Las cifras sobre el uso del móvil en la infancia en España muestran un cambio de fondo: el teléfono sigue siendo casi ubicuo entre los adolescentes, pero quien más se resiste ahora a dárselo a sus hijos ya no es la familia con menos recursos, sino la de mayor renta y capital cultural. La discusión deja de ser solo “móvil sí o no” y pasa a ser “cuándo, cómo y quién puede permitirse retrasarlo”
En una década, la edad de acceso al primer móvil se ha desplazado hacia arriba, aunque sigue siendo muy temprana en términos pedagógicos. Según los últimos datos del INE, a los 11 años ha pasado de tener móvil la mitad de los niños (51%) a poco más de un tercio (37%), y también cae el porcentaje a los 10, 12 y 13 años, mientras que prácticamente se universaliza a los 14 y 15.
El Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad (ONTSI) confirma que la disponibilidad de móvil entre 10 y 15 años ronda ya el 70%, con tasas superiores al 94% a los 14-15 años.
En paralelo, otros estudios recientes sitúan la media de edad del primer smartphone en torno a los 12 años, con un amplio desacuerdo entre progenitores: desde quienes no lo ven aceptable hasta los 16, hasta quienes creen que a los 11 ya hay madurez suficiente. El resultado es un escenario de diversidad extrema de criterios, pero con un denominador común: la mayoría de los menores vive ya su adolescencia conectada y con pantalla propia en el bolsillo.
El giro de clase: quién puede decir “todavía no”
Lo novedoso del reportaje que hoy publica EL PAÍS es el movimiento silencioso por arriba: familias con altos ingresos y, sobre todo, con alto capital educativo que se organizan para retrasar el móvil lo máximo posible, incluso hasta los 16 años. Politólogos como Oriol Bartomeus subrayan que los cambios de comportamiento suelen anticiparse en las clases altas, no solo por renta, sino por red social y nivel formativo, y el móvil no es una excepción. En este caso, la novedad es que el freno al dispositivo se convierte casi en un nuevo marcador de estatus: poder decir “mi hijo no tiene móvil” requiere tiempo, presencia y un entorno que acompañe esa decisión.
Los datos generales muestran que, en términos de pura penetración, ya casi no hay brecha entre hogares de más y menos ingresos: en torno al 66–70% de los menores de 10 a 15 años tiene móvil tanto en los hogares más pobres como en los más ricos, con diferencias de apenas unos puntos. La fractura no está en el “tener o no tener”, sino en el control del tiempo de uso, los contenidos y, sobre todo, la capacidad de posponer la entrada a ese mundo.
Socialización física para quien se la puede permitir
Cuando estas familias alegan que “la socialización debe ser física”, lo que ponen sobre la mesa es un modelo de infancia basado en tiempo compartido, actividad extraescolar, barrio y amigos de carne y hueso. Retrasar el móvil implica estar disponible para acompañar ese tipo de socialización: llevar y traer a los menores, sostener planes analógicos, llenar huecos que de otro modo cubriría una pantalla. Es una apuesta que exige recursos materiales y simbólicos que no todas las familias tienen, especialmente en contextos precarios, con largas jornadas laborales o poca red comunitaria.
Las investigaciones educativas apuntan, además, a que la capacidad de autorregulación en el uso del móvil (saber cuándo parar, no dejar que devore el estudio o el descanso) está fuertemente vinculada al entorno socioeconómico y cultural. Las evaluaciones internacionales tipo PISA documentan una relación clara entre uso intensivo del móvil y peor rendimiento académico, algo que se agrava entre estudiantes con menos apoyo familiar y escolar.
Una brecha menos visible: control, tiempo y cultura digital
Distintos informes sobre menores y tecnología muestran que, aunque la penetración del smartphone es casi universal, no lo es la manera en que se usa ni el acompañamiento que reciben los niños. En familias con mayor formación, tienden a combinarse normas claras, supervisión activa, uso de controles parentales y diálogo sobre riesgos en redes y aplicaciones. En entornos más vulnerables, el móvil cumple muchas veces funciones de seguridad, logística o sustitución de la falta de tiempo adulto, lo que deja más espacio a un uso intensivo y menos mediado.
A ello se suma una brecha cultural: los hogares con mayor nivel educativo no solo retrasan el primer móvil, sino que fomentan con más intensidad actividades alternativas (lectura, deporte, cultura) que compiten con la pantalla. El resultado es una desigualdad que ya no se mide tanto en acceso a la tecnología como en calidad de ese acceso, en alfabetización digital crítica y en la posibilidad real de decir “no” o “todavía no”.
Claves políticas y educativas de un debate urgente
La constatación de que las clases altas comienzan a liderar el retraso del móvil infantil debería encender alarmas políticas: si quienes mejor informados están se apartan del modelo de hiperconectividad temprana, la pregunta es qué se está normalizando para el resto. Varias encuestas señalan que una amplia mayoría de padres reconoce que sus hijos pasan más tiempo del deseado con pantallas y apoya restricciones más claras en los centros educativos, pero la regulación pública aún va por detrás.
El desafío ya no es “llevar Internet a todos”, sino garantizar una alfabetización digital que no profundice las brechas que ya existen. Sin políticas que acompañen a las familias (tiempo, recursos, orientación, límites claros en la escuela), retrasar el móvil se convertirá en un nuevo lujo de clase, mientras la mayoría de niños aprende a socializar, amar, odiar y equivocarse en un entorno digital para el que nadie les ha preparado.