“Deja que los tecno-oligarcas ladren, Sancho, es señal de que cabalgamos”. Con este tuit cervantino, Pedro Sánchez ha declarado la guerra a los señores del tecnofascismo planetario. Y de paso se ha ganado millones de adeptos en todo el mundo que odian a Trump y a su lacayo Elon más que a cualquier otra cosa en la vida. El líder socialista recoge la antorcha de la izquierda que ya nadie quería empuñar.
Algunos expertos como la profesora de relaciones internacionales de la Universidad de California Barbara Walter (Cómo empieza una guerra civil: y cómo evitar que ocurra), creen que Estados Unidos se encuentra al borde de una guerra civil. Pero uno cree que la guerra civil no es localizada, americana o yanqui, sino una guerra civil internacional, global, mundial. En cada país se repite la gran fractura que parte en dos las sociedades modernas. Ciudadanos de bien que sienten arcadas ante la imagen de los esbirros del ICE apaleando personas inocentes versus abducidos por la secta MAGA y sus voceros tecnobrós, los nenes gamberros de Silicon Valley. Se trata de una dialéctica histórica que ya no tiene vuelta atrás. Y hay que posicionarse. No importa si uno es español, alemán, hondureño o filipino. Nadie está a salvo de esta distopía enloquecida ideada por un depravado que desnuda a las niñas en Grok cuyo mayor sueño es enviar ricos a Marte. O se está con la auténtica libertad (no la patraña que MAR hace repetir a Ayuso, como un papagayo, cada mañana), o se está con los nuevos tiranos y autócratas. O se está con los valientes de Mineápolis, que caminan codo con codo al son del conmovedor himno de Bruce Springsteen, o con los matones del gánster de Nueva York.
Pedro Sánchez ha leído perfectamente el momento histórico en el que nos encontramos. La encrucijada; la disyuntiva moral. Y ya ejerce de faro y guía. Al igual que le ocurrió a Franklin D. Roosevelt en su tiempo, va camino de ser uno de los presidentes más populares de la historia y uno de los más odiados por ciertos sectores poderosos. Al patriarca honesto de la silla de ruedas muchos empresarios, banqueros y grandes fortunas le echaron las cruces porque impuso regulaciones estrictas a bancos y mercados; porque subió impuestos a los más ricos; y porque aprobó leyes laborales que fortalecían a los sindicatos. Además, impulsó ambiciosos planes y programas sociales para salvaguardar el Estado de bienestar. Todo ello le granjeó el título de “Traitor to his class” (traidor a su clase). El “Me gusta la fruta” de aquellos años. ¿Les suena?
Que todavía haya alguien dispuesto a declarar la guerra a los gigantes/molinos del Gran Hermano fascista mundial, por seguir con el símil quijotesco, resulta encomiable y conmovedor. La batalla de la regulación que el Quijote Sánchez ha emprendido contra las grandes multinacionales –X, antes Twitter, Facebook, Instagram y todo ese estercolero digital–, quedará como la última página gloriosa de un mundo que ya no es porque se desploma entre los fogonazos de la deslumbrante tecnología que nos esclaviza y la crisis galopante de los valores humanos. Ya era hora de plantarle cara a los cuatro millonarios faltones que pretendían someter a las democracias liberales en sus territorios sin ley. Sin embargo, todo apunta a que nos encontramos ante un canto de cisne. Es cierto que algunas noticias dan lugar a la esperanza, como que la Policía de París ha entrado en las oficinas de Elon Musk, por fin, para empapelarlo por sus desmanes. Pero se trata de una partida de ajedrez desigual, ya que al mismo tiempo Jeff Bezos, fundador de Amazon, compra el Washington Post, uno de los periódicos norteamericanos más prestigiosos y echa a la calle a un tercio de la plantilla. Los grandes medios internacionales empiezan a estar en manos de los tecnogolfos. La libertad de prensa agoniza y la voz de la democracia languidece. Sin un cuarto poder fuerte y beligerante, nos quedan cuatro telediarios antes de caer en la oscura edad del feudalismo global que ya anticipó Philip K. Dick en sus futuristas relatos aterradores. El interesado en el tema puede leer Vallekas 2084, la última novela de mi buen amigo Alejandro Gallo, una sarcástica parodia del delirio en el que estamos metidos.
Los golpistas de la prensa ya asentados en sus flamantes despachos afilan sus plumas y organizan campañas de difamación y desprestigio, no ya contra Dirty Sánchez, sino contra los españoles en general (otro síntoma más de racismo supremacista). Los columnistas de The Telegraph cargan las tintas con la peor envidia que la Pérfida Albión destiló contra nosotros, durante siglos, alimentando la leyenda negra de España. Aseguran que tenemos un Estado “paria” e ironizan con que somos el “peor país de Europa”, más penoso incluso que Irlanda, al que detestan por razones históricas obvias.
Los grandes magnates de las tecnológicas se han convertido en los nuevos corsarios británicos al servicio de su Majestad, los Francis Drake de los procelosos océanos de Internet conjurados para hundirnos la prima de riesgo, el PIB y el índice bursátil. No soportan que llegue el oro a Madrid mientras ya no quedan tomates en Londres por culpa del Brexit. La guerra está servida, una guerra injusta en la que tenemos todas las de perder en lo económico, pero todas las de ganar en lo ético y moral (estaremos ya para siempre en el lado bueno de la historia). Si hay que morir por una buena causa, que sea esta.
En ese contexto propio de un cómic de superhéroes y villanos, nos seguimos haciendo la misma pregunta de siempre: ¿con quién van los autodenominados patriotas españoles? Abascal ya se ha pronunciado. Al tuit de Musk sobre Sánchez (“Es un traidor a la gente de España”), al líder ultra le faltó tiempo para hacerle la pelota al magnate: “Sí, y también un criminal corrupto”. Cualquier día el lamebotas de Trump sale en defensa de Epstein, ese que se suicidó o lo suicidaron, quién sabe. Y mientras tanto el PP haciendo seguidismo de la infamia ultraderechista. Pero de la petarda Ayuso ya hablaremos otro día.