El sanchismo nunca pierde

El PSOE ya no se equivoca: siempre es culpa de otros. Radiografía de un partido atrapado en la negación electoral

23 de Diciembre de 2025
Actualizado a la 13:33h
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Pedro Sánchez en un acto electoral en Extremadura | Foto: PSOE / Eva Ercolanese

En los partidos longevos, la autocrítica suele funcionar como un mecanismo de supervivencia. En el PSOE, uno de los más antiguos de Europa, ese reflejo parece haberse atrofiado. Tras una cadena de malos resultados electorales la reacción dominante no ha sido el examen interno, sino la racionalización del fracaso. No es casual. Es coherente con un modelo de poder construido en torno a Pedro Sánchez, donde la crítica se ha ido confundiendo progresivamente con la deslealtad.

El fenómeno no se explica solo por el instinto natural de cualquier liderazgo a protegerse. En el PSOE actual, la centralización extrema del control político ha transformado la cultura interna del partido. Lo que antes era discrepancia orgánica ahora se interpreta como una amenaza al proyecto; lo que antes era debate estratégico hoy se percibe como munición para el adversario. El resultado es un partido que pierde elecciones sin perder discursos, pero también sin aprender demasiado de sus derrotas.

Desde Ferraz, la narrativa tras cada tropiezo ha seguido un patrón reconocible. Las derrotas se atribuyen a factores externos: el ruido mediático, la polarización, la extrema derecha, la desinformación, la judicialización de la política o el “contexto internacional”. Rara vez se admite un error de diseño, de liderazgo territorial o de lectura social. La autocrítica, cuando existe, es retórica y cuidadosamente acotada, más destinada a cerrar el debate que a abrirlo.

Este enfoque tiene raíces claras. Pedro Sánchez llegó al poder interno del PSOE tras una rebelión contra el aparato, pero una vez consolidado, levantó un sistema donde la lealtad personal pesa más que la deliberación colectiva. Las listas electorales, los liderazgos autonómicos y la promoción interna dependen en gran medida de la confianza del núcleo dirigente. En ese contexto, cuestionar la estrategia nacional tras un mal resultado no es visto como una aportación, sino como una indisciplina.

La consecuencia es visible en las federaciones territoriales. Tras debacles electorales evidentes las dimisiones suelen producirse tarde, forzadas desde arriba, y se presentan como sacrificios individuales, no como fallos estructurales. El mensaje implícito es claro: el problema está en la ejecución local, nunca en la dirección política central. Así, el partido se protege a sí mismo… a costa de la realidad.

Este clima tiene un efecto paralizante. Dirigentes intermedios, alcaldes y responsables autonómicos aprenden rápidamente que callar es más seguro que disentir. El silencio se convierte en una forma de autopreservación. El debate estratégico se desplaza de los órganos del partido a conversaciones privadas, filtraciones anónimas o, en el peor de los casos, a la resignación. Para una organización que presume de tradición democrática interna, el contraste es llamativo.

Desde una perspectiva más amplia, el problema no es solo orgánico, sino político. La falta de autocrítica impide al PSOE reconectar con sectores del electorado que se han alejado. Cuando un partido explica sus derrotas exclusivamente como malentendidos o injusticias externas, transmite la sensación de no haber escuchado a quienes dejaron de votarlo. La autocrítica no es un ejercicio de flagelación; es una señal de respeto al votante.

El paralelismo con otros sistemas políticos es instructivo. En regímenes altamente personalistas, la crítica interna suele considerarse una amenaza al líder y, por extensión, al proyecto. El sanchismo, entendido no como ideología sino como método, ha importado parte de esa lógica al PSOE: cohesión basada en la disciplina, unidad entendida como uniformidad y estabilidad confundida con inmovilidad.

La paradoja es que este modelo, eficaz para resistir en el corto plazo, puede ser corrosivo a largo plazo. Sin mecanismos de corrección, los errores tienden a repetirse. Sin voces discordantes, las decisiones se empobrecen. Y sin autocrítica, las derrotas se acumulan sin generar aprendizaje.

El PSOE no es un partido condenado al declive. Pero su capacidad de adaptación dependerá de si es capaz de recuperar una distinción esencial para cualquier organización democrática: criticar no es traicionar. Mientras esa frontera siga difuminada, cada nueva derrota electoral no será solo un revés coyuntural, sino una confirmación de un problema más profundo. En política, como en economía, ignorar los indicadores incómodos no los hace desaparecer. Solo los aplaza.

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