Podemos busca otro 15M en una España que ya no es la de 2011

La crisis de la vivienda ofrece motivos sobrados para llenar las calles y exigir otra política, pero la voluntad de algunos dirigentes de Podemos de reconocer en la acampada de Sol el comienzo de un nuevo ciclo ignora que el país ha cambiado

28 de Septiembre de 2026
Actualizado a las 10:36h
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Cientos de personas mantienen una acampada en la Puerta del Sol de Madrid para reclamar medidas contra los desahucios y la aprobación del denominado «decreto Maricarmen», foto Agustín Millán
Cientos de personas mantienen una acampada en la Puerta del Sol de Madrid para reclamar medidas contra los desahucios y la aprobación del denominado «decreto Maricarmen», foto Agustín Millán 

La Puerta del Sol vuelve a tener tiendas de campaña y a Podemos le resulta inevitable mirar hacia 2011. Quince años después del movimiento que alteró el sistema político español y abrió el espacio del que terminaría naciendo la formación morada, Irene Montero habla de un “otoño de movilizaciones que puede cambiarlo todo”, Ione Belarra confía en que las protestas permitan llevar las reivindicaciones sociales mucho más lejos de lo que pretende el Gobierno y Pablo Iglesias desea que la acampada permanezca y se extienda por las plazas de toda España. La imagen posee una carga simbólica demasiado poderosa para un partido cuya historia resulta imposible de explicar sin aquel mayo, aunque precisamente por eso existe el riesgo de confundir una semejanza visual con la repetición de unas condiciones políticas que desaparecieron hace mucho tiempo.

La movilización actual merece algo mejor que convertirse en una reconstrucción nostálgica del acontecimiento fundacional de Podemos, sobre todo porque las razones que han llevado a miles de personas a protestar son suficientemente graves para sostenerse por sí mismas. El acceso a la vivienda está condicionando la emancipación de los jóvenes, absorbe una proporción creciente de los ingresos de numerosos hogares, agrava las desigualdades entre propietarios e inquilinos y convierte incluso el empleo estable en una garantía insuficiente para desarrollar un proyecto de vida autónomo. La protesta surgida tras el desahucio de Maricarmen, una mujer de 87 años que llevaba más de siete décadas en la misma vivienda, conecta por eso con un malestar que desborda ampliamente a cualquier organización política y que no necesita parecerse al 15M para adquirir dimensión nacional.

El problema aparece cuando algunos dirigentes de Podemos contemplan las tiendas de Sol y parecen reconocer inmediatamente el comienzo de una secuencia que conocen demasiado bien: indignación social, ocupación de las plazas, desbordamiento de los partidos tradicionales y apertura de un nuevo ciclo político. Aquello ocurrió una vez y transformó España, pero la historia no suele conceder segundas oportunidades mediante la simple reconstrucción de sus símbolos, porque el 15M no nació de unas tiendas de campaña ni de una determinada estética de protesta, sino de unas circunstancias económicas, sociales y políticas excepcionalmente concretas que difícilmente pueden reproducirse quince años después.

Una causa suficientemente fuerte sin necesidad de volver a 2011

La primera diferencia aparece en la propia naturaleza de la movilización. El 15M articuló un malestar extraordinariamente transversal contra el desempleo, la precariedad, los desahucios, los efectos de la crisis financiera, la austeridad, la corrupción y un sistema político que una parte creciente de la ciudadanía consideraba incapaz de representarla. La protesta actual tiene un eje mucho más reconocible, porque procede fundamentalmente del movimiento por la vivienda y plantea reivindicaciones concretas sobre alquileres, desahucios, contratos y acceso a un bien básico cuyo encarecimiento se ha convertido en uno de los principales problemas sociales del país.

El propio Sindicato de Inquilinas ha marcado esa distancia al recordar que la movilización tiene objetivos específicos y tangibles, algo muy distinto de la amplitud de demandas que terminó reuniendo el 15M. Esa diferencia no reduce la importancia de lo que está ocurriendo, sino que probablemente aumenta sus posibilidades de conseguir resultados concretos, porque una movilización capaz de señalar modificaciones legislativas, exigir límites precisos y mantener la presión sobre las administraciones puede medir sus avances de una manera que un movimiento general contra el funcionamiento del sistema político difícilmente podía hacer.

Intentar convertir ese conflicto en el comienzo de un nuevo 15M puede incluso terminar perjudicándolo, porque desplaza la discusión desde aquello que reclaman los manifestantes hacia aquello que determinadas organizaciones políticas esperan obtener de la protesta. La pregunta deja entonces de ser qué debe hacer el Gobierno ante unos alquileres incompatibles con los salarios y pasa a ser si Podemos puede recuperar mediante la movilización social la centralidad política que ha perdido durante los últimos años, una sustitución que difícilmente beneficia a quienes han salido a la calle por una vivienda y no para reconstruir la trayectoria electoral de ningún partido.

El vacío político de 2011 está ocupado

España llegaba a mayo de 2011 después de atravesar una crisis económica devastadora, con un desempleo masivo que golpeaba especialmente a los jóvenes, miles de familias perdiendo sus viviendas y un Gobierno socialista que había aplicado un duro ajuste después de años de deterioro económico. El barómetro del CIS de aquel mes mostraba hasta qué punto el malestar había alcanzado dimensiones extraordinarias: el 84,1% de los ciudadanos mencionaba el paro entre los principales problemas del país, el 46,6% señalaba los problemas económicos y el 22,1% incluía a la clase política y los partidos.

Aquel descontento tenía además una característica decisiva que no puede reconstruirse en 2026: carecía todavía de una traducción partidista capaz de representarlo. Podemos no existía, Ciudadanos no se había convertido en una fuerza estatal, Vox ni siquiera había sido fundado y PSOE y PP continuaban concentrando una proporción enorme de la representación parlamentaria. El “no nos representan” adquiría toda su fuerza en un sistema en el que millones de ciudadanos percibían una enorme distancia entre aquello que sucedía en sus vidas y aquello que ofrecían los partidos existentes.

Quince años después, el espacio que entonces parecía vacío está saturado de siglas, liderazgos y experiencias políticas. La izquierda situada más allá del PSOE ha pasado por Podemos, las confluencias territoriales, Unidas Podemos, Más País, Sumar y diferentes procesos de ruptura y recomposición, al tiempo que una parte de quienes protagonizaron la irrupción política posterior al 15M han ocupado ministerios, vicepresidencias, escaños, gobiernos autonómicos y ayuntamientos. Todo ello forma parte de la experiencia acumulada de una sociedad que ya sabe qué ocurrió cuando una parte de la indignación de las plazas llegó a las instituciones.

Podemos se encuentra por eso ante una contradicción que no puede resolver regresando simbólicamente a Sol, ya que el partido que surgió para ocupar el vacío de representación de 2011 forma parte del sistema político que existe en 2026 y debe responder también por su trayectoria dentro de él. Haber gobernado no invalida sus propuestas ni le impide apoyar una movilización social, pero sí modifica profundamente la posición desde la que pretende interpretarla, porque quien ha ocupado una vicepresidencia del Gobierno difícilmente puede regresar después a la casilla inicial presentándose como si todavía estuviera esperando fuera de las instituciones.

Podemos no puede volver a descubrir Podemos

La formación morada alcanzó en las elecciones generales de 2015 más de cinco millones de votos junto con sus confluencias y 69 diputados, una irrupción que alteró un sistema de partidos que parecía extraordinariamente resistente apenas unos años antes. Después llegaron la alianza con Izquierda Unida, nuevas elecciones, conflictos internos, escisiones, la entrada en el primer Gobierno de coalición de la democracia reciente, el enfrentamiento con Sumar y una pérdida progresiva de representación que ha colocado al partido ante la necesidad de encontrar un nuevo espacio propio.

Ese recorrido explica que Sol provoque una atracción política casi inevitable, porque allí se encuentra el recuerdo de un tiempo anterior al desgaste institucional, a las divisiones y a las derrotas electorales, pero también explica por qué repetir aquella secuencia resulta imposible. Podemos puede reivindicar muchas de las transformaciones impulsadas durante su paso por el Gobierno y también puede considerar insuficiente la acción del PSOE en vivienda, salarios o servicios públicos, pero no puede recuperar la condición de novedad política mediante una movilización que no ha convocado y cuya existencia no depende de él.

La nostalgia puede ser particularmente engañosa para una organización política porque permite interpretar el pasado seleccionando únicamente el momento de mayor éxito y olvidando todo lo que ocurrió después. El 15M no condujo inevitablemente a Podemos, del mismo modo que una movilización por la vivienda en 2026 no tiene por qué conducir a una recuperación electoral de Podemos, ya que entre una protesta social y su traducción política intervienen factores mucho más complejos que la proximidad ideológica entre quienes ocupan una plaza y quienes posteriormente solicitan su voto.

De hecho, una parte de la generación que hoy tiene veinte o veinticinco años apenas conserva recuerdos políticos de 2011 y ha construido su relación con la izquierda a partir de experiencias completamente distintas. Para muchos de aquellos jóvenes, el gran problema de la crisis era encontrar un empleo; para muchos de los actuales, la paradoja consiste en disponer de uno y comprobar que trabajar no garantiza poder abandonar la casa familiar, porque los salarios han quedado demasiado lejos de los precios exigidos para comprar o alquilar en numerosas ciudades.

Esa experiencia puede generar una protesta de enorme profundidad, pero sería un error pensar que debe reproducir las formas políticas de la generación anterior, porque los movimientos sociales adquieren verdadera capacidad transformadora precisamente cuando encuentran su propio lenguaje y no cuando reciben de los partidos una plantilla histórica preparada de antemano.

La tentación de apropiarse de una protesta que no pertenece a ningún partido

Podemos tiene pleno derecho a apoyar la movilización, participar en ella y defender reivindicaciones coincidentes con las del movimiento por la vivienda, del mismo modo que puede exigir al Gobierno medidas más ambiciosas y recordar que formar parte de una mayoría progresista no debería significar aceptar que el mercado residencial continúe expulsando de determinadas ciudades a quienes viven de su salario. La cuestión problemática aparece si ese apoyo empieza a confundirse con la expectativa de que la protesta funcione como instrumento para reconstruir el espacio electoral perdido.

La acampada de Sol no nació de Podemos, sino de una movilización impulsada desde organizaciones vinculadas a la lucha por la vivienda, y sus protagonistas no necesitan que ningún partido les proporcione una identidad política distinta de aquella que ellos mismos han construido. Cuando Pablo Iglesias expresa su deseo de que las acampadas se extiendan por toda España o compara el potencial simbólico de Maricarmen con el que tuvo Rosa Parks, está realizando una interpretación política legítima, aunque también revela hasta qué punto una parte del universo de Podemos contempla lo ocurrido como la posible chispa de un ciclo que le resulta extraordinariamente familiar.

El riesgo consiste en confundir el deseo de que exista un nuevo 15M con las condiciones necesarias para que algo semejante ocurra, porque ninguna dirección política puede decretar un estallido social ni decidir anticipadamente qué consecuencias tendrá. El movimiento de 2011 adquirió precisamente aquella dimensión porque desbordó las previsiones de partidos, sindicatos y medios de comunicación, y porque durante sus primeras semanas nadie podía determinar qué organización terminaría capitalizando parte de aquella energía.

Pretender recorrer ahora el camino inverso, desde un partido ya constituido hacia una movilización que permita regenerarlo, supone alterar el orden que hizo posible el fenómeno original. Podemos nació después del 15M porque supo interpretar una parte de lo que había sucedido en las plazas; un nuevo 15M no va a nacer simplemente porque Podemos necesite volver a encontrar en las plazas aquello que ha perdido en las urnas.

El malestar de 2026 tampoco pertenece necesariamente a la izquierda

Existe además una transformación que obliga a extremar la cautela y que diferencia profundamente la España actual de aquella que salió a la calle en 2011. La indignación social dispone hoy de canales políticos situados también en la extrema derecha, que ha aprendido a disputar el malestar provocado por la vivienda, los salarios, la precariedad y el deterioro de determinados servicios mediante una explicación basada en la inmigración, los impuestos o el rechazo a las políticas de igualdad.

La crisis de la vivienda constituye un ejemplo particularmente claro. Allí donde una parte de la izquierda identifica escasez de vivienda pública, especulación, salarios insuficientes y necesidad de regulación, Vox intenta colocar la inmigración como una de las explicaciones centrales del encarecimiento y propone la denominada “prioridad nacional” para determinados recursos. El mismo joven que no puede emanciparse puede escuchar, por tanto, explicaciones radicalmente diferentes sobre la causa de su problema y ninguna ley histórica garantiza que su frustración vaya a desplazarse hacia la izquierda.

Ese cambio obliga a abandonar cualquier lectura automática según la cual una intensificación de la protesta social terminará fortaleciendo a las fuerzas que defienden una mayor intervención económica. La experiencia internacional de los últimos años demuestra precisamente que el deterioro de las condiciones materiales puede alimentar proyectos políticos completamente opuestos, dependiendo de quién consiga construir una explicación convincente sobre las causas del malestar y quién sea presentado como responsable.

Podemos afronta esa disputa desde una posición mucho menos favorable que la que disfrutó en sus primeros años, porque entonces podía presentarse como una fuerza nueva frente a unas élites políticas desacreditadas y actualmente debe competir simultáneamente con el PSOE, Sumar, otras fuerzas de izquierda y una extrema derecha que ha conseguido penetrar en sectores sociales que hace quince años difícilmente habrían aparecido como su espacio natural.

La vivienda puede abrir un ciclo político, pero nadie conoce todavía su propietario

Todo ello no significa que la protesta vaya a agotarse rápidamente ni que la vivienda carezca de capacidad para convertirse en el gran conflicto social de los próximos años. Al contrario, pocas cuestiones reúnen tantas condiciones para provocar una movilización sostenida, porque afectan a jóvenes y mayores, atraviesan las diferencias territoriales, condicionan la formación de familias y convierten una necesidad básica en uno de los principales mecanismos de transferencia de renta entre generaciones y grupos sociales.

La izquierda alternativa observa además experiencias europeas en las que la vivienda ha adquirido una enorme capacidad electoral y algunas de sus organizaciones consideran que una agenda más agresiva sobre alquileres puede permitir recuperar apoyos perdidos. Esa hipótesis merece atención, pero todavía existe una distancia considerable entre comprobar que la vivienda moviliza y concluir qué partido será capaz de transformar ese malestar en votos, especialmente en un espacio político que continúa fragmentado y cuyos electores han asistido durante años a conflictos internos difíciles de separar de la pérdida de representación.

Una plaza llena no pertenece a ninguna sigla por el hecho de que sus reivindicaciones coincidan parcialmente con su programa, del mismo modo que apoyar una regulación más intensa de los alquileres no convierte automáticamente a un manifestante en votante de Podemos. La izquierda cometería un error considerable si interpretase la movilización social como un depósito de votos pendiente únicamente de encontrar la papeleta adecuada, porque una parte de la crisis de representación que dio origen al 15M procedía precisamente del rechazo a esa forma de apropiación partidista.

La causa necesita futuro y Podemos está mirando demasiado al pasado

La mayor paradoja de todo este episodio consiste en que Podemos puede tener razón en buena parte del diagnóstico sobre la vivienda y equivocarse, al mismo tiempo, en la lectura política de la movilización. El Gobierno ha llegado tarde a una crisis que lleva años condicionando la vida de millones de personas, el parque público continúa siendo insuficiente, el acceso al alquiler se ha convertido en un problema incluso para trabajadores con ingresos regulares y resulta legítimo exigir medidas mucho más ambiciosas que las aplicadas hasta el momento.

Nada de eso convierte Sol en el 15M ni obliga a quienes protestan a asumir la genealogía política que algunos dirigentes desean reconocer en ellos. Las segundas partes fracasan cuando se empeñan en reproducir aquello que hizo excepcional a la primera sin comprender que precisamente fue excepcional porque no podía planificarse, y el movimiento de 2011 pertenece a esa categoría de acontecimientos cuya potencia procedía de que nadie sabía todavía qué iba a ocurrir después.

Podemos debería conocerlo mejor que nadie porque fue uno de sus resultados inesperados y porque su éxito inicial dependió de comprender que una sociedad profundamente descontenta estaba buscando formas políticas nuevas, no reproducciones de aquello que ya conocía. Quince años después, la formación parece correr el riesgo de invertir aquella intuición y buscar en una movilización nueva la reproducción de su propio pasado.

La crisis de la vivienda necesita calles llenas, organizaciones capaces de sostener la presión, instituciones dispuestas a intervenir, un parque público mucho mayor y políticas que impidan que el lugar donde se nace o el patrimonio familiar determinen las posibilidades de construir una vida independiente. También necesita una izquierda capaz de entender el malestar de una generación que trabaja y no puede emanciparse, sin dar por supuesto que sus respuestas políticas serán las mismas que encontraron quienes atravesaron la gran crisis financiera.

Si las protestas de 2026 terminan abriendo un nuevo ciclo, será porque hayan sido capaces de interpretar esa realidad y construir algo que todavía no existe, no porque Podemos consiga volver a 2011, levantar las mismas tiendas en la misma plaza y esperar que la historia tenga la cortesía de empezar otra vez desde el principio.

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