La política después del insulto

Cuando la descalificación sustituye al argumento, la democracia no solo se crispa: también se vuelve menos eficaz y más distante para quienes deberían habitarla

14 de Febrero de 2026
Guardar
La política después del insulto

La política siempre tuvo algo de confrontación —sin ella no existiría el debate—, pero el deterioro del lenguaje público empieza a ser un síntoma institucional. No se trata únicamente de mala educación parlamentaria ni de excesos retóricos en campaña: detrás del insulto hay una forma de entender el poder, la discrepancia y el adversario. Y también una transformación silenciosa de la conversación democrática.

Hay un instante, apenas perceptible, en el que la discusión política deja de ser un intercambio de ideas para convertirse en un duelo de identidades. Ese momento no suele aparecer en los programas electorales ni en los discursos solemnes. Se cuela en los titulares, en las redes, en el tono de las intervenciones y, sobre todo, en la manera en que los partidos deciden dirigirse al otro.

La democracia contemporánea ha aprendido a convivir con el conflicto, pero no necesariamente con la deslegitimación constante. Lo primero es consustancial al pluralismo; lo segundo erosiona el terreno común sobre el que ese pluralismo puede sostenerse.

Un dato reciente ayuda a medir esa fractura: más del 80% de los ciudadanos percibe crispación en el debate público, mientras que una parte creciente declara sentirse poco representada por los partidos. No es una sensación aislada ni un malestar pasajero.

El insulto como estrategia

La política moderna ha descubierto algo que la vieja retórica intuía: el conflicto atrae atención. Cada vez más analistas describen la aparición de dirigentes que construyen su notoriedad sobre el ataque personal antes que sobre la propuesta.

No suelen ser los más influyentes en términos legislativos, pero dominan la conversación pública. Y ese dominio no es inocuo: contribuye a la hostilidad social y alimenta el cinismo hacia las instituciones.

La política deja entonces de ser un espacio para resolver desacuerdos y pasa a funcionar como un escenario emocional.

En ese tránsito ocurre algo más profundo: el adversario deja de ser un interlocutor y pasa a convertirse en un obstáculo moral.

Cuando la discrepancia se vuelve ruptura

La polarización ya no se limita al hemiciclo. En torno a uno de cada siete ciudadanos reconoce haber roto relaciones personales por discusiones políticas, y un porcentaje similar ha abandonado grupos de mensajería por el mismo motivo.

No es solo una fractura ideológica; es una polarización afectiva, un rechazo emocional hacia quien piensa distinto.

La democracia resiste mal ese clima porque necesita vínculos sociales mínimos para funcionar. Sin ellos, el voto se convierte en trinchera.

Conviene detenerse aquí. No todo es ruido ni todo está perdido: la mayoría afirma haber mantenido conversaciones respetuosas sobre política. Pero ese dato, lejos de tranquilizar, introduce una pregunta incómoda: ¿por qué el tono público es más bronco que la conversación privada?

Tal vez porque el insulto es más rentable que el matiz.

La tentación del lenguaje extremo

Los discursos radicalizados simplifican la realidad. Prometen certezas rápidas, dibujan culpables reconocibles y ofrecen una identidad política fácil de habitar. No exigen demasiada reflexión: basta con elegir bando.

Ese mecanismo ayuda a explicar otro indicador inquietante: una minoría creciente de jóvenes acepta la posibilidad de modelos autoritarios en determinadas circunstancias. No es un giro ideológico súbito. Es, más bien, el reflejo de una fatiga democrática que encuentra terreno fértil cuando el debate se degrada.

Porque cuando la política se presenta como guerra permanente, la democracia deja de parecer un sistema imperfecto para convertirse en un sistema inútil.

La responsabilidad del tono

Sería cómodo atribuir este deterioro exclusivamente a las redes sociales o a los algoritmos, pero la raíz es más política que tecnológica.

Los partidos saben que el lenguaje construye realidad. Cuando el insulto se normaliza, se ensanchan los márgenes de lo decible. Y lo que ayer parecía inaceptable se vuelve rutina parlamentaria.

No es solo una cuestión estética —aunque también lo sea—. Es una cuestión institucional.

El lenguaje delimita el perímetro de lo posible.

Gobernar después del ruido

Hay otra paradoja menos comentada: los dirigentes que más elevan el tono suelen necesitar después acuerdos para gobernar. La política contemporánea obliga a pactar incluso a quienes han convertido al adversario en enemigo.

Ese salto —del insulto al pacto— es cada vez más difícil de explicar al electorado. Y más aún de sostener sin pagar costes.

Por eso muchos gobiernos terminan atrapados en una contradicción: negociar con quien previamente se ha deshumanizado.

La crispación puede ganar elecciones; rara vez facilita la gobernabilidad.

Una democracia más vulnerable

El problema no es que la política emocione. El problema es cuando solo emociona.

Las sociedades democráticas soportan mal la simplificación permanente porque requieren algo más incómodo: deliberación, complejidad, tiempos lentos. Todo lo que el insulto intenta borrar.

Si el adversario es presentado como ilegítimo, cualquier acuerdo parecerá una traición. Y si todo acuerdo es sospechoso, la política queda reducida a una competición sin salida.

Ahí comienza la fragilidad.

Quizá la pregunta no sea por qué la política se ha vuelto más áspera, sino qué tipo de ciudadanía produce ese clima y qué tipo de dirigentes lo refuerzan.

La democracia no se rompe de un día para otro. Se desgasta en el lenguaje, en los gestos y en la manera de nombrar al otro.

Después del insulto, la política sigue existiendo.
La duda es en qué condiciones.

Lo + leído