supuesta inexistencia del cambio climático. Una ola de frío o una nevada excepcional no contradicen la tendencia global de calentamiento, sino que forman parte de un sistema atmosférico cada vez más inestable debido al aumento de la temperatura media del planeta.
La AEMET ha pasado a ocupar un papel casi pedagógico, difundiendo en sus redes sociales explicaciones sobre la diferencia entre variabilidad meteorológica y tendencia climática, y contextualizando cada episodio de frío o lluvia bajo el marco de un cambio climático amplificador de extremos. Su estrategia no busca polemizar, sino acercar la ciencia al lenguaje público, un esfuerzo que contrasta con la lógica emocional que domina en los discursos negacionistas.
El Gobierno español, consciente de que la batalla climática es también una batalla narrativa, ha incorporado esta dimensión en su Estrategia Nacional de Educación Ambiental y Comunicación del Cambio Climático. Desde 2025, los planes educativos y las campañas digitales se orientan a reducir la vulnerabilidad social ante la desinformación climática, combinando datos científicos con una narrativa empática que refrenda el concepto de seguridad climática como parte de la seguridad nacional y social.
No obstante, los expertos advierten que la eficacia institucional tiene límites. En una esfera mediática sobresaturada y polarizada, cada mensaje científico compite con el ruido político amplificado por los algoritmos de las redes sociales. Por eso, varios investigadores del CSIC y de la Universidad Complutense abogan por una alianza cívico-científica que integre a periodistas, docentes y creadores de contenido para reconstruir la confianza pública en la ciencia y en las instituciones. La educación, argumentan, es la vacuna más eficaz contra la manipulación que convierte una tormenta en un arma ideológica.
Con cada episodio extremo, España pone a prueba no solo su infraestructura frente al frío o la lluvia, sino su resiliencia democrática frente a la desinformación climática. Mientras la extrema derecha mediática predica el negacionismo, la AEMET y el Gobierno tratan de preservar un principio básico: que una sociedad informada es una sociedad más capaz de adaptarse. En el terreno climático, como en el político, la claridad científica se ha convertido en un acto de resistencia democrática.
La comparación europea muestra que España no está sola en la batalla entre ciencia climática y narrativa negacionista, pero sí comparte patrones y dilemas con otras democracias avanzadas.
Europa ante el negacionismo climático
En Francia, los episodios extremos se han convertido en un laboratorio político y comunicativo. Tras olas de calor históricas, el Gobierno y Météo-France han pasado de hablar de “coyunturas excepcionales” a integrar abiertamente el cambio climático en el parte meteorológico diario. El primer ministro francés llegó a describir estos eventos como una “nueva normalidad climática”, ligando la subida de temperaturas a la necesidad de adaptación estructural en salud, urbanismo y energía. La televisión pública, por su parte, ha incorporado gráficos que comparan temperaturas actuales con medias históricas, convirtiendo la evidencia científica en un elemento rutinario de la información.
En Alemania, la combinación de inundaciones devastadoras y olas de calor ha llevado al Gobierno federal y al Deutscher Wetterdienst (DWD) a reforzar una estrategia centrada en la comunicación de riesgos y la adaptación. Tras las graves inundaciones de 2021, la ministra de Medio Ambiente afirmó que “el cambio climático ha llegado a Alemania”, vinculando directamente la catástrofe con el calentamiento global. Desde entonces, Alemania ha apostado por sistemas de alerta temprana de alta resolución, aplicaciones móviles de avisos meteorológicos severos y una narrativa pública que combina protección civil, resiliencia y reducción de emisiones.
En este contexto, la respuesta española a la tormenta Kristin se sitúa en una posición intermedia. La AEMET ha fortalecido sus sistemas de aviso y ha reforzado el discurso técnico sobre borrascas extremas, explicando fenómenos como el efecto Fujiwhara y la intensificación de lluvias y vientos. Sin embargo, el ecosistema mediático español ofrece un terreno especialmente fértil para la polarización climática, lo que obliga al Gobierno y a los científicos a competir con un ruido negacionista que en Francia y Alemania, aunque existe, tiene menos peso en la agenda institucional central.
La comparación europea revela un punto clave: donde el relato oficial integra sin ambages el vínculo entre eventos extremos y cambio climático, el margen para el negacionismo político y mediático se reduce. En cambio, cuando las instituciones vacilan o comunican en clave puramente técnica, los actores extremistas aprovechan el vacío semántico para imponer una lectura ideológica del clima. En ese cruce se sitúa hoy España, con la tormenta Kristin como ejemplo de choque entre meteorología explicada y clima manipulado.