Sánchez y la legislatura en defensa propia

El mensaje de Pedro Sánchez a la militancia asume el desgaste del ciclo político y reivindica la continuidad como respuesta frente a una derecha que ha hecho de la deslegitimación su principal estrategia

05 de Enero de 2026
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Sánchez y la legislatura en defensa propia
Pedro Sánchez interviene en la Internacional Socialista | Foto: PSOE

La carta de fin de año enviada por Pedro Sánchez a la militancia socialista no busca tanto levantar el ánimo interno como fijar una posición política. Más que un mensaje de cierre de ejercicio, funciona como una lectura del momento que atraviesa la legislatura, del clima político y de un contexto internacional cada vez más inestable, en el que la fragilidad democrática ha dejado de ser una advertencia teórica para convertirse en un problema tangible.

El punto de partida es una idea ampliamente compartida, incluso entre quienes discrepan del Gobierno: el ambiente político se ha endurecido. No tanto porque la sociedad española haya experimentado un giro ideológico profundo, sino porque el conflicto se ha normalizado como método, el descrédito como estrategia y el ruido como sustituto del debate. Frente a ese escenario, el presidente no promete grandes gestas ni apelaciones épicas. Opta por algo menos vistoso y, a la vez, más exigente: aguantar.

Una interpretación de largo alcance

Sánchez sitúa el momento político fuera de la lógica estrictamente coyuntural. No habla de una crisis puntual ni se refugia en la idea de una legislatura especialmente anómala —aunque lo sea—, sino que encuadra la situación en un marco más amplio: el avance de la ultraderecha en Europa, el debilitamiento del multilateralismo y la creciente banalización del derecho internacional. En ese contexto, España aparece descrita como una anomalía incómoda, gobernada desde una mayoría parlamentaria plural y con políticas que no encajan en el giro conservador dominante en buena parte del continente.

En la carta hay también una defensa explícita de lo que el presidente asume como una gobernabilidad imperfecta. No oculta las dificultades para sacar adelante reformas con mayorías ajustadas ni el desgaste que provoca una legislatura sometida a una presión constante. Pero rechaza una idea cada vez más presente en el debate público: que solo las mayorías absolutas otorgan legitimidad para gobernar. No es tanto una apelación partidista como una reivindicación del parlamentarismo como espacio de negociación, incluso cuando incomoda y ralentiza.

El contraste con la oposición está presente, aunque sin estridencias. Frente a una derecha que, desde el inicio de la legislatura, ha cuestionado la legitimidad del Ejecutivo, Sánchez reivindica la continuidad institucional como un valor democrático en sí mismo. No se trata, sugiere el texto, de resistir por inercia, sino de evitar que la política quede reducida a una sucesión de impugnaciones sin alternativa real.

Resultados, no consignas

Uno de los pasajes más cuidados es el que recurre a los datos. No como propaganda, sino como argumento de estabilidad. Crecimiento económico, empleo, cohesión territorial o políticas sociales aparecen como un balance que se presenta sin triunfalismo, pero también sin complejos. El presidente asume que los resultados no neutralizan por sí solos el desgaste político, pero insiste en que siguen siendo el principal anclaje de legitimidad del proyecto.

Ese énfasis conecta más con el electorado moderado que con una militancia movilizada. La idea de que el modelo funciona, aunque esté lejos de darse por cerrado, introduce una noción poco habitual en la política actual: la gestión como proceso, no como promesa definitiva.

El texto deja entrever, además, una autocrítica medida. Reconoce que el progreso no ha llegado a todos por igual y que persisten desigualdades estructurales. Pero se distancia de la narrativa del fracaso que la derecha trata de instalar, especialmente desde comunidades donde gobierna el PP y donde las políticas públicas han seguido una orientación distinta.

La derecha como factor de inestabilidad

Las referencias más duras se reservan para el bloque conservador, al que se acusa de haber asumido prácticas propias de la ultraderecha: la desinformación, la erosión institucional y el cuestionamiento del marco democrático. No hay nombres propios, aunque el destinatario político es evidente. Alberto Núñez Feijóo aparece implícitamente vinculado a una estrategia que prioriza el desgaste del adversario frente a la construcción de una alternativa de gobierno.

Aquí la carta no busca persuadir al adversario, sino marcar un suelo interno. No hay apelaciones a la épica militante, sino a la responsabilidad política: completar la legislatura, cumplir el mandato recibido y evitar que la inestabilidad se convierta en norma.

La referencia a Venezuela, Ucrania y Palestina no cumple una función decorativa. Sirve para subrayar que la defensa del derecho internacional y del multilateralismo ha dejado de ser un consenso básico y se ha convertido en un terreno de disputa. En ese escenario, el Gobierno español reivindica una posición que no siempre resulta cómoda, pero que se presenta como coherente con una determinada concepción del orden democrático.

Convicción sin dramatismo

El cierre rehúye la grandilocuencia. No hay promesas de victorias aseguradas ni llamadas a la épica. El mensaje es más sobrio: no renunciar. Ni al mandato, ni a las políticas desplegadas, ni a una idea de país que ha demostrado capacidad de resistencia en un entorno político cada vez más hostil.

Sánchez no se presenta como salvador ni como víctima. Se sitúa, más bien, como gestor de una etapa compleja, consciente de sus límites y de los márgenes reales de la política. En un contexto dominado por el ruido y la polarización, esa elección —persistir sin dramatizar— funciona también como una toma de posición.

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