El odio también tiene algoritmo

Mientras las plataformas presumen de retirar miles de mensajes racistas, la política global, con Trump al frente de la conversación, ha convertido el insulto en combustible electoral

05 de Marzo de 2026
Actualizado el 06 de marzo
Guardar
El odio también tiene algoritmo

En España se detectaron más de 120.000 mensajes de odio en redes sociales en apenas tres meses. Las plataformas eliminaron aproximadamente la mitad. El dato tiene algo de consuelo estadístico: el sistema funciona a medias. La otra mitad sigue circulando.

Pero el problema de fondo no es tecnológico, ni siquiera judicial. El problema es cultural y político. El odio no se genera en los servidores de Silicon Valley, se produce en la conversación pública. Y en los últimos años esa conversación ha sido colonizada por dirigentes que han comprendido una cosa muy simple, el resentimiento moviliza más rápido que la razón. En esa escuela política, Donald Trump es el alumno aventajado y el profesor al mismo tiempo.

El insulto como estrategia

Los informes sobre discurso racista suelen presentarse como estadísticas frías. Miles de mensajes eliminados, porcentajes de retirada, algoritmos que detectan contenido ofensivo antes de que se publique. Todo eso es cierto y tiene su importancia.

Pero la discusión real está en otro sitio.

El auge del discurso de odio en redes es una consecuencia política. Durante la última década, una parte significativa de la derecha internacional ha convertido el lenguaje agresivo en herramienta electoral. Y nadie ha explotado esa lógica con tanta eficacia como Trump. El presidente estadounidense entendió muy pronto algo que otros políticos todavía intentaban evitar: en el ecosistema digital la provocación no es un error, es una ventaja competitiva. Cuanto más extremo es el mensaje, más circula.

Las plataformas intentan ahora limpiar el terreno que la política ha ensuciado.

El último informe del Observatorio contra el racismo muestra una mejora en la retirada de contenido ofensivo. Más de la mitad de los mensajes denunciados desaparecen de las plataformas. Incluso se están aplicando sistemas automáticos que detectan discursos racistas antes de que los usuarios los denuncien. Es un avance. Pero también revela una paradoja.

Las empresas tecnológicas se presentan como guardianes del debate público mientras sus algoritmos siguen premiando exactamente el tipo de contenido que dicen combatir: mensajes extremos, polémicos, emocionalmente explosivos. Algo que deja en evidencia que es un modelo de negocio. La indignación mantiene a la gente conectada.

Por eso el problema no se resuelve únicamente con moderadores digitales. La conversación pública necesita algo que las plataformas no pueden programar,  responsabilidad política.

El combustible ideológico

Los picos de odio registrados en España coinciden con episodios bastante previsibles: conflictos internacionales, crisis migratorias o momentos de tensión social. Nada sorprendente. Lo interesante es cómo esos episodios se traducen en narrativas políticas globales. Cuando Trump habla de invasión migratoria, cuando su administración presenta las diferencias culturales como amenaza existencial o cuando convierte el nacionalismo identitario en política oficial, el efecto no se queda en Estados Unidos.

Ese lenguaje circula por redes, se replica en movimientos europeos y acaba filtrándose en conversaciones cotidianas.

La política estadounidense lleva décadas exportando cultura popular. Ahora también exporta estilos de confrontación política.

Trump no inventó el racismo digital. Lo que hizo fue legitimarlo desde la cúspide del poder político.

Durante años, el discurso de odio circuló en los márgenes de internet. Foros oscuros, comunidades cerradas, espacios donde la radicalización se alimentaba en silencio. Con la llegada de Trump al centro del escenario político, ese lenguaje encontró algo mucho más poderoso que el anonimato: una voz presidencial que lo normalizaba.

Cuando el líder de la mayor potencia mundial convierte la provocación en estrategia diaria, las redes sociales dejan de ser solo un medio de difusión. Se transforman en amplificadores de una cultura política basada en el enfrentamiento permanente.

Los algoritmos hacen el resto.

Europa

Europa, incluida España, intenta ahora gestionar las consecuencias. Informes, observatorios, normativas, acuerdos con plataformas tecnológicas. Todo eso es necesario. Pero también hay una cierta ingenuidad en el diagnóstico. Las instituciones europeas siguen tratando el odio digital como si fuera un problema de regulación tecnológica cuando en realidad es un fenómeno político global.

Las cifras del informe español lo ilustran bien. Incluso después de miles de eliminaciones, el volumen de mensajes racistas sigue siendo enorme. Y cada crisis internacional vuelve a activarlo. La moderación digital es una herramienta. Pero no sustituye al debate político sobre el tipo de discurso que se está normalizando en la esfera pública.

Trump y la pedagogía del conflicto

En política, las palabras importan. No solo por lo que dicen, sino por lo que autorizan. El trumpismo ha construido una pedagogía bastante clara: el adversario no es un rival político, es una amenaza cultural. Los inmigrantes no son ciudadanos con derechos, son una invasión. Los medios no informan, conspiran. Las minorías no reclaman igualdad, imponen privilegios. Ese marco convierte el insulto en argumento político.

Las redes sociales solo hacen visible lo que ya está ocurriendo en la conversación pública.

En los informes oficiales se cuentan mensajes eliminados, porcentajes de retirada, mejoras en los sistemas de moderación. Todo eso tiene su utilidad. Pero el problema no se mide solo en números. El problema es que el odio ya no necesita esconderse. Tiene algoritmos que lo distribuyen, redes que lo multiplican y líderes políticos que lo convierten en discurso oficial.

Entre ellos, Donald Trump. Y en ese terreno, ninguna plataforma tecnológica puede competir con el alcance de un presidente dispuesto a incendiar la conversación pública cada mañana.

Lo + leído