Todos los partidos cazan el voto poniendo dianas en la nuca de los periodistas

De la ultraizquierda a la ultraderecha, pasando por la cúpula de los grandes partidos, la estrategia para movilizar a las masas antes de las urnas consiste en acosar a comunicadores en redes sociales para arañar interacciones en la máquina del odio

14 de Octubre de 2026
Guardar
La Agrupación de Periodistas de UGT exige proteger la libertad de prensa frente a la IA y la guerra

Los viejos manuales de telegenia y oratoria parlamentaria han terminado en la trituradora de papel. Ya no importan las propuestas programáticas ni el tono de Estado. A menos de dos meses para la cita con las urnas, la prioridad de los departamentos de comunicación política se reduce a una ecuación tan simple como perversa: alimentar el monstruo de la polarización en redes sociales para lograr el ansiado premio del alcance masivo.

Ahí está el veneno. Para conseguirlo, la clase política española en su conjunto, desde la ultraizquierda hasta la ultraderecha, pasando por los partidos tradicionales, ha encontrado a su víctima perfecta. La orden es clara: acosar a periodistas en redes sociales y señalar a comunicadores críticos para encender a las huestes digitales. La cacería no discrimina siglas ni tribunas. La dinámica responde a un incentivo estructural: la arquitectura de las plataformas premia el fango, el insulto y la deshumanización. Un ataque ad hominem a un informador profesional genera respuestas, indignación, adhesiones ciegas y, en cuestión de minutos, millones de reproducciones.

Las plataformas de mensajería y los perfiles oficiales han mutado en trincheras donde se ataca la reputación personal o la vida privada de cualquiera que atente contra la doctrina de partido, convirtiendo la deliberación pública en un vertedero donde la desinformación es la moneda de cambio.

Señalamiento ideológico e intrusión en la vida privada

El salto cualitativo registrado en los últimos días expone la degradación sin frenos del debate democrático. Cuando las cuentas oficiales de las formaciones políticas se dedican a rebuscar en la hemeroteca personal de comunicadores o tertulianos para difundir vídeos de su juventud, no estamos ante un simple choque de opiniones o un ejercicio de fiscalización al trabajo periodístico.

Se trata del acoso a periodistas en España convertido en política institucional de campaña, una estrategia deliberada de intimidación diseñada para amedrentar al discrepante y avisar al resto del gremio sobre los costes de disentir.

Los testimonios de los y las profesionales afectadas revelan la cara más amarga de este modelo de agitación digital. El señalamiento desde perfiles con millones de seguidores desencadena de inmediato una ola de agresiones verbales, amenazas explícitas y ciberacoso perpetrado por hordas de cuentas anónimas. El mensaje que la política transmite al periodismo es tan transparente como mafioso: si osas opinar, analizar o ironizar sobre nuestros líderes, la maquinaria del partido hurgará en tu intimidad para destruirte públicamente. En este terreno, la retórica del "a esto se viene llorado" encubre la sustitución del debate de ideas por el matonismo de teclado.

El negocio del algoritmo

Para entender por qué los gabinetes de comunicación han cruzado todas las líneas rojas hay que mirar hacia la ingeniería informática que domina la atención pública. Los algoritmos de la economía de la atención están diseñados para primar el contenido hiperventilado. La bronca, el ataque al rival y el descrédito de la prensa tradicional son los combustibles que maximizan el tiempo de permanencia del usuario en las aplicaciones. Las formaciones extremistas, tanto en el flanco de la ultraizquierda como en el de la extrema derecha, descubrieron hace tiempo que denigrar el trabajo de los reporteros es el camino más directo para deslegitimar cualquier contrapoder y derivar el tráfico hacia sus propios canales de propaganda.

Con más de la mitad de la población utilizando las plataformas digitales como vía principal de acceso a la actualidad, los partidos se lanzan a la cacería de la interacción a cualquier precio. La polarización en redes sociales no es un efecto colateral no deseado; es el objetivo central de las direcciones de partido. Se busca la viralidad instantánea para colonizar los grupos de mensajería privada de amigos y familiares, donde los mensajes incendiarios circulan sin filtro ni verificación periodística posible. Si en ese proceso se destruye la reputación de una profesional o se mina la credibilidad del sistema informativo, el coste se considera un mero daño colateral en la hoja de ruta hacia la victoria electoral.

La prensa en la diana

El ataque sistemático contra los profesionales de la información forma parte de un fenómeno global de degradación institucional. Al desacreditar a la prensa libre, la clase política persigue eliminar el papel del periodismo como filtro crítico y fiscalizador del poder. Ministros, portavoces de la oposición, diputados de extremos opuestos y ejércitos de voluntarios digitales coinciden en la misma cruzada: destruir la confianza de la ciudadanía en los medios tradicionales para que solo consuman el relato prefabricado en las alcantarillas de sus gabinetes.

Expertos en comunicación política y sociología digital advierten de que una campaña sustentada en la difamación y el acoso personal deja heridas profundas en la convivencia ciudadana. Cuando la contienda electoral se transforma en una bacanal de señalamientos, el ciudadano pierde la capacidad de distinguir entre los hechos comprobados y la manipulación más burda. La democracia no puede sobrevivir de forma saludable cuando los partidos renuncian al contraste de argumentos y convierten la violencia verbal contra los periodistas en la principal herramienta de captación de votos.

El imperativo de defender el periodismo libre

El panorama que se atisba en el horizonte de los próximos comicios dibuja una contienda excepcionalmente bronca, donde los límites de la ética pública continuarán saltando por los aires si la sociedad no le pone freno. El constante recurso a las campañas de desinformación política y el ataque sistemático a la libertad de prensa sitúan al electorado en una posición de vulnerabilidad inédita.

Frente a la tiranía del algoritmo que premia la agresión y la mentira, la única respuesta colectiva posible pasa por blindar el rigor periodístico y exigir responsabilidades a las formaciones políticas que utilizan las instituciones para la cacería personal. Si el acoso a comunicadores se consolida como un peaje normalizado en la contienda electoral, el precio que terminará pagando la sociedad será la quiebra definitiva de la verdad y el colapso del propio sistema democrático.

Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo + leído