Pedro Sánchez ha cimentado su carrera política en su capacidad de resistencia y en la toma de decisiones muy arriesgadas. Lo hizo en 2023 al convocar elecciones generales tras uno de los varapalos más fuertes que ha sufrido (y lleva muchos). Le salió bien. En 2018 presentó una moción de censura contra Mariano Rajoy. Nadie esperaba, a priori, que ganara. Ganó y se hizo con la Presidencia del Gobierno. Ayer convocó elecciones generales dando a entender que el vector principal de la campaña será la vivienda, con el aval de los dos decretos que fueron tumbados por los representantes de la soberanía popular. Sin embargo, tras ocho años en el poder, con una última legislatura que se ha caracterizado por la parálisis que ha comprometido elementos clave para las condiciones de vida de los ciudadanos (más allá de la vivienda), la apuesta es la más alta que ha hecho porque ahora hay un bagaje y un último mandato lleno de crispación.
Apostarlo todo a una sola carta es una maniobra que suele delatar más desesperación que solvencia. Pero Sánchez lo ha hecho en otras ocasiones y se ha llevado el bote. Tras el convulso rechazo parlamentario a sus decretos residenciales y con la mirada puesta en un inminente adelanto de las urnas, Pedro Sánchez ha tomado una decisión de calado: convertir el problema de la vivienda en el vector absoluto y casi exclusivo de la narrativa del Partido Socialista.
La meta teórica del diseño del PSOE es impecable sobre el papel: rearmar al votante progresista desencantado, taponar la sangría de votos hacia la izquierda alternativa y reconstruir la golpeada mayoría de la investidura sin depender del soberanismo ultraconservador de Junts. Sin embargo, en la práctica política, esta estrategia monográfica amenaza con convertirse en un bumerán táctico de consecuencias irreparables para el partido. Al asumir sin matices el marco conceptual y las soluciones punitivas que históricamente ha abanderado la extrema izquierda, el PSOE corre el peligro de iniciar una deriva que estrangule su propio perímetro de crecimiento.
El espacio natural donde se ganan o se pierden las elecciones en España no se sitúa en los extremos ideológicos, sino en la ancha avenida del centro, del votante moderado, esto es, trabajadores, profesionales y pequeños ahorradores con inquietudes progresistas, que contemplan con creciente inquietud cómo la retórica del PSOE renuncia al consenso entre diferentes para abrazar la intervención rígida de corte estalinista o maoista.
Abandono del centro
La consecuencia inmediata de escorar el discurso hacia las recetas de la izquierda radical es el desamparo estratégico de la centralidad. Al enfocar la crisis de la vivienda desde una perspectiva de confrontación que señala al propietario como el culpable automático del mercado tensionado, el Partido Socialista desatiende la realidad sociológica de millones de familias españolas que, en muchos casos, llevan votando al PSOE desde la época de Felipe González.
En este país, el pequeño propietario que pone su inmueble en alquiler no suele estar en manos de fondos buitre internacionales. Se trata de pensionistas y trabajadores que invirtieron sus ahorros de toda una vida para asegurarse un complemento a sus ajustadas jubilaciones o protegerse contra la inflación. Eso no es especular. Lo mismo que las familias trabajadoras que tienen una vivienda habitual y una vacacional, a los que, desde los discursos de la extrema izquierda, también se criminaliza.
La reacción en cadena ante esta hostilidad regulatoria ya se advierte en el tejido económico: una parte notable de estos pequeños propietarios optará por retirar sus pisos del mercado de arrendamiento para colocarlos directamente en el circuito de venta. El resultado de este trasvase es profundamente perverso. Esas viviendas retiradas del alquiler no serán adquiridas por los jóvenes golpeados por la precariedad, incapaces de reunir el dinero de la entrada, sino precisamente por los grandes fondos especulativos de inversión. Estos actores corporativos, dotados de una liquidez inagotable, comprarán a precio de saldo el patrimonio de la clase media y trabajadora, lo que profudizará la concentración del suelo que se pretende combatir. Mientras tanto, el votante moderado agraviado por este señalamiento tomará una de dos vías: la abstención resignada o el refugio en el voto de castigo hacia el Partido Popular.
La trampa de la agenda única
La crisis de la vivienda es, indudablemente, una urgencia nacional, el mayor problema que sufren los españoles. Pero, reducir la complejidad de la vida cotidiana a la firma de un contrato de alquiler implica ignorar la maraña de problemas estructurales que asfixian a la clase trabajadora española en su día a día. Un ciudadano no vive únicamente del precio del metro cuadrado. Vive del salario que ingresa a fin de mes. Sin un salario digno, no hay posibilidad de acceder al mercado de la vivienda, ya sea en alquiler o en compraventa. Sin un salario digno no se puede comer, ni siquiera sobrevivir.
Al poner la prioridad de la campaña en el mercado de la vivienda, el PSOE parece pretender que se pase por alto que la precariedad laboral es cada vez mayor, tal y como demuestran los datos del INE y del SEPE, y los sueldos tercermundistas continúan devorando la prosperidad de las familias. El fantasma de la pobreza laboral, aquella donde tener una nómina no garantiza llegar a fin de mes, sigue siendo un mal que provoca que la cesta de la compra se haya vuelto inalcanzable para millones de hogares.
De igual forma, focalizarlo todo en la vivienda eclipsa el deterioro galopante de los servicios públicos básicos y de las infraestructuras de transporte.
La sentencia del centro
Las elecciones no se ganan únicamente logrando que la calle grite más fuerte por una causa justa, se ganan demostrando la capacidad de gobernar la complejidad de una nación en su conjunto.
Al reducir su oferta electoral a una receta rígida para la vivienda, Pedro Sánchez corre el riesgo de descubrir que, en su empeño por capturar el voto de la izquierda más militante, ha dejado de par en par la puerta trasera de La Moncloa para que sea la mayoría silenciosa del centro político la que dicte la sentencia definitiva de su mandato. Al final, como en tantas otras ocasiones, las elecciones no se ganan con pancartas. Se ganan con mayorías y las mayorías se ganan en el centro porque, tal y como se ha demostrado, las recetas de la extrema derecha y de la extrema izquierda sirven para la pancarta, el tuit o el reel, pero cada vez que han llegado al poder han fracasado. Los gobernantes pasan a la historia por una gestión de la que se beneficien, de un modo u otro, todos los ciudadanos. Los gobiernos estables se han logrado en España con la atracción de masas de votantes de centro hacia uno de los dos grandes partidos. Y España, ya que lo más lógico no se va a dar porque los unos y los otros son unos sectarios, necesita ahora estabilidad para lograr que las grandes reformas que precisan las clases medias y trabajadoras se implementen sin generar incendios.
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