Alquilan deportivos por horas, simulan propiedades de lujo en Dubái y apilan billetes de atrezzo frente a la cámara con la frialdad de quien ha convertido la codicia en un modelo de negocio. La nueva estirpe de los influencers vendehumos no solo trafica con la mentira, si no que se lucra del vaciado de expectativas de una generación vulnerable a la que empuja impunemente hacia esquemas piramidales, criptotrampas desreguladas y falsas recetas de éxito sin esfuerzo. Ocultos tras la pantalla y al margen de cualquier ética o rigor, estos parásitos del algoritmo exhiben su impunidad mientras destruyen el valor del trabajo y transforman la desesperación de miles de jóvenes en el cimiento de sus propias fortunas de atrezzo.
La escena es la siguiente. Habitación a oscuras. Una más entre millones. Son las dos de la mañana y lo único que ilumina la cara de un chaval de quince años es la luz azul del móvil.
Dedos que se mueven rápido, casi sin pensar. Y en la pantalla... la gloria. Un chaval que apenas roza los veinte posa en la piscina de una villa de infarto en Dubái. A su lado, un Lamborghini reluciente. Sobre la mesa de cristal, un reloj de oro y fajos de billetes que parecen de atrezzo. ¿El mensaje? Sencillo. "Olvídate de estudiar. Deja tu trabajo de mierda. Métete en mi canal y te enseño a ganar esto en dos días". Ni una palabra sobre madrugar, matarse a estudiar o echarle horas a la vida. Solo un atajo mágico al alcance de un clic.
Pues bien... esta estampa, que parece una simple tontería de chavales, se ha convertido en una auténtica bomba de relojería. No estamos ante cuatro vídeos chorra para pasar el rato. Hay toda una casta de influencers y vendehumos digitales que han montado un negocio millonario vendiendo humo, opulencia sin factura y éxito sin esfuerzo. Aquella vieja idea de que si estudiabas, te esforzabas y trabajabas podías prosperar... a la basura. Hoy todo es inmediatez. Y el choque contra la pared de la realidad está siendo brutal.
Sin embargo, lo que desconocen los jóvenes es que detrás de ese brillo artificial de quince segundos hay una maquinaria bien engrasada. Una trampa de la ostentación diseñada para sacarle los cuartos a los más jóvenes.
Porque, seamos claros... ¿qué hay detrás de esos cursos milagrosos de criptos o mercadeo digital? Esquemas piramidales, inversiones de altísimo riesgo y mucho engaño. Le meten a los chicos en la cabeza que ir a la universidad o buscar un trabajo normal es de perdedores. ¿Para qué matarse a estudiar cinco años si este gurú del dinero te promete un jet privado antes de cumplir los veinte?
Para una generación que solo ha visto crisis, precariedad y sueldos de miseria, este discurso entra como agua en el desierto. Es casi una fe. El profesor de instituto o el médico que ha dedicado su vida a formarse quedan reducidos a nada frente al chico que exhibe su triunfo express desde una playa paradisíaca.
Pero claro, la vida real no tiene filtros. Y aquí es donde empieza el verdadero drama. Tanta pantalla y tanto lujo prefabricado están destrozando la cabeza de los chavales. La ansiedad en los institutos se ha disparado a niveles nunca vistos. Cuando un chico apaga el móvil, mira a su alrededor y ve su habitación sencilla, las dificultades en casa, la falta de dinero, siente que ha fracasado antes de empezar. Un sentimiento de inferioridad tremendo.
Estamos educando a una generación bajo la dictadura del "lo quiero y lo quiero ya". La paciencia, la disciplina, la capacidad de encajar un golpe... todo eso ha saltado por los aires. Por eso, cuando estos jóvenes se topan con el mercado laboral o con la exigencia de una carrera, el golpe es traumático. Descubren, por la vía rápida, que la riqueza no cae del cielo y que la frustración existe.
Al final, esto no es solo un problema de salud mental ni de padres despistados que no saben qué hacen sus hijos con el móvil. Es un desastre político y social de primera magnitud.
Si permitimos que el algoritmo sustituya al esfuerzo y que el conocimiento pase a ser visto como una pérdida de tiempo, nos quedamos sin sociedad. Así de claro. Nos arriesgamos a entregar a toda una generación al desánimo, a las estafas financieras y a los discursos populistas que prometen soluciones mágicas.
No basta con poner filtros parentales o quitarles el teléfono a la hora de cenar. Toca enseñarles a mirar detrás del decorado. Mostrarles que ese lujo de plástico es, la mayoría de las veces, una mentira para sacarles el dinero. Y, sobre todo, devolverle el valor a las cosas que de verdad importan: construir una vida con sentido, paso a paso, lejos de la dictadura de un algoritmo que jamás sabrá lo que es la vida real.
Añadir DiarioSabemos como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.