El terrorismo de extrema derecha se dispara en un 320%

Los atentados de Christchurch, El Paso, Halle o Buffalo no son hechos aislados, sino síntomas de una radicalización que se alimenta de discursos políticos de odio cada vez más normalizados gracias a las redes sociales

14 de Septiembre de 2026
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Boogaloo terrorismo

Durante décadas, el foco de la seguridad internacional se puso en el yihadismo. Era lógico: los atentados de París, Bruselas o Barcelona dejaron una huella imborrable. Pero mientras los servicios de inteligencia mantenían la vista clavada en esa amenaza, otra iba ganando terreno en silencio. Hoy, los datos ya no dejan lugar a dudas: el terrorismo de extrema derecha es una realidad creciente en Occidente, y su expansión corre en paralelo al auge político de formaciones ultraderechistas en Europa y Estados Unidos.

El Índice Global de Terrorismo lo resume con crudeza: en los últimos cinco años, los ataques de extrema derecha han aumentado un 320% en Norteamérica, Europa Occidental y Oceanía. Las muertes causadas por este tipo de violencia se han multiplicado por siete en apenas tres años. No son cifras abstractas. Detrás de cada número hay un nombre, una familia, una comunidad rota. Y detrás de cada ataque hay una ideología que lleva tiempo dejando de ser marginal.

De Charlottesville a Christchurch

El punto de inflexión llegó en 2017, cuando Charlottesville mostró al mundo que el supremacismo blanco ya no se escondía en sótanos digitales. Cientos de jóvenes con antorchas, esvásticas y consignas racistas marcharon por las calles de Virginia. Uno de ellos atropelló a una manifestante. La imagen dio la vuelta al planeta, pero la advertencia no fue escuchada como debía.

Dos años después, Brenton Tarrant entraba en dos mezquitas de Christchurch, Nueva Zelanda, y asesinaba a 51 personas. Su manifiesto, difundido en redes sociales, bebía directamente de la retórica del “gran reemplazo”, una teoría conspirativa que sostiene que las élites están reemplazando a la población blanca con inmigrantes. Ese mismo guion aparecería después en otros ataques, como si se tratara de un manual compartido.

En El Paso, Texas, un joven de 21 años mató a 23 personas en un supermercado Walmart. Su objetivo, según confesó, eran “los mexicanos”. En Halle, Alemania, un supremacista intentó entrar en una sinagoga y acabó asesinando a dos personas. En Buffalo, estado de Nueva York, un hombre armado con un rifle de asalto irrumpió en un supermercado de un barrio afroamericano y mató a diez personas. Todos ellos compartían algo más que el arma: compartían un discurso, una narrativa, una forma de entender el mundo que ya no era fringe, sino mainstream.

El ecosistema digital de la radicalización

La clave está en la red. Las plataformas digitales se han convertido en el principal espacio de reclutamiento y radicalización. Foros como 4chan, canales de Telegram, grupos de WhatsApp y redes sociales alternativas permiten que los mensajes de odio circulen sin apenas control. Allí, los jóvenes no solo consumen contenido: lo producen, lo comparten, lo celebran.

Los servicios de inteligencia lo saben. El CNI en España, el FBI en Estados Unidos o Europol en la Unión Europea han alertado repetidamente de que las redes de extrema derecha operan de forma descentralizada, con células pequeñas y difíciles de detectar. No necesitan una estructura jerárquica. Les basta con un influencer, un manifiesto viral y un seguidor dispuesto a actuar.

En julio de 2026, cientos de miembros de Patriot Front, un grupo neofascista y supremacista blanco, marcharon encapuchados por Washington. En Alemania, el potencial extremista de extrema derecha ha crecido en más de 8.000 personas en el último año, hasta alcanzar casi 60.000 individuos. En Reino Unido, la policía detuvo a 12 personas por un complot terrorista ultraderechista contra un festival islámico. Y en España, grupos como Núcleo Nacional han sido investigados por su vinculación con agresiones racistas y homófobas.

Efecto Trump

No se puede entender este fenómeno sin mirar hacia la política. La retórica de Donald Trump y de líderes de la extrema derecha europea ha contribuido a normalizar discursos que antes eran inaceptables. La obsesión con la inmigración, la demonización de las minorías, la deshumanización de los refugiados y la promoción de teorías conspirativas han creado un clima en el que la violencia parece una respuesta legítima.

Trump no inventó el supremacismo blanco, pero le dio oxígeno. Sus mensajes sobre “invasiones migratorias”, sus dudas sobre los resultados electorales y su ambigüedad a la hora de condenar a grupos neonazis enviaron una señal clara a sus seguidores más radicales. En Europa, formaciones como el Rassemblement National en Francia, AfD en Alemania o Vox en España han llevado al debate público ideas que hace dos décadas habrían sido rechazadas de plano.

El resultado es una banalización del odio. Cuando un político habla de “limpieza étnica” como metáfora, cuando se compara a los inmigrantes con plagas o cuando se presenta a las minorías como una amenaza existencial, se está sembrando el terreno para que alguien, en algún lugar, decida actuar.

Terrorismo ultra, casi al mismo nivel que el yihadismo

El terrorismo ultraderechista no es solo un problema de seguridad. Es un desafío político y moral para las democracias occidentales. Porque mientras los servicios de inteligencia trabajan para desarticular células y prevenir atentados, los partidos políticos siguen compitiendo por el voto de un electorado que, en parte, se siente atraído por mensajes de rechazo al otro.

Europol lo deja claro en sus informes: el yihadismo sigue siendo una amenaza, pero el terrorismo de extrema derecha ha ganado terreno de forma alarmante. En 2025, de los 45 ataques terroristas registrados en la Unión Europea, 24 estaban vinculados a la extrema derecha. Y la tendencia no parece reversible a corto plazo.

El terrorismo ultraderechista ya no es una amenaza menor. Es una realidad que exige una respuesta firme, coordinada y, sobre todo, consciente de que el enemigo no siempre viene de fuera. A veces, crece dentro.

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