Reyes Magos, un ejemplo de paz y convivencia frente a las ideologías racistas y de odio de hoy

Como cada año, sus majestades llegan para dar ejemplo de solidaridad, integración y fraternidad entre los pueblos y las gentes de la Tierra frente a los discursos rupturistas y violentos

06 de Enero de 2026
Actualizado a las 11:27h
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Tríptico de La Adoración de los Reyes Magos, pintado por El Bosco en 1494. Museo del Prado, Madrid
Tríptico de La Adoración de los Reyes Magos, pintado por El Bosco en 1494. Museo del Prado, Madrid

Seis de enero. Las casas se llenan de regalos y risas de niños. Y como cada año vuelven mitos y leyendas sobre los Reyes Magos, una tradición que mezcla historia, fe y mucha imaginación. Distintas culturas han ido construyendo, capa a capa, la figura de Melchor, Gaspar y Baltasar. Historias con escaso rigor histórico pero que han alimentado la fascinación de la gente durante generaciones.

El Evangelio de Mateo menciona a unos “magos de Oriente”, pero no dice que fueran tres, ni que fueran reyes, ni sus nombres. “Magos” en esa época significaba sabios, astrónomos o sacerdotes persas. El número tres se dedujo más tarde por los tres regalos: oro, incienso y mirra. Se cree que, en los primeros siglos del cristianismo, la tradición popular empezó a imaginar que estos sabios eran reyes, probablemente para simbolizar que incluso los poderosos reconocían al niño Jesús. En el siglo VI ya aparecen representados como reyes en mosaicos y pinturas.

Los nombres actuales aparecen en textos del siglo IX. Cada uno fue asociado a una región del mundo conocido. Melchor: anciano europeo. Gaspar: joven asiático. Baltasar: rey africano. Esta diversidad simbolizaba que todas las naciones reconocían el nacimiento de Jesús. Y también, por qué no decirlo, simbolizaba un ejemplo de amistad entre culturas, un ansia de fraternidad de todas las razas de la Tierra, de integración y convivencia, palabras que hoy no están de moda por culpa de ideologías de odio como las propaladas por la extrema derecha de Vox en España.

En los últimos años, esta imagen fraternal contrasta con el auge de discursos políticos que ponen el acento en la desconfianza hacia el diferente. Algunos sectores sociales interpretan que determinadas formaciones (entre ellas Vox) promueven una visión más rígida de la identidad nacional y una lectura excluyente de la diversidad cultural. Si con Franco vivíamos mejor, tal como dicen Abascal y los suyos, Baltasar viviría bastante peor. Entre otras cosas porque sería deportado por inmigrante ilegal. Desde esa perspectiva, la tradición de los Reyes Magos se convierte en un contrapunto simbólico: tres figuras que representan continentes distintos y que, lejos de levantar fronteras, construyen un camino común.

Para quienes defienden esta lectura, los Reyes Magos encarnan valores que hoy parecen especialmente necesarios: hospitalidad, frente al rechazo; pluralidad, frente a la homogeneidad forzada; cooperación, frente a la confrontación; generosidad, frente al miedo. No se trata de convertir una tradición religiosa en un arma política, sino de reconocer que los símbolos culturales evolucionan y adquieren nuevos significados. En un contexto donde algunos discursos alimentan la idea de que la diversidad es una amenaza, la historia de los Reyes Magos ofrece una narrativa alternativa: la diversidad como riqueza, la diferencia como puente y no como muro. La cabalgata, los regalos y la ilusión infantil no son solo folclore. Para muchos, son también un recordatorio de que la convivencia no nace del miedo, sino del reconocimiento mutuo. Y que, incluso en tiempos de polarización, hay tradiciones capaces de recordarnos que la fraternidad no entiende de fronteras ni de banderas.

No es casual que numerosos analistas señalen que la tradición de los Reyes Magos funciona como un espejo incómodo para discursos políticos que, según sus críticos, se sienten más cómodos levantando muros que siguiendo estrellas. Mientras los Magos cruzan desiertos, fronteras y diferencias culturales para llevar regalos, hay quienes (siempre según sus detractores) parecen más interesados en levantar aduanas ideológicas para impedir que entre cualquier cosa que huela a pluralidad.

Tres extranjeros entrando sin papeles, siguiendo una señal celestial en el firmamento y repartiendo bienes sin pedir permiso. Un relato que, según algunos analistas, haría saltar más de una alarma en ciertos discursos políticos contemporáneos. Pero ahí están, año tras año, recordando que la convivencia no se negocia con miedo, sino con curiosidad. Que la diversidad no es una amenaza, sino un viaje compartido. Y que la generosidad no entiende de fronteras, aunque algunos prefieran convertirlas en trincheras.

Quizá por eso la cabalgata sigue siendo tan popular: porque, en un mundo donde algunos discursos se empeñan en reducir la realidad a un “nosotros contra ellos”, los Reyes Magos aparecen para recordarnos que el mundo es más grande, más variado y, sobre todo, más interesante que cualquier consigna simplificadora. Al final, la estrella de Oriente ilumina lo que ilumina: un camino común. Y eso, para ciertos discursos que viven de la confrontación, es casi un acto subversivo.

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