Durante muchos años, una parte importante de la cultura laboral española se construyó alrededor de una asociación aparentemente sencilla. Quien pasa más tiempo en su puesto trabaja más y quien trabaja más produce más. La oficina vacía antes que la del jefe podía interpretarse como falta de compromiso, salir a la hora prevista exigía en ocasiones una explicación y prolongar la jornada adquiría un valor simbólico que no siempre guardaba relación con el resultado obtenido durante esas horas.
Los datos económicos empiezan a cuestionar esa manera de entender el trabajo, aunque las costumbres empresariales cambien con bastante más lentitud. España ha superado los 22,4 millones de afiliados a la Seguridad Social en términos desestacionalizados, después de sumar más de 700.000 ocupados durante el último año, y acumula cinco años y medio de crecimiento del empleo. La tasa de actividad se encuentra además en máximos históricos y la temporalidad ha retrocedido con fuerza desde la reforma laboral.
La transformación no significa que todos los problemas del mercado laboral hayan desaparecido. España continúa teniendo una tasa de desempleo elevada en comparación con las principales economías desarrolladas y los salarios reales todavía arrastran parte del deterioro provocado por la inflación. La productividad sigue siendo además uno de los grandes retos estructurales del país y, precisamente por eso, resulta cada vez más difícil sostener que la respuesta consiste simplemente en acumular horas de trabajo.
El Banco de España acaba de publicar un análisis sobre las fuentes del crecimiento desde comienzos de siglo que aporta un dato particularmente interesante. Desde 2013, la productividad total de los factores española ha mantenido una recuperación sostenida y ha crecido por encima de Alemania, Francia, Italia y Países Bajos, con especial dinamismo en las actividades digitales y los servicios profesionales.
La evolución más reciente obliga a introducir un matiz importante. La Fundación BBVA y el Ivie calculan que en el segundo trimestre de 2026 la productividad por hora trabajada aumentó únicamente un 0,3% interanual, frente a cerca del 1% del trimestre anterior. Al mismo tiempo, las horas trabajadas crecieron un 2,8% y más del 60% del crecimiento del PIB procedió de la creación de empleo.
España produce más y emplea a más personas, aunque necesita conseguir que cada hora de trabajo genere más valor. Esa discusión resulta bastante más compleja que contar cuánto tiempo permanece alguien delante de un ordenador.
La productividad no se mide con una silla ocupada
La productividad laboral mide cuánto valor se genera por cada unidad de trabajo y depende de factores que exceden ampliamente el esfuerzo individual: inversión, tecnología, capital disponible, formación, organización empresarial, tamaño de las compañías, innovación y calidad de la gestión.
La propia OCDE advierte de que el PIB por hora trabajada no mide simplemente cuánto se esfuerza una persona, porque intervienen el capital, la tecnología, los bienes utilizados y la eficiencia con la que se organiza la producción. Esta precisión debería resultar evidente, pero buena parte de la discusión laboral española continúa atrapada en una lógica mucho más rudimentaria.
Una empresa que obliga a sus empleados a permanecer diez horas para realizar un trabajo que podría completarse en ocho no es necesariamente más productiva. Puede ser exactamente lo contrario. Si dos compañías obtienen el mismo resultado y una necesita más horas para conseguirlo, la segunda utiliza peor sus recursos.
La cuestión adquiere especial importancia en una economía en la que crecen las actividades profesionales, tecnológicas y digitales, precisamente algunos de los sectores en los que el Banco de España identifica una evolución especialmente favorable de la productividad.
En ellos, el valor de una hora no depende de la cantidad de minutos que una persona permanezca sentada, sino de su cualificación, las herramientas de las que dispone, la organización del trabajo y la capacidad de la empresa para evitar procesos inútiles, duplicidades, reuniones innecesarias o estructuras que consumen tiempo sin añadir valor.
La experiencia europea tampoco permite establecer una relación automática entre jornadas más largas y economías más eficientes. Eurostat calcula que la jornada semanal efectiva media de la Unión Europea fue de 35,9 horas en 2025. Países como Alemania y Dinamarca se situaron en 33,9 horas, frente a las 39,6 de Grecia, aunque estas cifras deben interpretarse con cautela porque incluyen conjuntamente trabajadores a tiempo completo y parcial y las estructuras laborales son diferentes entre países. La comparación sirve, al menos, para desmontar la idea de que prolongar la jornada constituye por sí mismo una política de productividad.
Millones de horas que también forman parte de la economía
España mantiene además otra realidad que resulta difícil encajar en el discurso que identifica tiempo y rendimiento. Los asalariados realizan alrededor de 6,43 millones de horas extraordinarias cada semana y aproximadamente 2,54 millones no reciben compensación, según los cálculos elaborados por CCOO a partir de la Encuesta de Población Activa.
El dato aparece precisamente cuando el Gobierno intenta reforzar el registro horario para convertirlo en digital y facilitar su control por la Inspección de Trabajo. La aprobación se ha retrasado después de las objeciones planteadas por el Consejo de Estado, aunque el Ejecutivo mantiene su intención de sacar adelante la reforma.
El registro no resuelve el problema de productividad, pero introduce una distinción que debería formar parte de cualquier mercado laboral moderno, el tiempo de una persona tiene valor y la empresa debe saber cuánto utiliza realmente.
Esa idea no perjudica necesariamente a la actividad económica. Una organización que necesita recurrir sistemáticamente a jornadas superiores a las previstas puede tener un problema de plantilla, planificación, procesos o distribución de cargas que queda oculto cuando esas horas adicionales se incorporan a la rutina sin coste aparente.
La transformación tecnológica hace todavía más evidente esa necesidad. Automatización e inteligencia artificial permiten ejecutar en minutos tareas que hace pocos años requerían horas, de manera que medir el compromiso profesional exclusivamente mediante tiempo de presencia empieza a resultar incompatible con las herramientas que las propias empresas están incorporando para producir más deprisa.
El reto español no consiste, por tanto, en sustituir una consigna por otra y asumir que trabajar menos horas produce automáticamente mejores resultados. Hay sectores, empresas y actividades con necesidades completamente diferentes, y los datos recientes muestran que el crecimiento de la productividad se está moderando precisamente cuando aumenta con fuerza el volumen de trabajo incorporado a la economía.
La respuesta pasa por inversión, innovación, formación, mejores herramientas, empresas capaces de ganar tamaño y una organización del trabajo que conceda mayor importancia al resultado obtenido que a la capacidad de prolongar una jornada.
España ha conseguido crear millones de empleos y reducir uno de sus grandes problemas históricos, la temporalidad excesiva, aunque todavía necesita avanzar en la siguiente parte de la transformación: conseguir que ese empleo produzca más valor sin asumir que la única forma de lograrlo consiste en añadir horas.
Porque una economía moderna no debería preguntarse únicamente cuánto tiempo trabaja su población. Necesita saber qué consigue producir durante ese tiempo y qué podría hacer de otra manera para conseguirlo mejor.
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