Rufián pone en cuestión la estrategia del miedo a la extrema derecha

La crítica de Gabriel Rufián al PSOE tras Extremadura señala una grieta estratégica en la izquierda institucional y cuestiona el uso rutinario del miedo como argumento político

22 de Diciembre de 2025
Actualizado el 23 de diciembre
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Rufián pone en cuestión la estrategia del miedo a la extrema derecha

Las palabras de Gabriel Rufián tras las elecciones extremeñas han incomodado más por lo que revelan que por su tono. Cuando el portavoz de ERC afirma que “ya no cuela que viene la ultraderecha” y acusa al PSOE de ejercer una “izquierda de mentira”, no está buscando un choque retórico puntual. Está poniendo sobre la mesa un problema de fondo: la distancia creciente entre el relato del poder y la experiencia material de amplias capas sociales.

El mensaje de Rufián llega en un momento concreto, pero apunta a una dinámica acumulada. El ascenso de Vox en Extremadura, convertido en llave de la gobernabilidad, no puede explicarse solo por la movilización del voto reaccionario ni por la fragmentación del espacio progresista. Hay una responsabilidad política en quienes gobiernan cuando la advertencia constante sobre el peligro ultra se convierte en sustituto de políticas transformadoras perceptibles.

Durante años, el argumento del “mal menor” ha funcionado como dique electoral. Pero su eficacia se erosiona cuando no va acompañada de cambios estructurales visibles en vivienda, empleo, servicios públicos o redistribución. Rufián verbaliza algo que circula desde hace tiempo en sectores de la izquierda social: el antifascismo sin agenda social se desgasta.

El límite del miedo como estrategia

Alertar del avance de la extrema derecha no es ilegítimo. Es necesario. El problema surge cuando ese aviso se convierte en un recurso automático, desvinculado de un proyecto que ofrezca horizonte. La advertencia pierde fuerza cuando quienes la emiten gestionan desde la contención, la moderación permanente o la renuncia anticipada al conflicto con intereses económicos consolidados.

En ese contexto, la frase “ya no cuela” no niega la existencia del riesgo ultra, sino su uso como coartada. Cuando amplios sectores sienten que su vida no mejora, el discurso del miedo deja de movilizar y empieza a sonar defensivo. Y ahí se abre el espacio para que la derecha radical ofrezca identidades cerradas y soluciones falsas, pero emocionalmente eficaces.

Rufián plantea una dicotomía incómoda: autocrítica o barbarie. No es una consigna grandilocuente, sino un diagnóstico político. La falta de revisión interna, de reconocimiento de errores o de límites, alimenta la percepción de que el poder se protege a sí mismo antes que a sus bases sociales.

La crítica a una “izquierda de mentira” no apunta tanto a la retórica como a la práctica. A la distancia entre discursos de justicia social y políticas que, en demasiadas ocasiones, se quedan en la gestión de lo posible sin ampliar ese marco. Esa tensión se agrava cuando el Gobierno comparece tras derrotas electorales con mensajes planos, sin lectura política ni propuesta de rectificación.

Extremadura como síntoma

Lo ocurrido en Extremadura no es un accidente territorial. Es un síntoma de una desafección que no se corrige solo con apelaciones al pasado ni con comparaciones constantes con una derecha peor. La extrema derecha no crece únicamente por lo que promete, sino por lo que otros no cumplen.

La mención positiva de Rufián a la coalición de Podemos e IU apunta a otro elemento relevante: la unidad no como suma aritmética, sino como coherencia política. Allí donde hay proyecto reconocible, incluso en contextos adversos, el electorado identifica una alternativa distinta al repliegue o al cinismo.

El mensaje de ERC incomoda porque rompe un consenso tácito: criticar al PSOE desde la izquierda se interpreta a menudo como facilitar el avance de la derecha. Pero esa lógica defensiva tiene un límite. Silenciar la crítica interna no frena a la extrema derecha; puede alimentarla.

Rufián no habla desde fuera del sistema institucional, sino desde dentro de la mayoría parlamentaria que sostiene al Gobierno. Su aviso no es un gesto de distanciamiento, sino una llamada a redefinir prioridades políticas antes de que el relato del miedo pierda definitivamente su capacidad de movilización.

La cuestión ya no es si “viene” la ultraderecha, sino por qué encuentra terreno fértil. Y esa pregunta interpela, de forma directa, a quienes gobiernan.

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